No creo en la derecha ni en la izquierda

18/Oct/2010

El País, Que Pasa

No creo en la derecha ni en la izquierda

CON DANIEL VIDART
«No creo en la derecha ni en la izquierda»
El antropólogo cumplió 90 años. Acá analiza su amistad con Mujica y la inseguridad.
16-10-10
Fabián Muro
Cumplió 90 años hace unos días. Dirige y modera una serie de mesas redondas sobre violencia y seguridad ciudadana en la Biblioteca Nacional, que tienen como protagonistas a integrantes del Poder Ejecutivo y Legislativo, además de colegas académico. El antropólogo Daniel Vidart sigue adelante.
«Lo importante es levantarse todos los días pensando en nuevos proyectos, nuevos libros, nuevos temas», dice para explicar su vitalidad. Rodeado de libros y recuerdos de viajes -«soy un paisano al que le dio por leer y que un día abrió la tranquera para conocer el mundo»- el antropólogo y escritor esboza una sonrisa complaciente cada vez que se le recuerda que el presidente José Mujica lo mencionó como uno de sus asesores. Si bien reconoce una afinidad con Mujica, también destaca que es amigo de todo el mundo.
-¿Cómo nace su relación con el presidente?
-Lo conozco desde hace mucho. Por ejemplo, él fue alumno en un curso de un discípulo mío, Renzo Pi Ugarte. Renzo me contaba que Pepe le pedía permiso para salir. «¿Para qué?», le preguntaba Renzo. «Para ir a buscar los cartuchos, porque tengo que llevarlos al mercado», respondía. Porque él sostenía a la hermana y a la mamá. De muchacho fue chacarero, un florista que siempre estuvo cerca de la tierra. No es un ademán de coquetería. A veces puede que exagere su modestia, pero hubo también famosos romanos que eran senadores y labraban su predio. Últimamente, lo que nos ha unido es mi disciplina, la Antropología. Él ha dicho que soy un asesor suyo. No es así, no soy su asesor. Coincidimos en la Antropología, de la que hablamos cuando viene a casa, pero también en otros temas, como el Quijote, que él conoce muy bien, de Biología, que es otro tema que le gusta y domina. No es un amigo íntimo, aunque pasó a saludarme en mi cumpleaños. Cumplí una edad ominosa, pero también feliz.
-¿De dónde cree usted que viene el interés de Mujica por su disciplina?
-¿A quién no le interesa la Antropología si ha llegado del mundo del pensamiento…?
-Hay gente a la que no le interesa la Antropología.
-No me cortes. Hay gente que ha llegado al mundo del pensamiento y él es un prospector mental. El antropólogo permite interpretar culturas, permite romper el etnocentrismo, el umbilicalismo de una cultura. «Somos los mejores del mundo» he escuchado que dicen por ahí. No, no somos los mejores del mundo. El otro no es el que está equivocado: yo no entiendo sus acciones ni sus proyectos. Entonces le digo «perro infiel» si su religión es distinta. O le digo «bárbaro» si su lenguaje es distinto. O «enemigo»` si sus actitudes ante mí y ante la vida son distintas. A Mujica le interesa comprender al mundo, al hombre. Es un humanista de raza.
-¿Y hablan también de temas de actualidad, como por ejemplo de la violencia y la inseguridad, que van a ser temas de las mesas redondas que usted y su colega Anabella Loy moderan?
-Naturalmente. Es una preocupación general en el país. He tratado de analizarlo, pero no sé si una persona sola puede hacerlo. He tratado de analizar hasta qué punto los medios influyen no solamente en el temor y alarma de la población, sino también en incitar. Porque aquel que se supone que no es nadie, para tener cierta relevancia, puede pensar que para adquirir renombre es necesario que lo nombren. Aquellos hombres audaces y decididos, aquellos que tienen más rapiñas, que han matado más gente. Primus inter pares, dentro de lo que se le llamaba antes la corte de los milagros defectuosos. Es un fenómeno cultural muy interesante, de qué manera los medios están maleando, con una intensidad única a esta altura de la civilización, a la opinión pública. La gente espera determinadas cosas, domestican el espíritu del espectador que guarda para un determinado momento una ración, un plato fuerte. Porque son tan vacías las vidas, que si no hay una mala noticia, no hay noticias.
-Por otro lado ¿cómo está siendo tratada la violencia desde el punto de vista de las políticas públicas cuando un representante de esas políticas públicas, Eduardo Bonomi, dice «no les digo que se armen, pero tampoco les digo que no»?
-He hablado con tirios y troyanos sobre esto, con gente del Frente y con gente que no está en el Frente y unos censuraban eso de armarse. Esto es algo que no solamente lo dice Bonomi. Hay un estado emocional muy especial en nuestra sociedad. En el Martín Fierro hay un verso que se ha hecho carne en muchas situaciones: «Las armas son necesarias, pero naides sabe cuándo; Ansina si andás pasiando, y de noche sobre todo, debés llevarlo de modo, que al salir, salgan cortando». Si se hacen armas es para matar, no para apuntar. Si se saca un arma es para herir o para matar, a riesgo de ser herido o muerto. ¿Cómo podemos sopesar ese riesgo? ¿Está realmente en riesgo mi vida? ¿O la ofuscación en ese momento me precipita de tal manera que uso un modo desmesurado de repeler una agresión, que se puede convertir en mortal?
-¿No le parece curioso que esto se diga desde un gobierno de izquierda? ¿Usted es de izquierda?
-No lo soy. No creo ni en la izquierda ni en la derecha.
-¿En qué cree?
-En los hombres de buena o mala voluntad. ¿Es un hombre solidario o un hombre egoísta? La palabra izquierda viene de la asamblea francesa. Hoy en Uruguay hay una izquierda estalinista, por ejemplo, que está aferrada a viejos moldes, al imperialismo y otras cosas, que están tan atrasados en la historia que hay que ponerles sello. Yo creo que no se trata tanto de la izquierda sino de cómo pragmáticamente vivir a la altura de los tiempos para lograr lo que decía Artigas: la pública felicidad.
-Bien. Pero esa felicidad pública, ¿no piensa usted…?
-Me querés apretar, como lo apretaron a Bonomi.
-¿Con qué lo apretaron?
-Tú lo viste declarar. Se sintió acorralado y pienso que todo gobernante que desea hacer las cosas bien, cuando le preguntan de la manera que le preguntaron acerca de las armas… inclusive se refirió a los que tienen permisos para portar armas. Yo tengo permiso y arma. No la saco, la tengo en casa. Si a mí me apuntan con un revólver y me dicen «dame la plata o te quemo»… ¿Y si tengo poca plata y me queman igual?
-¿No piensa que si nos adentramos en ese camino, en donde ejercemos el derecho de defender nuestra vida, estamos muy cerca del reino de la justicia por mano propia?
-Entiendo perfectamente. Pero tú ves que hay gente que tira primero y roba después. Entonces la gente está alarmada y prevenida. Sé que hay una enorme cantidad de armas en manos de los uruguayos. Somos un pueblo en armas, como decía Artigas. Pero no para sacudir un yugo extranjero, sino para la propia seguridad. Y eso, en manos de quienes no saben manejarlas, es absolutamente peligroso. ¿Pero esperamos a ser asesinados pasivamente? Porque efectivamente tiran. ¿O quien puede se defiende? Me doy cuenta, en este momento, que en nuestra justicia hay una inclinación a cierta tolerancia con respecto a quien se defiende, incluso hasta exageradamente. Es muy difícil establecer una norma ideal para juzgar todos los casos en los que un comerciante hace fuego antes o después, de manera impropia o en defensa propia. Es muy difícil.
-¿Cree que estamos en una sociedad en la que no hay una aspiración a encontrar soluciones generales sino particulares, caso por caso?
-De eso se trata.
-Si no podemos partir de la base de que tiene que haber un principio general, ¿qué papel le queda a la política, donde se elaboran esas normas, que rigen para todos por igual?
-Ahí está justamente el dilema que se plantea: qué hace el gobierno, qué normas o conductas puede adoptar, de qué manera se puede legislar con cierta sutileza, para tener en cuenta casos particulares que se pueden dar y ponerle fin a esta ola de violencia que no es solamente acá. En América Latina, por ejemplo, creo que el más violento de los países en cuanto a muertos es Venezuela. Incluso en comparación con México, que tiene una población mucho mayor.
-¿Por dónde tendríamos que buscar las soluciones a estos problemas?
-No soy gobernante, soy antropólogo. Nosotros emitimos juicios de realidad, no de valor. Estamos en el diagnóstico y comprensión del problema pero no en la solución. La solución es política y ahí tienen que haber muchas voluntades dentro del Poder Ejecutivo, Legislativo y Judicial. No puedo arrogarme decir «lo que hay que hacer es esto». Tengo serias dudas de que se pueda llegar a una solución equitativa, a una solución que contemple al autor, la circunstancia en la cual obra, los disparadores psíquicos que puede haber en ese instante, la respuesta del agredido. Es muy complejo. Es un tema que ha develado a gobernantes y a pensadores de mucho más calibre que este humilde ciudadano uruguayo.
-Sí, pero usted es un pensador que le ha dedicado mucho tiempo a este tema y tiene libros escritos.
-Naturalmente. Pero he escrito sobre un tema de la violencia, la guerra, que es la suprema violencia.
-Pensando en el tema de la violencia y en algo que mencionó, las vidas vacías. ¿No le llama la atención que estos fenómenos se den en un momento de gran crecimiento y optimismo económico, y con dos períodos de gobierno en los que la sensibilidad social se institucionalizó, por ejemplo con la creación del Mides?
-Perdoname, pero no creo que un gobierno eficaz pero no perfecto pueda influir de manera definitiva en cosas que tienen una raíz mucho más profunda que estos cinco años. Y además ha incidido algo que hay que tenerlo muy en cuenta: la pasta base. Esa droga enloquece y se está consumiendo en grandes cantidades. Obnubilados por la pasta base los muchachos hacen cualquier cosa, pierden la conciencia de lo que es correcto; es decir, saben qué es incorrecto, pero la incorrección tiene límites, esos límites se traspasan.
-La droga y la violencia, ¿son problemas juveniles?
-No. Dentro de las relaciones privadas puede que un tipo -en una borrachera- mate a su esposa e hijos. La violencia doméstica siempre fue muy grande pero ahora está incentivada por muchos factores. Volviendo a los jóvenes: a pesar de mi alta marea cronológica, no miro para atrás. No me junto con mis contemporáneos para decir `te acordás hermano`. Lo que deseo hacer, lo que pienso que me mantiene vivo, es levantarme con un proyecto realizable. Miro mucho a los muchachos y no los censuro. Los interrogo y trato de entenderlos. Nosotros no éramos mejores a los 18 años. Éramos distintos y entre aquella juventud mía y ésta pasaron varias oleadas de juventud.
Las patrias
Viajes y exilio
A lo largo de su extensa trayectoria intelectual Vidart ha escrito mucho. Fue reconocido varias veces por sus letras, como en 1996, cuando obtuvo el Bartolomé Hidalgo. O en 2000, cuando lo premiaron con un Morosoli de Oro.
Aunque tiene más de un libro de poesía, el grueso de su obra son ensayos sobre las preguntas y los problemas más variados de la condición humana: la cultura, las adicciones, las costumbres y tradiciones, y sobre lo que separa y une a la especie. «Y mucho sobre este país, sobre el Uruguay», agrega. Pero, como dice en una parte de la entrevista, no es un incondicional de su patria. Aunque sea, como dice, chozno (nieto en cuarta generación) de Artigas. En una de sus varias bibliotecas hay una bandera de Colombia, donde estuvo exiliado durante 12 años. «No es mi segunda patria. Es mi otra patria. Tanto así que soy ciudadano y he ido a votar», dice sobre Colombia.
De su vida allá, recuerda entre otras cosas que había quienes «lloraban al Uruguay». «Yo también lo quiero mucho a Uruguay. Amo los pagos. Pero prefiero tomar una copita de buen ron con un colombiano en la costa de ese país, que con un uruguayo. Además, en ese momento, soy un hermano de ese colombiano. Me recibieron con mucho cariño. Pero también he estado en otros países y me he sentido igual. Cuando estuve en Chile, fui chileno. Y en Venezuela fui venezolano».
Para Vidart, esos recorridos y sentidos de pertenencia -«Ubi bene ibi patria, decían los romanos, algo así como que donde uno tiene sus pertenencias espirituales y afectos, tiene la patria», agrega- son todas partes que completan un mismo ideario: el artiguista. «Ese sueño en mí no ha cesado. Un Uruguay subsumido en un área cultural, económica, demográfica, que Artigas veía como parte de unas provincias unidas. Siempre me he sentido ciudadano de América».