Alexis de Tocqueville frente al Islam

11/Feb/2015

Libertad Digital, Por Julián Schvindlerman

Alexis de Tocqueville frente al Islam

Tras los infames
atentados en Paris a inicios de año, los franceses corrieron a librerías y
bibliotecas para conseguir un libro escrito en 1763: el Tratado sobre la
Intolerancia de Voltaire. Uno debiera ser disculpado por pensar que -dado que
los perpetradores habían sido musulmanes y las víctimas francesas- quizás
quienes debían leer esa obra eran los musulmanes más que los franceses. Pero ya
que estos últimos se han mostrado ávidos por los grandes pensadores clásicos
que su cultura legó a la humanidad, una buena lectura complementaria sería
Notes sur le Coran et autres textes sur les religions de Alexis de Tocqueville.
La obra les permitirá conocer las impresiones poco complacientes acerca del
Islam que albergó este notable escritor y político francés de mediados del
siglo XIX. (Existe una traducción al español de Fernando Caro, comentada por
Jean-Louis Benoît, editada en Madrid).
El contexto en que
Tocqueville lee y toma notas sobre el Corán -1838 en adelante- es uno tal en
que varios de sus colegas se declaran admiradores del Islam y en que no pocos
académicos europeos (entre ellos muchos judíos) han comenzado a presentar una
imagen benigna de esa fe oriental ante sus contemporáneos. Francia acaba de
empezar la colonización de Argelia y Tocqueville realiza dos viajes allí, en
1841 y 1846, para conocer en profundidad la cultura y la religión que han
entrado en contacto con la suya. Tras su lectura concluye, en palabras de
Benoît, “que la religión de Mahoma no sólo tiene una insoportable propensión a
multiplicar las llamadas a la guerra y la matanza de infieles, sino que además
deja realmente poco espacio a la libertad”, que “históricamente, y por su
naturaleza profunda, esta religión daba la espalda al futuro, al progreso y a
la democracia”, y que el Islam, “al ir a contracorriente del desarrollo
histórico y científico, está condenado por ello a la decadencia porque es
incompatible con la democracia que representa el futuro inevitable de las
sociedades modernas”.
Entre sus propias anotaciones
surgidas de la lectura del Corán, Tocqueville observa la “magnífica recompensa
para los que mueren empuñando las armas”, la “violencia del lenguaje de Mahoma
principalmente dirigida contra judíos e infieles”, la “autorización y mandato
de matar infieles”, la “santidad de la guerra santa, jaleada a la vez con
energía y violencia”, y las cruentas condenas a quienes no sigan la fe
musulmana: “Todos los infieles serán congregados en el infierno”, “los infieles
tendrán las llamas por recompensa” y “el fuego es la morada eterna para los
infieles”, entre otras muchas aseveraciones del tipo.
Su primera reacción ante
el Corán quedó contenida en una carta enviada a su primo Luis de Kergorlay, en
marzo de 1838: “La doctrina de que la fe salva, que el primero de los deberes
religiosos es obedecer ciegamente al profeta, que la guerra santa es la primera
de todas las buenas obras…, todas estas doctrinas cuyo resultado práctico es
obvio, se hallan en cada página y casi en cada palabra del Corán”. Agrega: “Las
tendencias violentas y sensuales del Corán chocan de tal modo a la vista que no
concibo que escapen a un hombre con sentido común”. Y afirma: “Mahoma ha
ejercido sobre la humanidad un poder inmenso que creo, en definitiva, ha sido
más perjudicial que provechoso”.
Tocqueville se muestra
sorprendido por la simpatía con que algunos de sus coetáneos ven al Islam.
“Usted parece tener una cierta debilidad por el islamismo” le responde al conde
Josef Arthur de Gobineau en 1843, quién
le había confesado lamentar “no haber recurrido nunca a usted para que me
pusiera, ceremoniosamente, el turbante en la cabeza, lo que, debo admitirlo, me
hubiera halagado especialmente”. En 1855, Gobineau le envía una misiva a
Tocqueville desde la embajada de Francia en Teherán, donde trabajaría por tres
años, en la que dice que los iraníes son “unos pícaros que parecen nuestros
primos y creo que pudiéramos decirnos con cierta justicia: en un futuro próximo
seremos así”. Las simpatías pro-islámicas de Gobineau resultan llamativas a la
luz de que él fue uno de los fundadores del racismo científico. Cómo sea,
Tocqueville le responde: “Los turcos son unos torpes que la naturaleza parece
haber destinado exclusivamente a ser engañados y derrotados por todo el mundo.
Pero usted vive ahora en medio de una nación musulmana que, si hemos de creer a
los viajeros, es inteligente, incluso refinada, ¿qué le arrastra desde hace
siglos a esta inexorable decadencia?”.
Ya en 1844, Tocqueville
había mencionado la decadencia del mundo islámico en una carta a su amigo
Richard Monckton Milnes: “Únicamente me parece que, como Lamartine, usted ha
regresado de Oriente un poco más musulmán de lo conveniente. No sé por qué hoy
en día muchas mentes tan brillantes muestran esta tendencia. Por mi parte, en
mi contacto con el islam he sentido… efectos totalmente opuestos. A medida que
he conocido mejor esta religión, mejor he comprendido que sobre todo surge de
ella la decadencia que afecta, cada vez más a nuestra vista, al mundo
musulmán”.
Alexis de Tocqueville
tuvo una virtud y gozó de un beneficio. Su virtud fue su mente privilegiada y
un poder de observación desafectado de toda corrección política. Su beneficio
fue haber vivido en una época en la que el pensamiento original todavía
triunfaba por sobre las convenciones intelectuales reconfortantes y las
ilusiones de moda. Tuvo también buena fortuna: el término islamofobia aún no
había sido acuñado. De haber divulgado sus ideas sobre el Islam ciento setenta
años más tarde, la casta progresista global -esos guardianes del bien pensar-,
qué duda cabe, lo hubieran aniquilado.