“Mi padre es judío, mi madre es judía, yo soy judío”.Con estas palabras que eligió para su lápida Ed Koch, el icónico alcalde de Nueva York que murió el viernes pasado, dejó bien claro cómo quería ser recordado.Estas palabras me recordaron una disputa familiar en la cual tuve que reconocer que yo estaba errado y mi hija en lo cierto. Fue hace unos cuantos años cuando mi hija Tamar planeaba aplicar a la escuela de Derecho. Habiendo obtenido un puntaje perfecto en su examen SAT, el más alto del país, no estaba nerviosa por ser aceptada en una de las grandes universidades. Pero sabía que un elemento importante que sería considerado por las mejores universidades era el ensayo que tenía que remitir explicando por qué elegía Derecho como carrera y a la vez definirse como persona.Cuando me dijo que había terminado de escribirlo pedí para verlo. Cuando comencé a leer me encontré en un estado de aprehensión. Sus palabras de apertura eran: “Soy una judía ortodoxa.” Continuó relacionando el apego judío a la Ley con su origen divino en Sinai. Explicaba que el amora a la Torá la inspiraba a buscar formas de mejorar el mundo a través del compromiso con los recursos legales para los inocentes y castigos legales para los criminales. Su presentación era magistral, sin embargo me causó miedo. Miedo porque yo soy parte de una generación que todavía lleva consigo las cicatrices emocionales de siglos de antisemitismo. Miedo porque había vivido los años del Holocausto y me habían obligado a abandonar mi tierra natal cuando la ascensión Nazi fue una amenaza cierta. Miedo porque aun cuando hoy vivo en “la tierra de los libres” todavía no me siento suficientemente libre para creer que mi hija puede abiertamente identificarse como judía ortodoxa sin exponerse a repercusiones prejuiciosas.No creo que debas enviar el ensayo tal como esta, le aconsejé a mi hija. Tamar lo pensó. Respetuosamente concluyó que tenía que ser honesta consigo misma. Decidió que si, identificándose a sí misma a través de su credo, se cerraban puertas para el progreso profesional, prefería no atravesar esos umbrales. “Quién sabe”, agregó, “tal vez el hecho de que me enorgullezca de mi herencia sea visto positivamente”.Sí, mi hija fue aceptada a cada una de las mejores escuelas de Derecho en el país. Ahora avancemos una década para saber el verdadero fin de la historia. Yo estaba enseñando en la Yeshiva University cuando un joven golpeo la puerta. Lo reconocí como un ex estudiante. Sin aliento me dijo que se había apurado a venir desde la escuela de Derecho de la Columbia University porque tenía que compartir lo que había sucedido en una de las clases.La conversación se había vuelto una discusión sobre los ensayos requeridos. Alguien preguntó al profesor, “ahora que estamos en la facultad, ¿puede decirnos que buscan exactamente en esos ensayos?” el profesor respondió que no podía expresarlo en palabras pero que podía dar una pauta haciendo referencia al que él sentía fue el mejor ensayo que había recibido en su carrera. Recordaba que fue escrito por una chica un poco especial cuyo extraño apellido es difícil de pronunciar, “algo así como Blech”. “Si esa es su hija”, dijo mi ex estudiante, “sabía que le gustaría escuchar la historia.” Le aseguré que efectivamente era mi hija y que le estaba tan agradecido por compartir la historia conmigo. También confesé que casi estropeo el ensayo sugiriéndole a mi hija que el mismo era demasiado peligroso para entregarse tal como fue escrito. Sin enorgullecerse de su identidad había resultado ser una ventaja para Tamar, es por cierto aleccionante aprender cuanto le importaba este aspecto al ex alcalde de NYC. Mientras las palabras y los honores llegan y forman una larga lista de logros de Ed Koch, uno se da cuenta de que había tantas cosas de las que podía estar orgulloso. Sin embargo lo que Koch eligió para perpetuar como un resumen del significado de su vida fueron las palabras de Daniel Pearl antes de ser brutalmente asesinado por terroristas pakistaníes: Mi padre es judío, mi madre es judía, yo soy judío.Dos años antes de su muerte, en su blog personal en el Huffington Post, “Qué hay en mi lápida y por qué”, Koch le había dicho a sus lectores lo que había preparado como su epitafio. Sentía con tanta pasión la importancia de este reconocimiento por parte de cada judío que agregó: “creo que esas palabras deberían ser parte de los servicios de Rosh Hashaná y Iom Kipur, y que deberían ser repetidas por la congregación.”Debajo de su poderosa expresión de identidad, Koch encomendó la inscripción del “Shmá” en hebreo seguidas de estas palabras: “Estaba ferozmente orgulloso de su fe judía. Ferozmente defendió a la ciudad de Nueva York y a sus habitantes. Sobre todo, amó su patria, los EEUU de América, en cuyas fuerzas armadas sirvió en la 2ª Guerra Mundial”.No dudó en definirse a sí mismo en esta secuencia: orgulloso judío, amante newyorkino, y patriótico norteamericano.De acuerdo a sus deseos las palabras en su tumba expresan con orgullo las últimas palabras de Daniel Pearl. ¿Será mera coincidencia que Ed Koch murió el primer día de febrero, el mismo día en que Daniel Pearl fue asesinado hace once años?Fuente: Aish.com
“La Lápida de Ed Koch”
01/Mar/2013
Tu Meser, Rabino Benjamin Blech