POR SHLOMO BEN AMI EX CANCILLER ISRAELÍ -VICEPRESIDENTE DEL CENTRO INTERNACIONAL POR LA PAZ
La afluencia masiva de musulmanes a Europa en las dos últimas generaciones es un ejemplo de fructífera coexistencia religiosa y social.
08/05/12
La matanza perpetrada por Mohamed Merah en Toulouse y sus alrededores en marzo pasado, como los atentados con bombas de 2004 en Madrid y de 2005 en el metro de Londres, han puesto de relieve una vez más los dilemas que afronta Europa respecto de su minoría musulmana en aumento. Ningún modelo de integración social ha demostrado estar libre de fallos, pero, ¿de verdad es el panorama tan desolador como quieren hacernos creer quienes se desesperan ante el surgimiento de una “Eurabia”? Ni el principio multicultural (respeto de la “diversidad cultural en una atmósfera de tolerancia mutua”, como lo formuló el ministro laborista británico Roy Jenkins en 1966) ni la indiferencia oficial para con las identidades religiosas (como en Francia, donde el Estado, como dijo el historiador del siglo XIX Jules Michelet, “ocupa el lugar de Dios”) han funcionado como se había previsto.
El multiculturalismo en Gran Bretaña ha consolidado comunidades musulmanas casi independientes y ha convertido el islam en una seña de identidad para contrarrestar la exclusión. Asimismo, la laicidad impuesta (el estricto secularismo republicano de Francia) parece haber intensificado el apego de los musulmanes franceses a su identidad religiosa.
En realidad, no se debe olvidar que la afluencia masiva de musulmanes a Europa en las dos últimas generaciones es la mayor coexistencia entre el islam y la modernidad de la historia humana y ha dado beneficios incalculables, como, por ejemplo, una clase media musulmana en aumento, la aparición de una intelligentsia y una mayor libertad para las mujeres musulmanas.
Las encuestas hechas en Francia, donde la tasa de matrimonios mixtos es la mayor de Europa, han mostrado que la mayoría de los musulmanes aceptan la laicidad, la igualdad entre los sexos y otros valores republicanos fundamentales.
Además, importantes segmentos de la comunidad musulmana están experimentando un ascenso desde el punto de vista socioeconómico. Un 30 %, aproximadamente, de los nacidos antes de 1968 han llegado a ser ejecutivos medios o superiores. Más en general, el islam no ha substituido a otras señas de identidad, como, por ejemplo, la clase o la posición económica. Considerar el islam una civilización que no es susceptible de cambio es una falacia histórica.
La moderación religiosa, si no la secularización, sigue siendo la clave no sólo de la integración social, sino también de la oportunidad para los musulmanes de influir en el futuro de Europa.
El ejemplo de los judíos europeos no deja de ser pertinente a ese respecto.
Una tribu oprimida, de inmigrantes pobres procedentes de las destrozadas comunidades de la Europa Oriental, se transformó en tan sólo dos generaciones de zapateros, sastres y vendedores ambulantes temerosos de Dios en una comunidad de escritores, filósofos, científicos y magnates. Fue así precisamente porque reformaron su judaísmo a la luz de los valores occidentales . Sabían que no había otra forma de aprovechar las oportunidades de mejora humana ofrecidas por Occidente. El resultado del judaísmo reformado fue el de que el particularismo religioso y cultural cedió ante un grado de universalismo mucho mayor de lo concebido en momento alguno del pasado judío. Cualquier minoría religiosa en busca de un lugar en el proyecto europeo haría bien en reflexionar sobre esa transformación teológica.
La esperanza europea de un Islam integrado
08/May/2012
Clarín, Shlomo Ben Ami