Entre bizcochos y algún mate: Foucault y lo judío

Unos bizcochos, Amodio Pérez, el asesinato a una maestra en una fábrica de pastas, el robo y amenazas a los antropólogos que buscan desenterrar a los desaparecidos, la violencia de género, ¿puede todo esto: objetos, sujetos y hechos generar un discurso con un denominador en común? Si yo les dijera que hay un sujeto que sostiene un discurso que en todos estos elementos o acontecimientos termina hablando de los judíos, estoy seguro que pondrían en duda la salud mental del mismo. ¿Y si nos encontráramos con que en realidad hay un discurso que necesita de un elemento en común – los judíos – cuyos múltiples autores anónimos y también con nombre propio lo sostienen, lo hacen circular y se apropian de él? ¿Cómo calificaríamos este discurso?

Muhamad Ayyash: «Israel es mi país. El mejor que hay. Por eso me enrolé. Para aportar».

Cuando Muhamad Ayyash nació, hace 25 años, estaban cayendo sobre Israel misiles Scud disparados desde Irak por Saddam Hussein. Su madre, Dalia, que estaba por darlo a luz, y su padre Kassem, así como el resto de los pacientes y sus familiares en el hospital de Naharia en el norte de Israel, debieron ser trasladados al refugio subterráneo. Allí llegó al mundo Muhamad, el segundo de cuatro hijos, hermano de Iyad, Fayyad y la única mujer, Dawlat.