El cielo del violín

20/May/2013

Búsqueda, Rodolfo Ponce de León

El cielo del violín

Itzhak Perlman se presentó en el Auditorio Adela RetaSi en la vida es bueno ser agradecidos, debemos estarlo entonces con la Fundación Tzedaká, que hizo posible que un grande de la música como Itzhak Perlman viniera a Montevideo. Una alegría adicional fue ver la sala Eduardo Fabini tan rebosante de público. Es lo que se merece un artista de este porte. Muchas veces distintas circunstancias, entre la que no es menor el precio de las localidades, conspiran contra ese ingrediente vital del espectáculo que es un teatro lleno. Aquí no hubo tal cosa y ya en el hall de entrada se percibió un volumen de asistencia que minutos después dejó la sala repleta.
El arranque fue un disfrute con el Allegro con brío de la “Sonata Nº 1 op. 12” de Beethoven, compuesta en 1797; el tiempo empleado fue a la vez pujante y elegante y pudo apreciarse en Rohan De Silva a un pianista muy correcto y atento en el acompañamiento. La magia de Perlman se hizo evidente en el segundo movimiento que es un Tema con variazioni: andante con moto, donde ambos instrumentos se alternan en un juego de planos sonoros en el que entran y salen cada uno a su turno. Y entonces Perlman aparece haciendo cantar su Stradivarius como si fuera una voz humana, ligando las notas de una manera única, o sosteniendo la expresividad de una frase larga con muchas notas intermedias. Apenas un respiro después de ese magnífico canto sosegado atacan el Allegro final a un tiempo de vértigo, donde ambos músicos brillan subrayando la melodía sin desmedro de la velocidad. Una joya.
La “Sonata en La mayor” de César Franck, compuesta en 1886, es una obra esencial en la literatura para violín y piano. La obra en sí es cautivante por la belleza de su leitmotiv, que se expone de entrada y luego reaparece constantemente en todo el transcurso en un notable crescendo expresivo. La particularidad de esta Sonata es que exige en el piano algo más que un buen acompañante. Para que la obra llegue a la altura expresiva a la que debe llegar es necesario un pianista de nivel solista lo más próximo posible al nivel del violinista. No es fácil que eso ocurra. Es posible sí encontrar grabaciones donde para la ocasión se haya conseguido juntar a dos talentos que vuelan a la misma altura; es más difícil que eso ocurra en recitales en vivo, donde lo usual es la presencia despareja entre un violinista descollante y un correcto pianista acompañante. Recuerdo para los memoriosos: un ejemplo de excepción a esta regla fue la torrencial versión que hace unos 30 años hicieron en el Teatro Odeón el violinista Uto Ughi con Nybia Mariño al piano.
La versión de Perlman-De Silva no fue una excepción a la norma del desnivel entre solistas. Perlman brilló en toda la línea haciendo gala de un timbre que siempre es dulce, ya en la zona grave, ya en la aguda, una afinación sin mácula, un vibrato que hace conmovedora la frase que canta. A su lado De Silva fue un acompañante atento pero tenso. Nunca se soltó a frasear con la libertad que lo hacía el violín. Esa tensión le impidió también acometer los pasajes turbulentos con otra decisión en el ataque y otro sonido en el discurso.
El cierre del programa fue otra maravilla con la Sonata en Sol mayor “El trino del diablo”, de Giuseppe Tartini, compuesta en 1713, que además de tener una gran exigencia virtuosística, es una pieza de enorme vuelo lírico. Pocos violinistas se atreven a abordarla: es un verdadero tour de force donde el violín no tiene descanso alguno, mientras se alternan pasajes de gran virtuosismo con otros de expresivo canto. Fue el otro vehículo ideal para calibrar la estatura de Perlman, capaz ce conferirle un sentido musical inteligible, atractivo y coherente a los endiablados pasajes para la mano izquierda, donde fue asombrosa la independencia de sus dedos.
Con un teatro de pie, vino la seguidilla de piezas que el propio Perlman anunció entre bromas para cada ocasión. Media hora más de disfrute para todos los gustos, con algunos momentos de antología como el cierre con una pieza del casi desconocido Antonio Bazzini, profesor de Puccini en el Conservatorio de Milán, donde el solista se pasea a toda velocidad entre cuerdas percutidas con el arco, con los dedos de la mano izquierda, armónicos, trinos, cuerdas dobles y triples y otros menesteres. Pero tan antológico como esa pieza gimnástica fue el no menos exigente “Tambourin Chinois”, de Kreisler, donde hay música cantada y no solo calistenia instrumental. Y las dos perlas mayores de esta sobremesa armada por el propio Perlman: el “Tango”, de Isaac Albéniz, en arreglo de Kreisler y la famosa “Canción que mi madre me enseñó”, del conjunto de “Canciones gitanas” de Dvorak, uno de los momentos más conmovedores de toda la noche.
Rodolfo Ponce de León
Elogio de la madera enferma
Aparece de pronto en su scooter e ingresa en la sala Zorrilla de San Martín del Hotel Sheraton. Se ubica rápidamente detrás de la mesa. Impresiona tenerlo allí, tan cerca, poder hablar con él. La sonrisa al comienzo apenas dibujada se irá acentuando a medida que responda a las primeras preguntas y entre en confianza con sus interlocutores. A pocos minutos de iniciada la conferencia sonríe y hasta ríe en forma casi permanente, el humor salpica siempre sus declaraciones y su mirada irradia una calidez envolvente. La conferencia de prensa se transforma en una amable charla entre amigos. Este es un resumen del diálogo que mantuvo Itzhak Perlman con la prensa.
-¿Tiene un repertorio favorito?
-En realidad no. Todo lo que toco es porque me gusta. Lo que no me gusta directamente no lo toco.
-De los directores de orquesta con los que ha trabajado, ¿cuáles lo han impactado más?
-Por nombrar solo a los más viejos, guardo recuerdos imborrables de Georg Solti, Carlo María Giulini, Bernard Haitink. Cada uno tenía talentos específicos. Por ejemplo, recuerdo haber hecho el concierto de Alban Berg con Pierre Boulez, que tenía una maestría especial para destacar las distintas voces que hay en la partitura. Hice el mismo concierto con Leonard Bernstein y el enfoque de este no era el destaque de las voces sino el subrayado del drama contenido en la música. Pero ambos eran maravillosos. Hay directores que tienen un talento especial como magníficos acompañantes. Pocas veces me he sentido más cómodo que con Zubin Mehta; lo que él hace con la orquesta calza como un guante para el solista.
-¿Qué violinistas del pasado admira?
– Fritz Kreisler, Jascha Heifetz, David Oistrakh, Nathan Milstein, Zino Francescatti, por nombrar algunos. Lo importante es evitar que esa admiración lleve a la imitación. Uno tiene que encontrar su lenguaje propio.
-¿Qué nos puede decir de la “Sonata” de Franck que tocará esta noche?
-Que es una obra peligrosísima porque todo el mundo la toca (risas). Pero además entraña el peligro de ser romántica y francesa a la vez.
-¿Considera usted que en esa obra el piano tiene un papel muy importante?
– Por supuesto. Tan es así que esta noche daré medio recital con ella porque la otra mitad la dará el piano (risas). Pero fuera de broma, no es solo en Franck. Si usted mira las sonatas de Mozart, en el libro dice “para piano y violín”. Así que ya sabemos que estamos segundos (risas).
-¿Por qué hay tantos músicos judíos que se dedican al violín?
– Creo que eso podía ser así hasta un poco después de mi generación. Pero ahora la producción de violinistas no es en su mayoría judía sino oriental. Estamos llenos de violinistas coreanos, chinos y japoneses. A los judíos parece que ahora les interesan más las computadoras (risas).
-¿Cómo es el público de concierto en Israel?
– Israel es mi casa. El público allí lo sabe todo. Si mi concierto no salió muy bien, al día siguiente dirán “no fue muy bueno”. Y si salió excelente dirán “por supuesto que fue bueno, ¿cómo iba a ser?” (risas). Pero en general el público de los conciertos es similar en los diferentes países, porque la música es un lenguaje internacional. Si tengo que elegir un público, me gusta el ruidoso y extrovertido.
-¿Cuándo se dio cuenta de que era un verdadero violinista?
-Hace dos semanas (risas). No, en realidad fue un poco antes: cuando me invitaron a tocar en Montevideo me dije: Bueno, ahora sí eres un violinista (risas).
-¿Qué nos puede decir de su Stradivarius?
– Perteneció a Yehudi Menuhin. Pude tocarlo hace muchos años cuando estudié con él y apenas o hice fue un amor a primera vista. Le dije entonces que el día que se decidiera a venderlo me lo hiciera saber. Y así ocurrió. Del secreto del sonido de los Stradivarius y de los Guarneri se dicen las cosas más curiosas: últimamente hay quien afirma que la madera utilizada en su construcción tiene un virus que había en esa época en los bosques europeos. O sea que suena así porque es una madera enferma (risas). A mí me parece que el sonido de estos instrumentos sigue siendo un misterio y me gusta que así sea.
-¿Qué preferencias tiene en pintura?
-Los impresionistas franceses y los expresionistas alemanes. Tengo como un tesoro personal un par de obras de Egon Schiele.
-¿Qué está leyendo en este momento?
– Un libro del doctor Oliver Sacks que se llama “Musicofilia”; son relatos científicos sobre la relación entre la música y el cerebro. Me resulta muy útil para mis clases.
-¿Hay un avance en la técnica o en la enseñanza que hace que existan violinistas tan jóvenes?
– No hay que confundirse. Tú pones Youtube y verás un niño de 10 años tocando el concierto de Brahms. Pero, ¿qué está haciendo ese niño? Está tocando las notas. La música es algo más que eso. A la música hay que “hablarla” y “decirla” más que tocarla, y ese es un proceso que lleva su tiempo y no puede abreviarse fácilmente.
R. P. de L.