Auschwitz, afrenta y emblema de la condición humana

02/Feb/2015

Caras y Caretas, Por Carlos Luppi

Auschwitz, afrenta y emblema de la condición humana

El campo de concentración
de Auschwitz, emblema del terror nazi que produjo la Segunda Guerra Mundial con
sus setenta millones de muertos, el Holocausto y la masacre de seis millones de
judíos y otros tantos millones de gitanos, militantes liberales,
socialdemócratas y comunistas, negros, homosexuales y discapacitados es, a la
vez, una afrenta y una muestra de a dónde puede llegar la condición humana.
Por eso en este
aniversario se reafirma la consigna de no olvidar y de ayudar a que no sean
solo los judíos los que tengan que recordar. Auschwitz interpela y acusa, y
compromete a toda la humanidad a no permitir más genocidios, a luchar contra el
crimen en todas sus expresiones y a decir en clara y alta voz “nunca más”.
Auschwitz, como símbolo,
tiene la virtud de replantear todos los dilemas y conflictos de la
responsabilidad humana. Implica las cuestiones del respeto por la vida, de los
derechos humanos, de la libertad y de la dignidad inherentes a todo ser humano
y, en su prolongación, llega hasta el campo de la ciencia política y de la
economía para cuestionar las ideologías y las prácticas que conducen a los
pueblos a la barbarie. Y llega a nuestra propia responsabilidad como ciudadanos
de un país democrático y pacifista.
Un estadista del siglo
pasado dijo: “¿Yo me pregunto en qué podemos ayudar los uruguayos que no somos
judíos? (…) Ya aparecen quienes dicen ‘tanto horror no fue posible’. Y es fácil
que esto prenda, porque la gente se niega a reconocer que tanto horror pueda haber
sido posible. Hay hasta la dificultad de abarcar la dimensión total de la
tragedia. Entonces el deber de los que no somos judíos es ayudarlos a que no
sean solamente ellos los que tengan que recordar”.
Nuestro país, acaso
empujado por graves situaciones recientes, cercanas y lejanas, que hablan de
xenofobia, racismo, terrorismo y antisemitismo, evocó como se debe el terrible
aniversario, convertido en Día Internacional de Conmemoración Anual en Memoria
de las Víctimas del Holocausto del Pueblo Judío por resolución 60/7 de la
Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas del 1º de noviembre de
2005. El presidente José Mujica habló por cadena de radio y televisión.
La Comisión Permanente
del Poder Legislativo celebró el mismo 27 una sesión especial de adhesión en la
sala de sesiones de la Cámara de Senadores; el Ministerio de Educación y
Cultura realizó en el Salón Azul de la Intendencia de Montevideo, junto al
Comité Central Israelita del Uruguay y la B’nai B’rith Uruguay, la actividad
titulada “Uruguay: 70 años de la clausura de Auschwitz / Resistencia y
coexistencia”, en la que se recitó el tremendo poema “Auschwitz”, de León
Felipe; la Intendencia de Montevideo presentó una exposición sobre Ana Frank;
el Correo Uruguayo presentó dos sellos conmemorativos, y diversas
instituciones, como la Universidad ORT Uruguay, realizaron actividades
alusivas.
Estas presencias ante el
aniversario de Auschwitz –como el de otros crímenes contra la humanidad– deben
convocar a la totalidad del colectivo nacional, que vivió hace pocos años
(cuarenta años no es nada en la historia humana) su propio vía crucis con la
dictadura cívico militar iniciada en 1973.
Los hechos
El campo de concentración
de Auschwitz era un complejo formado por varios campos de exterminio
construidos por la Alemania nazi en Polonia, a 43 km de Cracovia. Fue el mayor
centro de exterminio. Murieron allí un millón cien mil personas; el noventa por
ciento de ellas, judías. Hubo 7.600 sobrevivientes. La Unesco lo designó
Patrimonio de la Humanidad en 1979, como uno de los sitios de mayor simbolismo
del Holocausto o shoah.
Estaba administrado por
las SS, comandadas por Heinrich Himmler, quien lo transformó en una gigantesca
máquina de degradación humana e industrialización de la muerte. El hacinamiento
era la característica principal. Allí se realizaron en 1941 las primeras
pruebas del gas Zyklon B, por lo que se construyeron cámaras de gas y
crematorios con el objetivo de evitar a los soldados nazis las penosas tareas
de torturar, fusilar y enterrar a los muertos. También trabajó allí el doctor
Josef Mengele en sus experimentos sobre seres humanos, particularmente niños y
bebés.
Los prisioneros llegaban
al campo en un tren, en viajes que duraban varios días durante los cuales no
recibían comida ni agua, y a veces pasaban directamente a las cámaras de gas.
En otras oportunidades los prisioneros eran seleccionados para los campos de
trabajo o la experimentación “médica” del doctor Mengele.
Los destinados a la
muerte pasaban a grandes salas donde se los hacía desvestirse para recibir
duchas y allí se les descargaba el gas tóxico Zyklon B. Los soldados nazis
dejaron de supervisar visualmente los decesos porque las escenas finales de
dolor eran inenarrables. Luego de finalizadas las ejecuciones, entraban y, tras
una revisión, procedían a extraer dientes de oro, anillos y alhajas, y a cortar
el pelo para utilizarlo industrialmente. De ahí, los cuerpos iban a los
crematorios, que producían un humo denso, imposible de no ver desde las
poblaciones vecinas. Nadie ignoró nunca que se estaba produciendo el
Holocausto. Por allí pasaron Józef Cyrankiewicz –que luego fue dos veces
presidente de Polonia–, Ana Frank, Maximilian Kolbe, Witold Pilecki, héroe del
levantamiento del gueto de Varsovia, Edith Stein, Elie Wiesel, Primo Levi y
otras destacadas personalidades.
El campo fue liberado por
el Ejército Rojo al mando del general Vassily Petrenko el 27 de enero de 1945.
El alto oficial que hablaba en nombre de veinte millones de soviéticos muertos
en la segunda guerra mundial declaró: “Las primeras cosas que vi fueron
depósitos en llamas (…). Al llegar ahí vi montones de ropas, zapatos de niños,
anteojos y montañas de pelo de mujer. Me pregunté: ¿cuántas mujeres hay que
matar para obtener esta cantidad de cabello? Todo era horrible, todos
llorábamos. Las atrocidades que vimos, cometidas por los nazis, eran la más
terrible cosa que se pueda imaginar”.
El general Dwight
Eisenhower, al llegar al campo de Buchenwald y observar las montañas de
cadáveres y los grupos de moribundos esqueléticos que yacían apilados, hizo
filmar a los soldados y oficiales nazis esas atrocidades, diciendo: “Filmen,
filmen todo esto porque en pocos años tendremos algún hijo de puta que dirá que
esto no ocurrió”. Ha dicho bien Gerardo Caetano: “Todos nosotros pudimos o
podemos ser víctimas. Nunca más. Nunca más. No somos neutrales. No lo
permitiremos”.
Reflexiones sobre la
conmemoración
La primera consideración
es que el Holocausto es motivo de vergüenza para la humanidad por más de una
causa. No solo fue provocado por una de las naciones más “avanzadas” del
planeta, sino que, como recuerda un artículo publicado en Página/12 en enero de
2005 por el pedagogo y escritor Jack Fuchs, sobreviviente del campo de
concentración, “los campeones de la libertad, de la democracia y el progreso
humano, los líderes del antinazismo estaban ocupados en asuntos de más vasto
alcance: se trataba de ganar la guerra y posiciones en el esquema posterior. De
conquistar hegemonía política, económica y militar en el escenario europeo
devastado. Y en la guerra, como se sabe, las personas no cuentan, no tienen
valor”.
Lo que Fuchs afirma es
que los ejércitos aliados, que sabían del genocidio, no bombardearon los campos
de exterminio y dejaron que prosiguiera la matanza, así como retardaron sus
participaciones para liberarse simultáneamente de la Alemania nazi y de la
Urss, que sufrió veinte millones de muertos. Antes y durante la Segunda Guerra
Mundial, muchos países “civilizados” rechazaron a refugiados judíos,
condenándolos a muerte otra vez.
La segunda reflexión que
queremos recordar la hizo José Mujica al decir, en cadena nacional, que la
causa judía habla de nuestra propia nación. En efecto, los pequeños países como
Israel, Uruguay y Paraguay –de cuyo propio genocidio, que nos involucra, se
están cumpliendo 150 años– no tienen otra fuente de defensa que el derecho
internacional, y eso los mancomuna en una unidad de destino.
Así como la nación
uruguaya está representada en la República Oriental del Uruguay, el Pueblo
Judío es impensable sin el Estado de Israel, en cuyo nacimiento orgullosamente
participamos. Uno de nuestros mejores compatriotas, el profesor Enrique
Rodríguez Fabregat, ministro de Batlle y Ordóñez, combatiente contra Gabriel
Terra, participó decisivamente como embajador ante la ONU en la creación del
Estado de Israel.
La vida y la esperanza
Pero como dice Juan Gelman
en su extraordinario texto El cementerio de los generales prusianos, la vida
siempre se abre paso. Uruguay, crisol de etnias, pueblos y religiones, ha
recibido recientemente con orgullo a familias sirias que huían del horror de su
país y a ex prisioneros de la cárcel de Guantánamo.
Hace poco una alta
autoridad judía comentaba que la población de esa confesión se ha reducido
drásticamente en Uruguay. Como uruguayos demócratas y pluralistas debemos
invitar a los ciudadanos judíos (nuestros amigos, nuestros hermanos, como dice
León Felipe), no solo a permanecer en nuestra tierra, sino a que vengan desde
otras donde no se sientan seguros.
El pueblo judío, además
de Moisés, Maimónides y Baruch de Spinoza, nos dio a Jesús de Nazareth y a
pensadores como Albert Einstein, Karl Marx y Sigmund Freud; a escritores como
Marcel Proust, músicos como George Gershwin, pintores como Marc Chagall,
cineastas como Charles Chaplin; produjo más de doscientos premios Nobel y hoy
nos enriquece con personalidades como Zygmunt Bauman, Bernardo Kliksberg, Woody
Allen, Oliver Stone, los hermanos Cohen, Joseph Stiglitz, Paul Krugman, Ben
Bernanke, Janet Yellen y toda la corriente de economistas que están luchando
con éxito para que no se repitan las condiciones económicas y sociales que
engendraron el nazismo. Este pueblo tiene también su hogar en Uruguay.
Como termina el relato de
Bradbury y como escribimos tantas veces cuando en 1983 se vislumbraba el fin de
la dictadura uruguaya, hay que decirles desde lo profundo de nuestro corazón:
“¡Vuelvan, vengan!”.