Quienes han huido del régimen sirio dan cuenta del terror que éste inspira en los ciudadanos
Frontera turco-siria. Los refugiados sirios que cruzan la frontera con Turquía y se animan aquí a hablar traen consigo historias de terror. Pero no solamente de la guerra, los combates y la destrucción por los cuales sintieron que su vida corría peligro. También de antes, de su vida bajo la bota del régimen de Bashar al-Assad.
“Las paredes escuchan”, dice a El Universal Abd el-Karim, refugiado de 50 años que llegó a territorio turco hace unos meses, tras dormir durante largo tiempo en cuevas junto a toda su familia, sintiendo que eran más seguras, ante los bombardeos, que su propia casa.
Toca la pared que está detrás suyo en lo que se ha convertido en su hogar, para tratar de agregar una imagen palpable a su frase, y explica: “vivir bajo el régimen sirio equivalía a andar constantemente con cuidado, de lo que se dice y lo que se hace. Una palabra puede ser fatal para tu destino y el de tu familia”.
“El terror es por las armas y por la forma general de manejar el país”, recalca. “Y yo lo sentí directamente, en carne propia”. Era funcionario público y perdió el trabajo al ser acusado de que “tu hermano está contra el presidente”. Alguien había dicho que es parte del Ejército de Siria Libre, que lucha contra el régimen. Ni sentido tiene intentar refutar. Está todo perdido.
“Al día siguiente, decidí que nos vamos, que todo nos encierra cada vez más, más aún de lo encerrados que siempre estuvimos”.
El alcance del control estricto de la dictadura siria sobre sus ciudadanos cruza fronteras. Resulta increíble que hasta durante la cruenta guerra que se libra desde hace dos años y medio, el régimen tenga tiempo y disposición a destinar recursos a seguir persiguiendo a sus ciudadanos.
El Dr. Muhammad Rifal lo sintió también en carne propia. Hace aproximadamente una década y media que vive en Rumania, adonde viajó desde Siria para estudiar odontología. Poco después de estallar la guerra, viajó a Turquía al comprender que allí, tan cerca de la frontera con su país, podría prestar ayuda.
Hoy lo entrevistamos en un centro de recuperación de heridos que funciona en el marco de la Liga de Homs en el extranjero, una organización que apoya preferiblemente a sirios oriundos de dicha ciudad norteña, aunque explica que “no rechazaremos a nadie que precise ayuda y salvación, ni siquiera si nos llegara un soldado de Bashar”. Tiempo atrás, su esposa se dirigió a la embajada de Siria en Bucarest a solicitar renovación del pasaporte. La respuesta fue tajante: “Su esposo está involucrado en actividades terroristas, así que usted no tiene nada que hacer acá”.
El Universal lo vio en sus “actividades terroristas”, sentado en su escritorio en el centro de recuperación, atendiendo con paciencia las necesidades de cada uno de los pacientes, mostrándonos radiografías de los huesos destrozados de algunos de ellos y preocupándose de que nadie pierda el almuerzo.
Su tocayo, otro Dr. Muhammad que pide no publicar su nombre, en otro centro de atención médica a heridos, está convencido de que “toda una unidad especial, compuesta por mucha gente, está abocada a la guerra electrónica para seguirnos a todos los ciudadanos dondequiera que estemos y no dejarnos vivir en paz”.
Lo dice con firmeza, al explicar por qué prefiere que pongamos su nombre sin apellido y por qué no desea que le tomemos fotos. Insistimos con delicadeza, explicando que la nota va a América Latina, no a Siria, pero no resulta. “No los conoces, nos seguirán hasta donde sea necesario para ellos y su control. Siempre fue así y esto no ha terminado con la guerra, al contrario”.
Por eso son no pocos los entrevistados cuyos rostros no pueden ser compartidos con los lectores. Otros prefieren que cambiemos sus nombres. Tienen miedo por ellos y por sus familiares. “Con este régimen no se juega”, aclara Muhammad Rifal. “Nos acosa, en Siria y afuera, y esa es otra de las razones por las que se debe ir”.
Bajo la bota de Al-Assad
18/Sep/2013
El Universal, México, Ana Jerozolimski