La llegada de cada año nuevo judío se conmemora con el toque del shofar, un instrumento de viento fabricado con el cuerno ahuecado de un carnero o un antílope. Este toque proviene de una milenaria tradición que genera un mandato sagrado. Su sonido cubre un rango que incluye notas graves y agudas, y su cuerpo y vibración producen una sensación de erizamiento por la fuerza que imprime, sobre todo si se lo ejecuta dentro de un gran espacio cerrado y a la vez hueco (como puede ser eventualmente una sinagoga).
El sonido del shofar se pudo escuchar el domingo pasado, fecha en que cayó el año nuevo judío. Sus notas largas y sentidas, o su chisporroteo de notas cortas y casi tarareadas poseen una cadencia que invita a la reflexión y a la introspección. Aparte de la belleza del objeto en sí mismo (muchas veces un shofar es un largo cuerno torneado de una queratina reluciente), la música que sale de su boca nacarada se eleva en el aire y desciende sobre los oídos de quien escucha en una caída mística, con reverberaciones y ecos internos llenos de secretos. Pero, a pesar de esto, la sensación no es extraña ni atemorizante, sino emocionante.
Cada cultura se adapta a lo que tiene al alcance de la mano. Si las tribus del desierto soplaban los cuernos ahuecados de algunos bóvidos, en Japón los monjes cortaban los tallos gruesos de la caña bambú y, también ahuecándolos, fabricaron la flauta shakuhachi, un instrumento que originalmente ejecutaban los monjes budistas como complemento a sus horas de contemplación y meditación. A estos monjes los llamaban «monjes del vacío» o «monjes de la nada».
La respiración, fundamental para que los sonidos de esta flauta se expandan con claridad, ayuda al ritmo corporal y tocar el instrumento para estos monjes era un sinónimo de un ejercicio meditativo.
Ambos ejemplos me conectan, no sé por qué, al sonido de la gaita, la escocesa o cualquiera de sus variantes dentro del mundo celta, desde Galicia a Cornualles, desde Gales a Northumbria, aunque se cree que su origen es turco y existe en numerosos países del mundo. Su redoblar de notas me parece hipnótico y por momentos, cuando el gaitero logra una conexión con un tono preciso y continuo, alcanza grados de concentración y de emoción.
A pesar de tener una relación fuerte con los sonidos para lanzar un ejército a la batalla, su carácter grave también coloca a la gaita en situaciones de pompa y circunstancia, como un funeral, donde realizan una elegía sonora.
En el mundo cristiano, los coros gregorianos cumplen con un rol similar a los ejemplos antes mencionados. La pureza de un grupo de voces entrelazadas con palabras latinas y retumbadas contra los muros de un convento o una iglesia tiene la cualidad de emocionar a pesar de no entender, a pesar de los siglos de distancia con su composición, a pesar de referirse a un mundo que hoy ya voló por los aires pero que a la vez es tan cercano en sus cuestionamientos fundamentales.
Como si fueran vientos sagrados que atraviesan un cuerno, una caña, un fuelle de piel animal o las gargantas de un grupo de curas, a pesar de ser producto de la más real materialidad, esas músicas colocan el alma en otro estadio, en otra liga, en otro ámbito.
En el desierto de Israel, en los bosques sombríos de Shikoku, en las escarpadas montañas de las Highlands o en un monasterio medieval de piedra roma, la música toca el espíritu de una forma divina. El escenario puede variar, la conexión es la misma. Si podrá variar que incluso sigue funcionando, impoluta, en unos auriculares, en un apartamento en Montevideo.
Viento sagrado
20/Sep/2012
El Observador, Valentín Trujillo