La Primavera Árabe debe ser analizada por su resultado y no por sus proclamas

23/Abr/2012

La República, José Luis Martínez

La Primavera Árabe debe ser analizada por su resultado y no por sus proclamas

21-4-2012
EDITORIAL
José Luis Martínez, Periodista
En diciembre de 2010 comenzó la Primavera Árabe. Estalló pocos días antes de comenzar el invierno en el hemisferio norte. El 17 de diciembre, Mohamed Bouazizi, un vendedor ambulante tunecino, se quemó a lo bonzo en protesta por el trato que le había dado la policía días antes obligándole a levantar su puesto callejero. Bouazizi moriría dos semanas después en el hospital a causa de las quemaduras. La indignación sublevó a la sociedad civil y las protestas se extendieron como reguero de pólvora hasta la caída del régimen. Después de Túnez el efecto dominó llegó a otros países.
Reaccionaban en cadena contra los regímenes en Túnez, Libia y Egipto. El movimiento se extendió a Yemen y Bahrein, entre otros estados de esa región. En abril 2011 también llegaron las revueltas a Siria, donde se ha impuesto el régimen de los Assad por décadas. Después de miles de muertos esta historia no ha finalizado y el régimen sigue reprimiendo a los opositores a sangre y fuego, pese al reclamo de Naciones Unidas de un alto el fuego.
Los pueblos árabes quebraron la barrera del miedo. Salieron a las plazas de las ciudades y sorprendieron al mundo con levantamientos masivos contra sus autoritarios líderes. Pero las revueltas también revelaron profundas diferencias en las características de los pueblos árabes, en el estilo de sus gobernantes y en la actitud de sus ejércitos ante los reclamos de libertad y democracia.
La ventana que se abría al futuro en busca de libertad y democracia a la luz de los estallidos populares, hoy parece que podría convertirse en un invierno islamista. Tras la caída de muchos de los regímenes cuestionados, los islamistas radicales crecen en medio del caos.
El nacionalismo árabe está en declive. Esta corriente se reconoce primero étnicamente y después como islámicos. La concepción supone el intento por importar la modernización occidental secular, pero a través del autoritarismo.
En el nacionalismo árabe, el ascenso social quedó bloqueado por una casta hereditaria, mientras que el Islam político trabaja en la base social. El triunfo de los partidos religiosos islamistas en las elecciones post Primavera Árabe era previsible.
Con teléfonos móviles y computadoras, los jóvenes protagonistas de la Primavera Árabe se pusieron al frente de las movilizaciones populares en Medio Oriente, usufructuando la libertad en Internet y las redes sociales. Internet puede ser una fuerza transformadora de sociedades y personas, permite una organización masiva y la libre circulación de información. Pero, al igual que las redes sociales, no son las herramientas las que producen el cambio, sino que facilitan la propagación de ideas.
Las fuerzas políticas fundamentalistas tradicionales, fortalecidas por la alianza con grupos radicales, amenazan con dominar el proceso en tanto los ciudadanos que a través de las redes sociales definieron el comienzo de los cambios están siendo marginados.
Las proclamas iniciales que se escucharon en las calles no revelarán si la Primavera Árabe traerá la libertad y la democracia, o si solo reemplaza el autoritarismo feudal por una nueva era de un régimen absoluto fundado en plebiscitos controlados con mayorías de los grupos radicales islámicos.
Las revueltas populares en los países árabes no han alumbrado, tal y como se esperaba en Occidente, democracias estables y respetuosas de los derechos humanos.
La Primavera Árabe debe ser juzgada, no por su origen. Debe ser analizada por su resultado y no por sus proclamas.