Con Miriam Bek, sobreviviente de once campos de concentraciónA sus 85 años, Miriam Bek recuerda su pasaje por el Holocausto, el asesinato de sus familiares, su lucha por vivir y su llegada a Uruguay. Retrato de una mujer que sobrevivió a la barbarie.
Texto: Nelson Díaz.
Estuvo en el infierno no una, sino once veces. Perdió veintiséis familiares y vio lo inexplicable miles de veces. Convivió con el horror en once campos de concentración, entre otros Auschwitz, Dundaga, Stutthof, Rechlin, Ravensbrück, Oranienburg y Malchow. “Sobreviví al gueto de Kolozsvár y pasé por once campos de concentración y exterminio. Pude salvarme varias veces de la muerte. Regresé a Rumania y atravesé el Atlántico para vivir la mayor parte de mi vida en Uruguay”, dice Miriam, desde su apartamente en el barrio Malvín, acompañada de dos de sus hijos.
Hoy Miriam tiene 85 años, es bisabuela y conserva la mirada luminosa que aparece retratada en varias fotos de su infancia y en el libro testimonial, narrado en primera persona, Una voz para la memoria, editado por Planeta.
Antes de descubrir que la imaginación de Dante se había quedado corta, antes de percatarse que el infierno era terrenal y estaba al ras del suelo, Miriam tuvo otros recuerdos. Hija única, nació el 8 de mayo de 1927, en Haifa, una ciudad norteña del protectorado inglés de Palestina, hoy Israel. Su madre, Yenny Klein, era enfermera, y su padre, Ferenc, técnico sanitario, aunque no pudo conocerlo. Falleció de tuberculosis, de lo que su madre se enteró poco después del parto, aún internado.
Mamá Yenny decidió entonces viajar con la pequeña Miriam a Kolozsvár, la capital de Transilvania, ciudad cercana a Ujfalu, su pueblo natal. De esa ciudad recordará aromas, olores, comidas –que aún permanecen en su memoria- y la presencia de su madre, su tía Etel, su marido Samuel y sus cuatro primos. “Recuerdo el cholent, sopa de matzá, farfelaj, guiso de gallina, de carne, postres. Tortas típicas. Algunos olores: árboles enormes que en primavera abren con flores blancas que tienen mucho perfume. Guindas, ciruelas, damascos, nueces. En la calle vendían castañas asadas, como aquí se vende garrapiñada. Les cortaban la cáscara. Había otra fruta parecida a la uva pero muy chica. Y había grosellas, que se cocinaban en guisos”.
Su madre trabajaba entre 15 y 18 horas por día, sin asueto, ni siquiera los fines de semana, en la sala de cirugía del sanatorio Matyás Matyás, donde era la encargada del cuidado de un piso entero. Acaso, por eso, recuerda que a su tía Etel solía llamarle mamá. Miriam hizo la escuela primaria en un liceo rumano, mientras una parte del mundo comenzaba a desmoronarse.
LA LEY DE LA FEROCIDAD
En 1940, Hitler decretó que la mitad del norte de Transilvania fuera transferida a Hungría. Se avecinaban tiempos aún más oscuros. Y la noche se cernía sobre buena parte de Europa. “En ese momento, yo tenía doce o trece años y alguna vez había escuchado en la radio o leído en algún diario el nombre de Hitler. La gente ya empezaba a hablar del Führer y de los nazis”, dice.
Su familia comenzó entonces a pergeñar la idea de huir de la barbarie. La idea era viajar a Sudamérica, más precisamente a Uruguay. Alguos pudieron llegar a costas rioplatenses. “Es que el plan decidido para la migración de mi familia era de uno cada año. Era muy caro, aún no existían las ventas a crédito y no había otra forma de hacerlo”, cuenta.
Cuatro años después, en 1944, con 17 años, fue tomada prisionera junto a su familia. Primero en Kolozsvár, luego Auschwitz y otra decena de campos de concentración y exterminio, donde la vida parecía no tener lugar.
“(En Auschwitz) nos separaron por género y edades. Mi madre estaba en la fila junto a mí hasta que desapareció. Fue la última vez que la vi. También a Albert (el esposo de mi madre) y al resto de los hombres de nuestra familia”, dice Miriam y entorna los ojos como buscando aquella imágenes en el tiempo. “Los prisioneros que nos recibieron eran judíos. Arrancaban a los bebés de sus madres y decían, murmurando en idish ‘los bebés a los abuelos’. Era una forma d eintentar salvar a las madres, ya que los alemanes eliminaban a los ancianos y a los bebés”.
Luego vendrían las enormes barracas, las cabezas rapadas, los pies descalzos, el uniforme, la degradación y hasta una comida que contenía bromo. Los nazis utilizaban ese elemento químico para cortarles la menstruación.
Auschwitz, el de la frase infame, dejó lugar a Riga en Letonia y desde ahí, caminando, a Dundaga I, uno de loscampos de concentración satélites de Kaiserwald. “La vida valía menos que una bala”, resume y recuerda su pasaje por Stutthof, un campo de exterminio donde, por unos minutos, la belleza rozó las mejillas de las prisioneras. “Una judía, amante de un oficial alemán y jefa de la barraca, nos dejó cantar. Ahí oí por primera vez una hermosa canción, ‘Belz meim shtetele bels”, que evoca la niñez feliz en un pequeño pueblo judío”.
Pero enseguida, sin tregua, aparece la ferocidad. “Cuando pienso en un campo de concentración, se me aparece la imagen de una kapo. Era una mujer muy hermosa y muy sanguinaria. Se llamaba Bárbara y le pegaba a todo el mundo. Las kapos eran elegidas entre las más sádicas, te castigaban sin misericordia. Se peleaban entre ellas por los favores de los oficiales. Eran las únicas que recibían buena alimentación”.
AL OTRO LADO DEL MUNDO
Rechlin, Ravensbrück, Oranienburg y Malchow. Otros nombres que avergüenzan a la especie. Hasta la llegada a Neubrandenburg –ubicado a 110 kilómetros de Berlín-, liberado y reorganizado por el Ejército Soviético. Luego la vida. Dos años en Rumania, la vuelta a los estudios; buscar y rehacer los vínculos familiares. Y un lejano Uruguay que se aproximaba.
Pero, ¿cuál fue el mecanismo resiliente que le permitió sobrevivir? “Soñaba que me iba a salvar. Ese fue mi aliento hasta que llegó el día en que fuimos liberados”.
Y con la liberación, la búsqueda de los afectos. “No sabía nada de mi madre y quería volver a casa para encontrarme con ella. Quise llamar a mis familiares desde Uruguay pero fue imposible durante mucho tiempo. Estuve mucho tiempo entre gente quwe había pasado por cosas similares. No se hablaba mucho. Aquí (en Uruguay) sufrí pesadillas durante muchos años. No contaba mucho lo que pasé… Lo importante es que quise integrarme a la vida cotidiana”, reflexiona.
Un pasaje enviado por sus familiares desde Montevideo la colocó en un avión y, previa escala en Roma, llegó a Montevideo el 11 de setiembre de 1947. En este país sudamericano, elegido antes por sus familiares, se afincó y formó su familia. Aqui también fue el lugar para recomponer los lazos con sus antepasados. “Yo siempre tuve el árbol genealógico en la cabeza. No tenía que andar preguntando. Reconstruí la lista de mis parientes y la aporté a una institución en Jerusalén, llamada Yad Vashem, que conserva los nobmres de los judíos muertos en la Shoá. Eso nos permitió reconstruir vínculos con algún primo con quien no ser mantuvo lazos hasta hace pocos días”, dice Miriam, y esos ojos luminosos vuelven a brillar.
Una temporada en el infierno
19/Oct/2012
Caras y Caretas, Nelson Díaz