Asad en sus descuentos

30/Jul/2012

El Observador, Pablo Aragón

Asad en sus descuentos

30-7-2012 POR PABLO ARAGÓN ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
Siria está sumida en una terrible guerra civil, próxima a tener su turbio desenlace. Ya habrían muerto más de 15 mil personas; algo más de 110 mil han buscado refugio fuera de las fronteras del país; algo más de 200 mil se han visto forzadas a dejar sus casas. O podría ser mucho peor de lo que creemos.
Es fácil abrir juicio en relación a lo que ocurre en Siria. Basta con afirmar que el presidente Bashar Al Asad es, desde 2000, el heredero de su padre, el dictador Hafez Al Asad, quien asumiera en 1970 el control del país a hierro y fuego, poniendo fin a un largo proceso de golpes y contragolpes, iniciado en 1946, cuando el país obtuviera su independencia.
Basta también reconocer que el reinado de los Asad no cuenta con buena prensa. Es una dictadura de origen baathista, basada en esa ideología de crudo militarismo socializante que, en los hechos, no hace sino esconder el dominio de la minoritaria secta chiita de sus cultores, los alawitas, sobre dos tercios de la población, de origen sunita. Asad padre no ahorró violencia a fin de imponerse, o mantenerse en el poder, en tanto su hijo coqueteó con la noción de ser un «liberal autoritario», pose que pronto olvidó, según quedó en evidencia cuando, a mediados de marzo de 2011, comenzaran las protestas antigubernamentales que hoy han degenerado en esta guerra civil.
Internacionalmente, el régimen baathista ha estado, además, siempre en la vereda equivocada: enfrentado a EEUU en su política hacia Israel; enfrentado a Israel, al punto de mantener estrechos lazos con organizaciones terroristas como Hezbollah en Líbano y Hamas en Gaza (aunque luego se distanciara de esta última); aliado al régimen chiíta de Irán y a los elementos chiítas que con violencia se oponen al régimen suní en Irak y, por sobre todo, ha actuado como virtual soberano en Líbano, favoreciendo la preeminencia armada de Hezbollah sobre sunitas y cristianos maronitas.
No sorprende, por tanto, que la intermitente atención que el mundo muestra a la guerra civil siria nos haya hecho detestar aún más a Asad y su círculo gobernante, la «nizam», una claque de matones alawitas, emparentados entre sí. Por lo demás… ¿no es el régimen sirio un viejo cliente de la ex URSS, hoy cercano al régimen semiautoritario de Vladimir Putin, a quien compra sus armas y provee de puerto de aguas calientes? ¿Podría, acaso, extrañarnos que hayan recurrido él, sus fuerzas armadas comandadas por alawitas y los grupos paramilitares que lo respaldan, la «shabiha», a la limpieza étnica en el interior del país, cuando no al asesinato masivo de civiles sunitas?
Estos rasgos de brutalidad, sumados a la presión que EEUU, Francia y el Reino Unido han venido sosteniendo sobre Turquía, Arabia Saudita y Catar, a fin de que se canalicen inteligencia y recursos en beneficio de los rebeldes asentados en los alrededores de la frontera turco-siria, casi nos hacen creer que estamos frente a otra flor de la primavera árabe, esa leyenda según la cual los pueblos árabes, hartos de tanta tiranía, habrían optado por sacudirse a sus dictadores, abriendo sus países al anhelado gobierno de la libertad.
Tal, sin embargo, es apenas el oro de chafalonería que regurgitan las agencias noticiosas internacionales, y tanto cruzado de las libertades, de esos que andan por el mundo, tan ansiosos por su momento-bastilla como descuidados por el día después, ese en el que las pequeñas gentes tienen que ingeniárselas para seguir con sus vidas y las de sus familias, si es que aún las tienen.
La realidad es que nadie ha explicado quién diablos son los que quieren sacar a Al Asad y a su camarilla del poder en Siria. Uno puede intuir que no serán los miembros del Consejo Nacional Sirio, un club de principistas sin soldados que, desde el exilio, proclama principios de tolerancia y libertad para consumo de nadie, salvo la incontable cantidad de grupos y grupúsculos que lo componen, y entre los cuales se encuentra, por cierto, la Hermandad Musulmana. Tampoco parece que fueran los miembros del Comité Nacional de Coordinación, una formación doméstica, vinculada a grupos estudiantiles y kurdos. Es más: cualquiera que haya estado siguiendo las noticias sirias se inclinaría por pensar que el poder estará en manos del Ejército Libre Sirio, una mesnada que nada tiene de ejército ni de libre, ya que se trata de incontables grupos irregulares, sin comando central, mayormente reclutados entre desertores suníes de las fuerzas armadas, y muy probablemente pertrechados por los servicios de inteligencia de EEUU, otra vez apostando, con base en apuntes, por sus enemigos de mañana.
El ELS es, bajo cualquier mirada, un grupo terrorista. No sabemos con cuántos efectivos cuenta, pero son manifiestamente insuficientes como para llevar, por sí solos, la guerra mucho más allá de algunos enclaves en torno al eje de la carretera que une las fronteras con Turquía al norte y Líbano al sur. Por ello han optado por una guerra de guerrillas, y masivos atentados terroristas contra blancos civiles, patrullas y elementos encumbrados del régimen sirio, precipitando la saña represiva de este. Podrían estar infiltrados por elementos jihadistas; están infiltrados por la CIA (pero desde hace poco); podrían responder a la vena fundamentalista islámica suní, y a nadie extrañaría que, entre sus objetivos, esté el castigar a las clases medias urbanas, sunitas y chiitas, a las minorías kurda, alawita, drusa y cristiana, que han dado su respaldo al secularismo tolerante del régimen baathista.
En suma: ni los súbitos amantes de la libertad en Siria, ni los servicios de inteligencia que fogonean este conflicto, saben a quien le están abriendo las puertas. Los que sí lo intuyen son las víctimas y victimarios del futuro: los alawitas que ya han comenzado a concentrarse en la costa mediterránea; los cristianos que temen el pogrom islámico; los sunitas salafitas que en Líbano cuentan las horas de la venganza contra Hezbollah y los suníes iraquíes que quieren la suya contra el gobierno chiita de su país. Lo saben los israelíes, cuyos servicios de inteligencia desesperadamente rastrean las armas químicas que, se dice, están en poder de Al Asad y podrían caer en manos de no se sabe quién a su caída. Y los kurdos, que ya han establecido contactos con sus hermanos iraquíes y podrían aspirar a la autonomía de que gozan estos, tal vez comenzando un proceso de balcanización armada del país. La diplomacia rusa fue demonizada en Occidente por advertir estas complejas aristas, y por recordarle a tanto meterete sin formación que podría llegar el día en que pensemos que, contra Al Asad, Medio Oriente estaba mejor.