Expresiones del Diputado Javier García en Comisión Permanente- 27 de enero- Día de Recordación de la Shoá

30/Ene/2012

Diputado Javier García (Comisión Permanente, 27 de enero 2012)

Expresiones del Diputado Javier García en Comisión Permanente- 27 de enero- Día de Recordación de la Shoá

27-1-2012
SEÑOR PRESIDENTE.- Tiene la palabra el señor Legislador García.
SEÑOR GARCÍA.- Señor Presidente: luego de los conceptos que se vertieron es difícil agregar algo más, pero me atreveré a incluir, brevemente, alguna información complementaria.
Quiero empezar destacando que me parece muy bien que haya una fecha particular en la que recordemos esta tragedia de la humanidad que es el Holocausto, que avergüenza a los hombres y mujeres de bien. En general se recuerda este tipo de episodios que, como bien señalaba nuestro colega, correligionario y amigo, el señor Diputado Cardoso, se han reiterado a lo largo de la historia de la humanidad, pero en el caso del Holocausto, habitualmente eso se licúa en el marco de una condena general a todos los agravios que se han hecho al ser humano. A mí me parece que las tragedias de este tipo deben condenarse en general y también en particular. No hay que licuar las condenas en un marco de generalidad que evite que se vea lo que cada una de ellas implicó.
Por eso me parece de enorme relieve que la Comisión Permanente del Poder Legislativo se detenga hoy a recordar el Holocausto del pueblo judío, sobre todo, porque si bien esto aconteció en la mitad del siglo XX, el antisemitismo no ha terminado, no ha muerto; se ha transformado y perdura hasta el día de hoy. Los ejemplos son muchos. Basta ver lo que apareció la semana pasada en un diario argentino de circulación nacional, que publicó una caricatura que toma en forma risueña, graciosa ‑es terrible hablar en estos términos‑ la tragedia inmensa del Holocausto; se ríe de la tragedia del Holocausto. Y esto no pasó hace un año; ocurrió la semana pasada. Esto apareció en el diario «Página/12», de circulación en Argentina. Cualquier ser humano de bien se rebelaría de forma ilimitada ante esta blasfemia que se hace a cuenta de pedir disculpas después, casi en sordina.
También lo vimos cerca, hace no muchos años. Vivimos la tragedia del antisemitismo y del terrorismo aquí, cruzando el charco, en los atentados contra la Embajada de Israel y la AMIA. Fue aquí cerca, a media hora de donde estamos.
Estas no son cosas que uno deba recordar porque solo con eso no sucederán más; también hay que hacerlo hasta por el sentimiento egoísta de evitar que nos suceda a cada uno de nosotros, aunque no fuera esa la justificación, ¡y vaya que no debiera serlo!
Estas son cosas que no solo hay que decir que desgraciadamente sucedieron: todos los días hay que trabajar mucho para que no ocurran hoy ni mañana. Por eso, no se trata solo de recordar, sino también de condenar, como lo estamos haciendo en esta mañana, en este rato. Hay que condenar el Holocausto que sufrió el pueblo judío; hay que condenar y repudiar ese hecho y condenar y repudiar a quienes lo niegan, porque negar el Holocausto es ser cómplice del Holocausto. No se puede dejar de condenar a quienes niegan esto por una eventual relación diplomática o comercial que tengan.
Como bien sostiene esa brillante intelectual, periodista y política de izquierda catalana, Pilar Rahola, no se puede dejar de condenar esta tragedia por un plato de lentejas. Es muy duro y gráfico el ejemplo que usa Rahola; nos conmueve ese razonamiento. Se trata, entonces, de condenar el episodio y también a quienes lo niegan, como la República Islámica de Irán y los que están en una especie de asociación ideológica, sentados en los beneficios que dan las riquezas de la naturaleza.
Hace muy poco tiempo estuve nuevamente en el Memorial del Holocausto del Pueblo Judío, Yad Vashem. Yo lo conocí hace 15 años y ahora lo vi muy transformado; estuve allí hace tres meses. Siempre me impactó mucho. En esa ocasión fui con la Diputada Laurnaga, colega y Presidenta de la Comisión de Asuntos Internacionales de la Cámara de Diputados. Dio la casualidad de que en esa ocasión ofició de guía un compatriota a cuya familia conozco; seguramente su hermano esté por aquí. Me refiero a Kierszenbaum, el hermano de Pepe, hijo de un excelente médico uruguayo a quien perdimos hace un tiempo. Yo no lo conocía, pero cuando se presentó, por su tono de voz me di cuenta de que seguramente había nacido en este barrio del mundo. Después de que nos presentamos iniciamos una charla.
En esta nueva visita al Yad Vashem vi una modificación arquitectónica del Memorial que me sorprendió muchísimo. No era el que había conocido, que impactaba desde el momento mismo en que uno entraba por aquel camino de árboles, por ese monte que va acercándonos a algo que recuerda un suceso muy trágico. Esta última reforma, que data de no hace mucho tiempo, combina gráfica y arquitectónicamente dos sentimientos. Kierszenbaum nos llevó a una galería y nos paramos en la mitad. Si uno miraba hacia uno de los extremos veía lo que era la imagen del dolor, en aquellas salas que tiene el Memorial, que recuerdan la tragedia y las historias personales momento a momento. Pero si uno miraba hacia el otro extremo de la galería veía un hermoso monte, de los que hay en los campos cercanos a Jerusalén. Era la combinación exacta del dolor y la esperanza. Todas estas tragedias siembran el dolor y destruyen, pero hay algo que nunca han podido matar: la esperanza.
Termino recogiendo algo que citaba Wilson Ferreira, con quien creo que todos los compañeros del Partido Nacional que estamos aquí nos formamos. Una vez que Wilson volvió de Israel ‑por allí está Juan Raúl‑, mencionó en una conferencia en la B’nai B’rith que si le preguntaran con qué objeto de la naturaleza identificaría al pueblo de Israel no dudaría en decir que lo simbolizaría con un árbol. Eso es algo que todos los que conocemos Israel rápidamente comprendemos, porque es verdad, se podría representar con un árbol. Como bien decía Wilson, es el ejemplo de algo que nace en plena adversidad ‑Israel está hecho encima del desierto‑, prácticamente sin nada que lo ayude a vivir. Al respecto, bien decía el Presidente cuando estuvimos con él, hace un par de meses, que a cada raíz de árbol debe darle una gota para que beba, pero sin permitir que se emborrache. Ese es el árbol que identifica claramente al pueblo de Israel y su historia.
Es un pueblo hecho en la adversidad, con raíces que logran afirmarse en la tierra con sus valores y, al mismo tiempo, proyectarse en el verde, que es el color de la esperanza; como bien decía el señor Legislador Moreira, esto es lo que ha permitido, a pesar de la desgracia, que anide en este pueblo la esperanza. Hoy estamos conmemorando uno de los hechos más trágicos ‑si no el más trágico‑ de la historia de la humanidad, el que más nos avergüenza, y esta conmemoración es también una invitación a la esperanza.
Muchas gracias.
(Aplausos en la Sala y en la barra)