Sobre la dignidad humana

25/Mar/2013

Lic. Daniel Vidart para CCIU

Sobre la dignidad humana

De modo recurrente el tema de la dignidad del hombre ha surgido en el pensamiento de la civilización occidental a partir de los filósofos de la antigüedad clásica. En efecto, el aspecto ontológico fue vislumbrado por los sofistas  y el lado moral  fue  fundamentado por los estoicos. Aquellos planteamientos iniciales,  empero, no lograron generar una teoría de la dignidad humana, si bien  la palabra y el concepto  adquirieron  una  temprana consistencia. Por ejemplo, cuando Cicerón,   divulgador ecléctico de una vasta terminología  filosófica, hablaba del  laudare aliquem pro dignitate, se refería  a la alabanza merecida por quien exhibe una loable conducta cívica.La meditación sobre la dignidad del hombre, pese al escepticismo existente en la Edad Media acerca de las virtudes  de un ser agobiado por el peso del Pecado Original, actitud negativa  que  le franqueó el paso a  una visión  miserabilista de nuestra  residencia en la tierra , resurge con fuerza en la Summa Theologica (  Primera Parte, Cuestión 93) de Santo Tomás de Aquino – “el hombre en cuanto  inteligencia es un reflejo de la imagen de Dios” – y cobra altura y expansión con los humanistas y filósofos del Renacimiento.No obstante, y a manera de antídoto contra el etnocentrismo de Occidente, conviene recordar que en todos los tiempos y culturas  muchos pensadores, y no solamente desde el campo de la filosofía,   se han referido a este estilo de ser y de  comportarse, considerado como  propio de la persona humana. En estos oscuros díasTal  énfasis en la exaltación de la parte perfectible de nuestro yo  – recordemos los dos componentes del alma, el titánico, el oscuro, y el divino, el luminoso, propuestos por  los órficos a partir de la mítica creación del hombre, vinculada con la muerte y resurrección de Dionysos Zagreo –  aflora cuando se desmoronan los modelos morales, jurídicos y religiosos  que mantienen en equilibrio los platillos de la balanza con que cada sociedad pesa los derechos y deberes de sus integrantes. Dicha reiterada catástrofe -cuyo epílogo es el genocidio de los cuerpos y el vaciamiento  de los espíritus-, se origina, entre otras causas de índole social y económica, por la arrogancia  de los que mandan y la deshonestidad de los que administran. «La gloria, capa del crimen; crimen sin capa, el poder»: así, según la leyenda, Diógenes el Perro increpó a Alejandro el Rey. La alianza de la desmesura y la corrupción, hambrientas devoradoras de valores y de bienes, ha provocado siglo tras siglo, en progresión casi geométrica, una perversa desigualdad económica y una creciente anomia social en las sociedades infectadas por el síndrome comercial – militar  de  la civilización de Occidente, colonialista y etnocéntrica.  Merced al reiterado uso de  la arbitrariedad y la fuerza bruta, envueltas en el  florido papel para regalos de un discurso filantrópico, nuestro  escenario  contemporáneo  se ha convertido, por obra y (des) gracia del Big Stick que enarbolan los Estados Centrales, esos decadentes Cíclopes cegados por su propia hybris, en un  jardín zoológico global  de escarmentadas ovejas y  recelosos lobos. El espectáculo de un perpetuo conflicto, pautado por breves períodos de paz, no solo tiene por protagonistas a los grandes ejércitos y a las empresas transnacionales. También son  responsables  de esos baños de sangre quienes  aplican desde arriba el terrorismo de los fuertes, a cargo del Estado, y  los que practican  desde abajo el terrorismo de los débiles, propio de los grupos religiosos y/o políticos irredentos, denominados hoy, al boleo, fundamentalistas. En estos días, unos mesiánicos gobernantes   armados hasta los dientes, y a veces apelando  al  mandato de Dios, vuelven a levantar  cadalsos para ahorcar a la razón y a la concordia  humanas.  De idéntica manera, conformando el coro que celebra la apoteosis de las armas,  alegaban los intelectuales belicistas de un cercano ayer, como sucedió con los apotegmas de Nietzsche («es necesario que la guerra sea sin cuartel y exenta de toda piedad»), o de Jünger “ la guerra es la Epifanía de la verdad»  o de Dostoievski («la guerra es el necesario remedio para acabar con la decrepitud del mundo»). No obstante la historia demuestra que a las guerras, esos reiterados homicidios colectivos que cuestan miles o millones de muertos, puede que las gane alguno de los gobiernos en pugna, pero siempre son perdidas por  los pueblos contendientes.  Los gobiernos  ponen las armas y los pueblos ponen los muertos De ahí aquella famosa frase de Franklin: «There never was a good war or a bad peace”. Mucho antes, pero refiriéndose a los conflictos internos, Cicerón había expresado que cualquier tipo de paz entre los ciudadanos le parecía mejor que una guerra civil.(“Vel iniquissima pacem iustissimo bello anteferrem”). Tales conceptos fueron luego repetidos, casi el pie de la letra, por Erasmo. Sin embargo, no caben  en estos casos, y por ende no pueden ser censuradas, ni las luchas por la liberación del yugo colonialista externo, ni la resistencia armada de un Estado soberano ante el injusto ataque de otro Estado, ni  las revoluciones contra los déspotas de entre casa. Dichos conflictos  -las guerras justas aprobadas  ayer por Grocio y Vitoria – se fundamentan en el restablecimiento de los Derechos Humanos, avasallados por los imperialismos extranjeros  y las dictaduras domésticas. No es buena la paz, equivalente a la de los sepulcros, si es impuesta  por  un  tirano de adentro  o por  un conquistador de afuera. “Solitudinem faciunt, pacem appellant”: “hacen un desierto y lo llama paz”, decía Tácito. Los invasores españoles en nombre de Dios y el Rey “pacificaban”, como rezan antiguos documentos, a los insolentes indígenas. O sea que,  hablando sin eufemismos, los borraban de la faz de la tierra.En consecuencia. no es reprobable la guerra si ella procura sacudir el yugo de los señores de horca y cuchilla recurriendo a las armas. No hay otro  modo de restablecer la vigencia plena de los derechos humanos y de la humana dignidad que ellos conllevan. En efecto, como expresaba Salustio, la paz hace crecer las cosas pequeñas mientras que la discordia destruye las grandes. Sin embargo, no son cosas pequeñas la dignidad y la libertad humanas. A esta altura del discurso resulta  por demás oportuno rememorar aquella frase, que  brilla como una estrella en  la  noche de ignominia instaurada  por  los actuales tecnificados albaceas de la muerte, incluida por Jefferson en la Declaración de Filadelfia del 4 de julio de 1776 : «Tenemos como verdades evidentes por sí mismas  que todos los hombres han sido creados iguales ; que a todos les ha concedido el Creador ciertos derechos del que nadie les puede despojar ; que entre estos se hallan la vida, la libertad y la prosecución de la felicidad. Que para asegurar estos derechos se instituyeron con el beneplácito y consentimiento de los hombres los gobiernos que debían regirnos, y que cuando uno de aquellos llega a ser perjudicial, por no defender como se debe las libertades de un pueblo, cuidando de su felicidad, este tiene el derecho para modificarlo o abolirlo, e instituir otro, basándose en tales principios  y organizando sus poderes de tal modo que pueda contribuir al bienestar general» Abolirlo es un término elusivo, casi cortés. A los gobiernos  que esclavizan el pueblo  se les echa a la brava, tal como Jefferson y los otros Padres Fundadores de la Patria lo acababan de hacer con los imperialistas ingleses en  tiempos  ya olvidados por los enanos que se trepan a las espaldas de aquellos  gigantes,  cuya  pasión por la libertad dignificó al género humano. La Edad de Hierro En esta  nueva Edad de Hierro iniciada, según la  creencia de Hesiodo, en  la Edad Media Griega  (siglos VIII – VII a. J.C ), no dejan de aullar  los perros de la guerra  y el halcón  carnicero vuela una y otra vez rumbo  a su presa  desde el puño de los señores. Según  narra el  labrador – poeta en uno de los poemas morales más intensos que jamás se hayan escrito, en la primitiva  Edad de Oro no existían » ni el mío ni el tuyo», ni «el trabajo de sol a sol «, ni «la cruel enfermedad», y se moría «como se duerme». En la Edad de Hierro, la última de las cinco que pautan una progresiva decadencia, «los hombres no cesarán de estar abrumados de trabajos y miserias durante el día ni de ser corrompidos durante la noche […] el uno saqueará la ciudad del otro[…] no habrá ninguna piedad, ninguna justicia[…] solamente  se respetará al  violento e inicuo[…] no se conocerán ni la  equidad ni el  pudor[…] el malo ultrajará  al bueno con palabras engañosas […] los dolores se quedarán entre los hombres y ya no habrá remedio para sus males».  (Erga  kai Hemerai).Ante las continuas  agresiones  a los Derechos Humanos, hoy insistentemente  alabados   en la letra y como nunca  violados en la praxis, se  levanta, desde las gentes que se hacinan en  las  ciudades inmensas y los relictos aldeanos que languidecen en los campos cada vez mas desiertos , un  manifiesto de libertad y dignidad , ya dirigido a quienes los atropellan , ya a los que, condenados  por su condición miserable, los ignoran. De tal modo, a medida que los ilotas contemporáneos van cobrando conciencia de la universalidad y la irrenunciabilidad de sus  Derechos Humanos, los integrantes de los pueblos sometidos y los proletariados internos, como los llamaba Toynbee,  reivindican  cada vez con mayor energía el pleno ejercicio de aquellos. Los desencuentros entre  el debe y el haber  en la contabilidad moral del planeta   provocan una  creciente  ola de  in- dignación (y corto en dos el término para remitirlo a la lastimada raíz de la dignidad)  contra aquellos que, justificando sus tropelías con una retórica mendaz,  se sirven  de sus paises  en vez de servirlos, violando  a cada  paso  las normas que conceden sentido a los bienes y valores, por escasos que sean, de la paz. O contra aquellos otros que en nombre de  ideas y creencias  consideradas infalibles, cometen reiterados crímenes de lesa humanidad. Estas sevicias sin perdón y sin olvido, convertidas en conductas virtuosas por los manipuladores de la opinión pública – según Goebbels «la guerra es la forma más elemental del amor a la vida» – se remiten a los productos ideológicos de una matriz económica. Las guerras púnicas se originaron por la posesión del trigo de Sicilia. Las que apuntan en estos días están amadrinadas por el  dominio del petróleo del  Medio Oriente. Quizá las del futuro sean por el agua. Y  entonces  llegará nuestro turno, ya que el acuífero Guaraní es una de las reservas mas cotizadas del planeta.De la etimología a la semánticaAnte la perspectiva de un Apocalipsis en ciernes, del  cual no podrá evadirse nuestro minúsculo Uruguay, nos hallamos hoy  montando guardia al pie de los Derechos Humanos en torno al elevado asunto  de la dignidad que distingue, o que debiera distinguir, a los representantes de  nuestra especie.Y a todo ello, ¿qué quiere decir dignidad y de qué fuente provienen la palabra y su significado? La dignidad se remite al modo de ser de un ente digno, aunque esto parezca una tautológica petición de principios. Dignos son, en sentido general, el ser o la cosa que merecen el atributo que se les otorga; digno es el continente capaz de recibir el contenido expresado.Un hermoso espectáculo teatral es digno de ser visto, una lograda obra de arte es digna de ser gustada, un hombre de bien  es digno de ser alabado. En caso contrario se emplea la voz indigno: ni un  mamarracho artístico ni los ladrones a mano armada o de cuello blanco, cada vez mas abundantes, aquí y ahora,   son merecedores de encomio.El sorprendente oráculo de las etimologías revela que los antiguos indoeuropeos llamaron dek a todo recipiente, voz que dio vida  al  decet latino, esto es, a  lo que es de recibo, a lo que se acepta y conviene según  la opinio necessitatis y el usus inveteratus  consagrados por  la costumbre. Luego, a partir de decet, aparecen las voces  decus, decencia, decoris, decoro, decorare, decorar, dignus, digno, dignitas, dignidad, y dignare, juzgar algo o alguien como merecedores  de lo que se les atribuye. En español, empero, dignarse vino a significar condescender, consentir, atender un reclamo a menudo inoportuno. Según define el Diccionario de la Real Academia, digno, en sentido general, es lo que merece algo, ya sea  favorable o adverso.  Pero en el sentido absoluto se refiere al buen concepto y se  contrapone a indigno. De tal modo un hombre digno es aquel que se hace acreedor del respeto y la estima, tanto de los otros como de sí mismo. Un hombre digno no comete las acciones consideradas  degradantes o vergonzosas por el ordenamiento normativo  que jerarquiza  los valores sociales de su tiempo y lugar, es decir, de su cultura. Dichos  valores exigen ser asumidos y encarnados por un sujeto que se  piensa y se siente digno, y que como tal obra. Pero también han de ser aceptados y convertidos en bienes por  sus semejantes, en cuanto   protagonistas  alternos, so pena de convertirse en  metecos, en extranjeros culturales. Dueño de un justificado orgullo y una personal autoconsideración, el hombre digno no se humilla ni permite  ser humillado. De tal modo se dice: fulano es pobre pero digno o mengano mantiene a cualquier precio su dignidad o zutano sobrelleva dignamente  una desgracia. Por añadidura, y como variante, la voz dignidad califica a quienes son sensibles a las ofensas, desprecios o desconsideraciones. Eso engendra entonces  un tipo de dignidad que se transforma en arrogante quisquillosidad  o, de pronto, en un  trasnochado  rebrote de hidalguía que evoca aquella hispánica receta señorial: » Procure siempre acertarla/ el honrado y principal/, pero si la acierta mal / , defendella y no enmendalla «El hemisferio ontológicoDesde  el punto de vista filosófico puede hablarse de una ontología y de una  ética de la dignidad. La ontología de la dignidad humana se refiere al supremo privilegio de ser  los representantes de una especie que, a nuestro parecer, siempre indulgente con las virtudes  que nos  hemos atribuido en cuanto autodenominados Reyes de la Creación, ocupa un eslabón egregio en la cadena de los seres. Luis Vives en su Introductio ad Sapientiam (1524),  resume aquellos aspectos  cuando expresa  “Dignidad es, o bien la buena opinión que tienen los hombres granjeada en justicia por la virtud, o cierto decoro que asoma al exterior  de la virtud, que vive recatada en la más entrañable intimidad».Fueron los humanistas italianos Facio y Manetti quienes se refirieron por vez primera, y de modo expreso  en el pensamiento de Occidente,  a la dignidad de la criatura humana, destacando, entre otras dotes, su facultad para razonar, su capacidad para los oficios y las artes, su conocimiento de los seres y las cosas del contorno. Marsilio Ficino retomó el asunto con  originales argumentos  pero fue su amigo, el joven y brillante  Pico de la Mirándola, denominado el Príncipe de la Concordia,  quien en el discurso De hominis dignitate (1486 ), consideró  que  los descendientes de la pareja inicial habían sido creados por Dios  para pensar el mundo, alabar su hermosura y loar la majestad del Sumo  Hacedor. Como los otros dones habían sido asignados a los seres creados antes del Sexto Día, el hombre, según Pico, posee una naturaleza  abierta, de algún modo vacía, librada a su propio poder, constructivo o destructivo. Por lo tanto puede llegar a ser lo que se proponga, bueno o malo, merced al ejercicio de la voluntad y del libre albedrío. El gran atributo del hombre es, pues,  la  libertad para  elegir y para actuar. Su dignidad más alta y acabada será posible  cuando opte por la mejor de las alternativas. Su poder intelectual y su capacidad afectiva, ventajas que le permiten  edificar  una vida regida  por las normas de la moralidad, son, en definitiva, asunto suyo, y de manera excluyente. En efecto, cuando Dios se dirigió a Adán en el Paraíso estas habrían sido sus palabras, según  la inventiva mitopoiética de aquel  juvenil filósofo: “Sin la constricción de límite alguno, de acuerdo con tu propio libre albedrío, en cuyas manos te hemos puesto, oh Adán, ordenarás por ti mismo los límites de tu naturaleza. Tendrás el poder de degenerar en las formas más bajas de la vida, que son bestiales. Tendrás el poder, que surge  del juicio de tu alma, de volver a nacer en las formas más altas, que son divinas”. Esta ontología de la dignidad nos muestra al hombre como el supremo y único titular de derechos. Es el dueño del planeta y de la naturaleza animada e inanimada que viste la epidermis de la esfera terrestre. Es un precioso recipiente que todo lo merece, si bien ello depende de la elección acertada o errónea  de la humana  voluntad, la cual puede llenar el cuenco del espíritu con agua purísima  o con barro emponzoñado. Se trata, en definitiva, del  hombre convalidado por lo mejor de  sí mismo, del hombre que reclama y ejercita su derecho a la escogencia del bien, del hombre que ostenta el poder de su puro albedrío, del hombre que, entre todos los seres, se distingue por  el  ejercicio  de la libertad, un don que lo emancipa del mundo animal, prisionero de la rigidez  del instinto, y lo orienta hacia  lo sagrado., al margen de la magia, la religión y el animismo. Sagrado viene de sacer, separado de lo cotidiano, de lo corriente, de lo pro-fanum, lo que está fuera del templo, lo que vive y espera en el seno del pueblo que necesita comer y creer en los valores de la solidaridad social en este mundo antes que en los castigos o recompensas del otro. El  águila  es siempre idéntica a su condición  desde que nace hasta que muere. Está programada para ser un ave de presa.  El hombre, en cambio,  no se mantiene idéntico a si mismo desde la cuna hasta el sepulcro: va siendo porque  se va haciendo. Cambia, se transforma, se engrandece, se degrada.  Camina sobre la hojarasca de las distintas personalidades que podría haber asumido. Conciencia significa elección sentenció Bergson. Mucho mas radical fue Nietzsche al decir:” oh, voluntad de mi alma, a la que yo llamo destino». Hija del pathos y del logos, maleada por  el alfarero de la educación, sumisa o rebelde a  las atmósferas sociales que respira, esta extraña criatura sublunar resulta ser al fin el producto del cotejo entre el querer y el hacer, el arquitecto del nunca terminado edificio donde cohabitan, en armonía o en disonancia, las promesas de los  proyectos y  las concreciones de las obras. Y a lo largo de todo el proceso de humanización, que no es necesariamente el de perfeccionamiento, la aguja de la brújula moral  puede orientarse hacia los puntos cardinales del bien o del mal, de la  filantropía o de la iniquidad. La enseñanza (de in signare, poner un  sello, una marca), el ambiente, la circunstancia histórica siempre pesan. Pero en ciertas ocasiones, si alguien con excepcionales dotes puede manipular el determinismo para transformarlo en posibilismo, pesa mucho mas la gravitación del microcosmos de la íntima voluntad de la persona que, en solitario, elige el trazado de su órbita existencial e implacablemente la recorre.  O en el caso de los seres carismáticos, la influencia rectora de su personalidad.   En este punto bueno es recordar  que entre los tributarios  españoles  de estas doctrinas se cuenta  el Maestro Hernán Pérez de Oliva en cuyo Diálogo de la Dignidad del Hombre (1585) dos contendores disputan y exponen acerca de la dignidad de la condición humana. El uno, Aurelio, señala  la parte baja, apocada y material de esta malhadada  alimaña que es el hombre, y el otro, Antonio, ensalza la parte eminente de la persona, que es mucho más que el individuo, aquella porción física e indivisa que se hace extensa en la pura corporeidad. Defiende e ilustra entonces las sagaces  capacidades inquisitivas,  el despierto entendimiento, la gracia de la mano creadora, el peregrinaje del espíritu  en pos de la trascendencia, el vuelo del alma transfigurada por el amor, el dócil acatamiento humano al soplo de lo divino. Hoy se ha desacralizado este acento numinoso, especialmente subrayado por Pico de la Mirándola y Pérez de Oliva,  y es  al prójimo convertido  en la  complementación y espejo del Yo que se orienta  el sujeto humano para confundirse con el “objeto” humano . De tal manera logra recibir en su vigilante conciencia, albergue del sentimiento y la razón, al bumeran  gnoseológico  de la persona, luego de haberlo lanzado hacia el blanco de la alteridad.El hemisferio moralEl aspecto ético del asunto,  concerniente a la reflexión filosófica sobre la moral – eso y no otra cosa es lo que significa la ética –  se refiere, antes que a la jerarquía humana en la escala de los seres, a   las relaciones codificadas y calificadas  del hombre con sus semejantes. Al  pisar el umbral de los preceptos de la moral teórica -o sea  el deber ser deontológico fundamentado en las convenciones del nomos, aquel producto artificial de la polis  que los sofistas oponían a la physis, la  naturaleza en estado cósmico – dichos imperativos sociales son  convertidos en  acciones. El paso de la potencia insita en la norma al acto que da nacimiento a una relación social simbólica, plena de significado, abre las puertas de la moral práctica, fundamentada en las conductas que  cumplen o  contravienen los mandatos  de la moral teórica. En este momento  ya estamos entrando en el territorio de los valores determinantes de la condición humana. Pero no a los valores  concebidos al estilo de la metafísica platónica, tributaria del realismo absoluto que proclamaba  la eternidad y ubicuidad de las Ideas,  sino a la acuñada por  el nominalismo antropológico, de sesgo relativista. Atento a ello, Montesquieu, en  sus  Lettres Persanes (l721) expresó «verité dans un temps, erreur dans un autre».Así como el hecho de ser hombres nos inviste con  los derechos inherentes a nuestro rango superior en la pirámide de los seres, según las concepciones  renacentistas antes expresadas, la circunstancia  de actuar  en el seno de una sociedad concreta en determinado tiempo y lugar,  señala y califica  las cargas que  nos imponen los deberes humanos del aquí y ahora. En efecto, el ejercicio de mis derechos debe cesar donde comienzan los del prójimo. Y esto no está aun muy claro en la mente de quienes integran los grupos  dominantes, cuyos  errores  y demasías  han provocado  – todos los pescados se pudren a partir de la cabeza –  la desorientación, la desesperanza y el descreimiento que hoy afligen a los  sectores lúcidos, o siquiera bien pensantes, de los  pueblos, y golpean sin piedad a  los estratos mas desamparados  del  ordenamiento social. Kant, en la Fundamentación de la Metafísica de las Costumbres (1786) tradujo dicho imperativo del siguiente modo: “Obra de manera de tratar a la humanidad tanto en tu persona como en la persona de otro siempre como un fin y nunca como un medio.” En ello consiste la dignidad del hombre. Poco después Herder (Carta del 1796), que miraba con pesimismo los agujeros negros existentes en las almas de  sus semejantes, si bien creía en la acción de la Bildung en el desarrollo nunca finalizado de la   perfectibilidad humana, escribía  así : “No es posible hablar de los derechos del hombre sin hablar tambien de sus deberes ; los unos dependen de los otros, y buscamos todavía una palabra que los incluya a ambos.Lo mismo ocurre con la dignidad humana. El género humano, tal como es hoy y será probablemente por mucho tiempo, no posee en su mayor parte dignidad alguna y merece más compasión que veneración. No obstante, debe ser elevado a la verdadera naturaleza de la especie, a lo que determina su valor y su dignidad. Es la humanidad lo que caracteriza nuestra especie; pero esta cualidad no es en nosotros sino una virtualidad innata que  requiere ser adecuadamente cultivada. No la traemos en una forma acabada al venir al mundo; ella debe ser el fin al que tiendan nuestros esfuerzos […] Este cultivo es una obra que debe proseguir ininterrumpidamente, pues de lo contrario recaeremos todos, grandes y pequeños, en la bestialidad y la brutalidad primitivas” La cuarta  guerra mundial, de declararse, será  a palos y  pedradas, sentenció Einstein.Derechos y deberes humanosOjalá que  las anteriores advertencias  puedan ser tenidas en cuenta, pese al foso temporal que nos separa de ellas,  por quienes en este mal parido siglo XXI desempeñan  altos cargos en la cosa pública  y manejan la empresa privada, tanto en la  subordinada periferia – el arrabal de las impotencias –   como en los centros ecuménicos del tener y el saber – la sede de las potencias y las prepotencias- para que no conviertan sus derechos  en patentes de corso y  no olviden sus deberes hasta el punto de escarnecer, denigrar o aniquilar a sus semejantes, sean  los que profesan su fe y acatan sus escalas de valores, sean  los que  adoran a otros dioses con  otros rituales y abrevan en las fuentes de otras culturas. La dignidad humana, para realizarse como camino y como posada, para consumarse  al consumir su propia sustancia, reclama solidaridad con el  Otro  y respeto por  sus sentimientos y sus ideas. Al  emprender la defensa e ilustración de los Derechos Humanos, derechos cuyo ejercicio concede sentido a la vida y cuya salvaguarda  debe realizarse aún a costa de perderla, conviene recordar una admonitoria frase del Mahatma Gandhi : “La verdadera fuente de los derechos es el deber. Si todos cumplimos nuestros deberes  no habrá que ir muy lejos para encontrar  los derechos. Si descuidando  nuestros deberes corremos tras nuestros derechos, estos se nos escaparán como un fuego fatuo. Cuanto mas los persigamos más se alejarán” .¿Qué significan estos conceptos que para algunos pueden parecer confusos, dado que meten en un mismo costal a los derechos y a los deberes sin distinguir entre quienes están obligados a respetarlos y quienes  deben reclamarlos? Significan que si los gobernantes de un Estado cumplen con sus deberes para con los gobernados estos no  reivindicarán  sus derechos, pues todos y cada uno de ellos – los concernientes a  la vida, la libertad,  el  trabajo, la salud, la educación, el libre pensamiento y la expresión del mismo, etc.- serán  resguardados y perfeccionados por quienes están al frente de los destinos colectivos.  Significan tambien que si las naciones poderosas no atacaran o explotaran, como ha sucedido a lo largo de la historia universal de la infamia,  a las naciones débiles, estas  verían protegidos sus derechos al pleno disfrute de sus bienes, a la realización autónoma de sus valores, al ejercicio tranquilo de sus costumbres, al respeto de sus concepciones acerca del más acá y del mas allá, a la  conservación y enriquecimiento de sus civilizaciones.En el ejercicio de las  responsabilidades sociales de los Estados, de las naciones y  los pueblos es donde se manifiesta, a mi juicio, la verdadera dignidad del hombre en tanto  persona  y de los hombres en  su condición de socii que comparten las ideas y sentimientos  enderezados a  ennoblecer las acciones  que otorgan sentido  al oficio de  vivir y morir en este mundo, que no es el mejor de los posibles, como suponía Leibniz, sino el único que nos ha tocado en suerte.  Dicha dignidad, en suma, no es otra cosa que el compendio de  nuestros  derechos,   cuya vigencia corresponde establecer y hacer respetar, y la raíz de nuestros  deberes, que es preciso acatar y cumplir. Ellos son como la cara y la cruz de una misma moneda. No se pueden sustentar por si solos. Necesitan los unos de los otros para alcanzar la meta de la dignidad por la senda, a veces espinosa,  de la responsabilidad. De no ser así las sociedades humanas no podrían jamás ser  favorecidas  por los provechos de  la Paz, ni engrandecidas por el  perfeccionamiento  de la Libertad, ni  honradas por el progresivo imperio de la Justicia. Pero ¡atención! Estas altisonantes palabras,  generalmente huecas por dentro,  solo pueden adquirir  carnadura  y certidumbre mediante una  pacífica y honesta  convivencia, al margen de toda retórica, en el seno del Nosotros. Y recién ascenderán a las soleadas colinas de la fraternidad universal, aquella meta propuesta  por los estoicos al proclamarse  ciudadanos del mundo, cuando se comprenda, se respete y aún se logre amar al Otro. Desde hace milenios, a tanteos, jaqueada  por  innumerables dudas y  favorecida por  muy pocas certidumbres,  mezclando las alegrías con los pesares y las esperanzas con las frustraciones, la humanidad recorre un camino que se inició a partir de  las hogueras  del paleolítico. Ojalá que en algún no muy lejano día, al juntar la topía con la utopía, logremos conciliar los ideales de un mundo para todos  con la realidad cotidiana de cada uno de los hombres, los grandes y los pequeños, los afortunados y los tristes. No obstante la incompletitud y contingencia de nuestra condición, nosotros, los huéspedes culturales  de este planeta azul, a la vez  creadores y  portadores de la dignidad humana, siempre  seremos más que la tenue sustancia de nuestros sueños.El autor, en su calidad de antropólogo, es miembro de la Cátedra UNESCO de Derechos Humanos de la Universidad de la República, Montevideo, Uruguay