A 45 años de la Guerra de Yom Kipur: “Después de la guerra”

05/Oct/2018

Agencia Judía de Noticias- por Roxana Levinson

A 45 años de la Guerra de Yom Kipur: “Después de la guerra”

45 años después de la Guerra de Yom Kipur
(iniciada el 6 de octubre de 1973) que tomó por sorpresa a todos los israelíes
en el día más solemne del calendario judío, el escritor israelí Eshkol Nevo
rememora aquellos días en los que su padre combatió en el frente norte. Y lo
que siguió, cómo aquella guerra lo marcó, a él y a todos. He aquí la traducción
de su texto, publicado hoy en el diario Yediot Ajaronot.
1. Mi primer recuerdo es de la Guerra de Yom
Kipur. Por supuesto que yo no sabía que era la Guerra de Yom Kipur. Tenía dos
años y medio.
Yo sé, la gente por lo general no tiene
recuerdos de esa edad.
Pero yo recuerdo mi casa llena de mujeres.
Amigas de mi madre, al parecer, que vinieron a ayudar. Y yo soy el centro de
atención, sentado en la sala, jugando con ellas a los dados.
Y entonces hay un corte, y una de ellas me
lleva de la mano a la habitación de mi madre, y mi madre saca una flauta simple
y toca algo para mí, hasta que de pronto comienza a llorar, y otra vez una de
las mujeres me lleva de la mano a la sala.
Y otra vez los dados. Y eso es todo. Allí
termina el recuerdo. Y todo lo que agregue ya será mentira, o peor aún,
interpretación.
2. Mi padre no contó demasiado sobre Yom
Kipur. Cada tanto, cuando íbamos a pasear a Ramat HaGolán, señalaba las ruinas
y decía: “aquí”. Sólo a una edad más avanzada supimos que sirvió en esa guerra
también como psicólogo. Más allá de eso, no quería o no podía dar más detalles.
A veces, después que pasábamos delante de las ruinas, decía: “espero que hasta
que ustedes crezcan ya no haya guerras”. Yo no le digo a mis hijas esa frase.
Dudo que alguien de mi generación pronuncie esa frase. Estamos demasiado desencantados.
Con demasiada experiencia en procesos de paz. Nos conformamos con un
yum_kipur_avi_shimhony_archive_idf_isuspiro interno después de cada verano sin
misiles, después de cada Yom Kipur sin alarmas.
3. Cuando te encuentras con ex israelíes fuera
del país, puedes identificar fácilmente según el hebreo que hablan, en que año
se fueron del país. Después que el conductor que me recogió en el aeropuerto en
Toronto me ofreció que diéramos algunas “vueltas” (en hebreo “rondelim”) por la
ciudad antes de ir al acto en la comunidad local, porque de todos modos era
temprano, comencé a sospechar.
Y con otras expresiones lo supe: mediados de
la década del 70. Por experiencia, no es conveniente tratar de averiguar en
forma directa por qué dejó el país. Es preferible acercarse a ella con
preguntas genéricas.
– ¿De qué trabajas aquí?
– Tengo una empresa de transporte
– ¿De dónde eres originalmente en Israel?
– Tiberíades
– ¿Tu familia aún está en Tiberíades?
-Mis padres sí. Los hermanos nos dispersamos.
Uno en Ramat Gan, uno en Eilat, uno en Toronto, uno en Kiryat Shaul.
– ¿En Kiryat Shaul?
– Rami cayó en el Canal de Suez. El primer día
de la guerra.
– Lo siento mucho.
– Aquello se llamaba “Línea Bar Lev”. Un
“israengaño”. Eso fue realmente. Y
después encima me mandan el llamado a servicio en la reserva. ¿Comprendes?
¿Escuchaste sobre la Línea Bar Lev”, muchachito, o todavía no habías nacido?
4. Moti Ashkenazi solía venir a mi casa. Un
gran amigo de mi padre. La historia de la protesta que lideró después de la guerra
la escuché muchas veces. Y también la leí en su libro: “Esta tarde a las seis
estallará una guerra”.
Y de todos modos, a mi entender, tiene algo
fantástico. Casi increíble. Quien fuera el comandante del único puesto militar
que no fue tomado por el enemigo durante la guerra, “Budapest” , donde cayeron
decenas de soldados, y resultaron heridos o llevados en cautiverio, regresó de
la guerra y, en lugar de curar sus heridas o cuidar de los suyos, se instaló
frente a la Knesset solo, con una carpa y varios carteles en cartulina que él
mismo preparó, y exigió la renuncia del gobierno.
Decenas de miles de soldados liberados del
servicio de reserva en el frente se le unieron, y finalmente en mayo de 1974
Golda Meir efectivamente renunció. La protesta había logrado su objetivo. Un
hombre solo, lo suficientemente valiente, lo suficientemente claro, lo
suficientemente terco, logró derribar un gobierno.
A su primer hijo, Moti Ashkenazi lo llamó
Nimrod. (En hebreo, literalmente, significa “nos rebelaremos”). Siempre pensé
que es un nombre fantástico, y decidí que cuando tuviera un hijo lo llamaría
Nimrod. Así me aseguraría de que nunca incline la cabeza ante nadie. Que
siempre cuestione, pregunte, y se empeñe en recibir respuestas.
Tuve tres hijas. Quizás sea mejor, en este
país…
Cada año M, mi buen amigo, y yo salimos a
andar en bicicleta en Yom Kipur. Desde nuestra ciudad hasta la playa. Salimos a
medianoche y pedaleamos aproximadamente una hora en cada dirección. Lo hacemos
desde hace años. Nos sentamos en la playa y hablamos sobre el año que pasó.
Sobre sus logros y fracasos. Sobre sus orgullos y arrepentimientos. Nuestro
acto privado de “Tashlij” (costumbre judía que simboliza arrojar los pecados al
mar). Nuestra ceremonia laica. Y siempre uno de nosotros lleva el teléfono
móvil, “por si acaso estalla una guerra”. Es nuestra broma privada, que se
repite cada año, como si fuera graciosa. Pero también su padre combatió en la
Guerra de Yom Kipur. Y tampoco su padre habla sobre eso.
El teléfono siempre está en silencio. Nadie
llama. ¿Quién va a llamar en medio de Yom Kipur, en medio de la noche?
Hasta que el año pasado sí, una llamada partió
la oscuridad. Resultó que las contracciones de la esposa de M habían comenzado.
Un mes y medio antes de lo esperado. De inmediato dimos la vuelta y pedaleamos
en dirección a su casa lo más rápido que hemos pedaleado en nuestras vidas. Sin
frenar, sin aire, sin hablar, sencillamente corrimos por las carreteras vacías,
sin prestar atención al dolor muscular, y al hecho de que no estamos en muy
buen estado para estas cosas. En 20 minutos estábamos en su casa. En 5 minutos
ellos ya estaban camino al hospital. Yo me quedé para cuidar de los niños,
frente al televisor apagado y sin transmisión. Busqué en la biblioteca algún
libro para leer. Encontré “La vida de Leonard Cohen”. Resulta – yo no sabía –
que también Cohen estuvo aquí en Yom Kipur. Llegó a Israel durante los combates
y le cantaba a los soldados en el Sinaí.
La bebé de M cumplirá un año esta semana. La
madre está muy bien.
Esta noche volveremos a salir, M y yo, a
pedalear, en dirección al mar. Llevaremos con nosotros el teléfono móvil, “por
si acaso estalla una guerra”.
5. It´s a cold and it´s a broken hallelujah…
Canta Leonard Cohen.
No hay nada placentero en los aniversarios de
las guerras. Ni festivo. Al contrario. El único motivo para conmemorar esas
fechas es recordar y hacer recordar que una guerra es algo terrible. Que tiene
víctimas en el cuerpo y en el alma. Que provoca heridas visibles, pero también
heridas subyacentes. Que el trauma que produce se infiltra a través de las
generaciones. Que el quiebre que genera sigue por siempre expandiéndose.
Recordar y hacer recordar todo eso para que la
próxima vez que alguien, digamos un político, intente hacer sonar tambores de
guerra, le digamos: cálmate, reconsidera, evalúa.
Recordar y hacer
recordar todo esto para que dentro de cada uno de nosotros haya una especie de
Moti Ashkenazi interno, lo suficientemente decidido, lo suficientemente
valiente, y que siempre se empeñe en preguntar: ¿Es posible que haya otra
alternativa?