No hay un ritmo parejo en la filmografía de Steven Spielberg. Nada de eso de «una por año». Cuando están listas, aparecen las películas. Así tuvo, en este siglo, una en 2001, dos en 2002, ninguna en 2003, una en 2004, dos en 2005, ninguna en 2006 y 2007, una en 2008, nada en 2009 y 2010, dos en 2011. Esas dos de 2011 fueron estrenadas en Estados Unidos con cuatro días de diferencia. Y no se trata de «pequeñas películas» sino de proyectos de mucho volumen, de espesores particulares: Las aventuras de Tintín (estrenada en la Argentina el 5 de enero) y Caballo de guerra (se estrenará el próximo jueves).En ninguna de las dos hay un reparto multiestelar. Sí, en Tintín está Daniel Craig, pero como un personaje animado (bah, con captura de movimientos y mucha computadora encima). No es star power lo que ofrece Spielberg en este programa doble, sino películas arriesgadas. En Tintín hay una apuesta extrema (a la que le sobra el 3D): hacer cine-historieta con alma de serial, explicitando que ésta no es «la» aventura de Tintín, sino una entre otras. Esa modesta actitud de «ésta no es una película gigante» resulta extraña en el cine mainstream actual, pero es cierto que hace rato Spielberg no hace ya «cine-acontecimiento multitarget » (se lo produjo, eso sí, a Michael Bay, con Transformers ; también produjo Super 8 , Temple de acero y Cowboys & Aliens , entre muchas otras).Spielberg, en los años 70 y 80, fue uno de los creadores del cine-acontecimiento, cuya mutación en parte disfrutamos y en parte sufrimos hoy, pero como director del siglo XXI es un renovador, aunque pertrechado con la historia del cine. En realidad siempre lo fue, como dijo Pauline Kael: «Hay partes de Tiburón que sugieren lo que podría haber hecho Eisenstein si no se hubiera intelectualizado demasiado, si se hubiera rendido al niño burgués que había en él». Pero hoy las búsquedas alejadas de lo previsible son aún más notorias en Spielberg: ni temas de moda ni estrellas, y un par de películas extrañas para volver después del fiasco de la cuarta Indiana Jones (por ir a lo seguro después del riesgo de Munich ).Caballo de guerra ( War Horse ) es aún más anómala que Tintín : es una de las películas más inasibles de Spielberg. Y más inestables, incluso con momentos de aparente deriva narrativa. Comienza en Inglaterra, en Devonshire, donde, después de varias peripecias, un caballo es vendido a los militares que se dirigen al frente, al comienzo de la Primera Guerra Mundial. Ese animal se llama Joey y es el caballo de una familia de granjeros, en particular del hijo adolescente. En una secuencia de batalla digna del Alejandro Nevsky de Eisenstein, Joey vivirá la guerra, y la película abandonará por un largo rato a los que eran los «protagonistas humanos» iniciales. La narración seguirá al caballo, pero no siempre. A veces, el muy fotogénico animal es dejado de lado para que la atención recaiga en quienes viven la guerra (los soldados alemanes, un abuelo francés con su nieta). Sí, el caballo está siempre cerca, pero por momentos, sobre todo en el segundo tercio de película, es una especie de testigo móvil del campo de batalla. Es un caballo extraviado.Claro: cuando en el tramo final Joey y su «dueño» retomen el protagonismo y la guerra ya esté en sus postrimerías, Caballo de guerra alcanzará su máxima intensidad. Joey corriendo por las trincheras de una guerra que parecía interminable es, por brío, por movimiento, por claridad, una de las grandes secuencias de la carrera de Spielberg, que tiene una filmografía pródiga en ellas. Desde ese momento, en una película que por momentos parecía extrañamente laxa, todo converge, todo tiene sentido: el que guiaba era Spielberg, que acá hace el cine que quiere (querer por voluntad, querer por afecto). Lo que veíamos como errático era, en realidad, la libertad del director, la confianza que se tiene para distraernos y luego convocarnos en el momento justo.Caballo de guerra termina, por la luz, por el paisaje, por el tamaño de los planos, por los personajes, citando clara y hasta desmesuradamente a John Ford, de forma mucho más explícita que La guerra de los mundos , donde Ray Ferrier (Tom Cruise) era una especie de Ethan Edwards (el personaje de John Wayne en Más corazón que odio ). El final de Caballo de guerra homenajea al más grande narrador cinematográfico del mito y la historia estadounidenses, en una película que transcurre por completo en Europa. Spielberg moldea las imágenes a su gusto, juega con el plano: ésa es su lengua materna. Kael citaba -sin nombrarlo- a un viejo director que en la década del 70 decía que Spielberg «nunca debe de haber visto una obra de teatro, porque es el primero de nosotros que no piensa en términos de proscenio. Con él, no hay otra cosa que no sea la lente de la cámara». A pesar de que la novela de Michael Morpurgo que dio origen a la película también fue adaptada con mucho éxito al teatro, cuando uno ve Caballo de guerra según Spielberg ve cine, ve Eisenstein, y ve nada menos que John Ford. Spielberg, como siempre, se nutre del pasado del cine, y su carrera sigue cargada de futuro..
Spielberg en libertad (Sobre su nueva película Caballos de guerra)
16/Feb/2012
ADN, La Nación