Es otra de esas muchas fotos reproducidas en el blanco y negro de otra época, como esas otras que los bouquinistas al borde del Sena te venden ya en formato postal, y que tanto éxito tienen, porque siempre estamos presos de ese sentimiento de nostalgia que nos empuja a mirar atrás, a añorar el pasado. Sin embargo, ésta, y otras más (muchas más de las que imaginamos), no está a la venta, pues ni hay quien la compre ni todo el dinero del mundo serviría para tapar lo que allí sucedió. El blanco y negro de su imagen transmite también esa añorada sensación à la ancienne, como algunas baguettes hechas a la manera tradicional, pero retrata asimismo otro sentimiento bien distinto: el de todo el horror de este mundo. Algo que no puede escapar a la huidiza mirada de la vergüenza más profunda…La mirada oportuna del fotógrafo no erró en su disparo. Un grupo de una docena de niños juegan divertidos a llevarse montados a caballito unos a otros (a piola), incluso hay dos que dirigen su mirada claramente al objetivo mientras sonríen. La escena tiene lugar tras una valla que delimita el parque de juegos y de la que cuelga un cartel, en donde se indica que el espacio está reservado a los niños, bajo lo cual se añade: prohibido a los judíos.‘Prohibido a los judíos’Poco importa si se trata de niños. Nada de eso importaba, pues el odio y el horror no tenían edad. La vergüenza tampoco. Eran sólo niños. C’étaient des enfants es el título de la exposición gratuita que abrió sus puertas a comienzos de verano y puede verse hasta el próximo 27 de octubre en el Hôtel de Ville (Ayuntamiento) de París, y que forma parte de los actos conmemorativos con los que Francia recuerda el 70 aniversario de la redada del Velódromo de Invierno (Vél d’Hiv), en la propia capital parisina. Un hecho vergonzoso y vergonzante de participación únicamente francesa, cometido por franceses contra otros franceses por causa de su religión, en el mismo centro de la Ciudad de la Luz, y silenciado durante muchos años, hasta el punto que ha supuesto todo un descubrimiento para las nuevas generaciones. (El 42% de los franceses nunca ha oído hablar de la redada del Velódromo de Invierno, y el porcentaje aumenta entre los más jóvenes hasta alcanzar el 57% de los encuestados que tienen entre 25 y 34 años, el 60% para los que tienen entre 18 y 24, y nada menos que el 67% para los de entre 15 y 17 años, según un estudio difundido este mismo verano).«Un crimen cometido en Francia por Francia, para cuya operación no fue necesario movilizar ni a un solo soldado alemán. Estamos aquí reunidos para evocar las horas oscuras de la colaboración, de nuestra historia, y por lo tanto, la responsabilidad de Francia. Les debemos la verdad a los mártires judíos del Velódromo de Invierno. Pero la verdad es también que aquel crimen se cometió en contra de Francia y en contra de sus valores». Fueron las palabras del presidente francés Hollande el pasado mes de julio, durante un acto de homenaje en recuerdo de los 13.000 judíos deportados a campos de exterminio durante la redada del Velódromo de Invierno.La Rafle del Vél d’Hiv fue la primera redada de niños mayores de dos años realizada en el país. En 1942, entre los días 16 y 17 de julio, 13.152 personas fueron detenidas por la policía francesa, bajo las órdenes del régimen colaboracionista de Vichy. Entre ellas, 5.919 mujeres y 4.115 niños (según consta en los archivos policiales). Las familias con niños fueron hacinadas durante días en el Velódromo de Invierno (derruido en 1959), cerca de la Torre Eiffel, y donde ahora se halla tan sólo una placa homenaje, antes de ser dirigidos a otros campos franceses, fundamentalmente el de Drancy, al norte de París, o el de Beaune-la-Rolande, y deportados luego a los campos de exterminio de Auschwitz, Birkenau y Bergen Belsen.Las condiciones higiénico-sanitarias del encierro fueron inexistentes y, por supuesto, no se les distribuyó agua o alimento alguno, de modo que una parte importante, sobre todo de los niños, murieron en el mismo velódromo, víctimas de infecciones como la disentería o epidemias como la difteria. Cuentan los más ancianos supervivientes de la parisina calle Nélaton, en esquina con el boulevard de Grenelle (donde se encontraba este edificio de hierro y madera, en el distrito 15), que durante días no podían abrir las ventanas a pesar del calor del verano, y no por los gritos y llantos que en efecto se oían día y noche, sino por el inmenso hedor que flotaba en el aire provocado por el hacinamiento de personas en tales condiciones. Ahora, 70 años después, son muchos los que se asoman a ese oscuro pasado que Francia rememora con diversos actos, libros, conferencias, debates y varias exposiciones, como la de C’étaient des enfants (Deportación y salvamento de los niños judíos en París), comisariada por Sarah Gensburger, socióloga de la memoria.Y es que esta muestra recoge también, amén del elevado número de víctimas, ese otro recordatorio al coraje de una parte de la sociedad civil, cuya movilización en verdaderas redes clandestinas de solidaridad, como la OSE (la Obra de Socorro a los Niños), ayudó a que el 80% de los menores judíos que vivían en París en 1939 sobrevivieran a la guerra gracias a la movilización de sus padres y estas redes, escondiéndolos y dándoles un hogar en el campo, un entorno afectivo y pedagógico. Ello supuso abandonar París y un cambio de identidad, claro, y hasta ser bautizados por seguridad en muchas de las ocasiones. No siempre fue posible salvarles la vida, ya que las redadas acabaron con unos 11.400 niños en los campos de concentración y exterminio, dentro y fuera de Francia, y de aquellos menores deportados solo sobrevivieron unos 200. Sin embargo, en Francia en 1945, al acabar la guerra, se contaron 10.000 huérfanos judíos, lo cual indica que hubo tantos muertos como escondidos y salvados. A Dios gracias.Esta muestra, C’étaient des enfants, reúne cartas personales, fotos de familia, diarios íntimos de supervivientes, objetos entrañables, un breve vídeo escolar como evidencia gráfica de la soledad de estos niños, y unos cuantos dibujos inocentes pero también llenos de dolor y tristeza; es decir, el último testimonio de unas víctimas tan pequeñas aún, que sus miedos, pero sobre todo, sus esperanzas y sueños, parecían no dejar trazo aún. Sus huellas, sin embargo, les han devuelto sus nombres y, con ello, su dignidad. Soñar les permitió sobrevivir, aún en el tiempo. Aún cuando eran sólo niños.
Eran solo niños…París expía sus pecados
15/Oct/2012
Canarias 7, España