17-1-2012
POR PABLO ARAGÓN ESPECIAL PARA EL OBSERVADOR
Mientras el mundo daba la bienvenida a 2012, el conflicto que enfrenta ojo a ojo a Estados Unidos y la Unión Europea con Irán ha dado un paso al frente, tornándose en una sorda guerra de las sombras que, infelizmente, podría salir pronto a la luz del día.
El centro del problema, claro, sigue siendo el programa de enriquecimiento de uranio en el que Irán está embarcado y que EEUU (y, naturalmente, Israel) considera un serio riesgo a la estabilidad del Oriente Próximo , así como al abastecimiento petrolífero de las principales economías occidentales.
Las cosas llegaron a un punto cúlmine a fines de 2011, cuando la Agencia Internacional de Energía Atómica (IAEA) dio a conocer un informe que asevera que Teherán ha comenzado ya un proceso de enriquecimiento de uranio al 20% en su planta subterránea de Fordo: nada que sorprendiera a nadie, desde que Irán hace tiempo ha hecho públicos sus planes de enriquecimiento, supuestamente basados en un uso pacífico de la tecnología nuclear, pero una etapa, al fin, de un proceso que podría poner al régimen iraní en los umbrales de un programa de desarrollo de armas nucleares. El mundo hace ya tiempo que perdió el tren de una solución pacífica al diferendo conceptual en el que Washington y Teherán se encuentran enfrascados: tanto Rusia, como Turquía y Brasil, habían presentado la alternativa de que Irán entregara uranio a terceras potencias, a fin de que el mismo fuera enriquecido y reexportado al mismo país, de forma de ser posteriormente aplicado a un uso pacífico, pero el cambio de administración en EEUU, el sorpresivo alineamiento de Moscú y Pekín detrás de un programa de sanciones aprobadas por el Consejo de Seguridad de la ONU, y la presión del gobierno extremista israelí hicieron que aquella solución se perdiera, y Teherán continuara con su programa de desarrollo nuclear.
La enemistad y desconfianza entre Irán y EEUU ha podido, pues, más que las tempranas iniciativas de la administración Obama en el sentido de tender una mano al adversario o, al menos, involucrarlo en negociaciones diplomáticas. El 31 de diciembre pasado esta confrontación llegó al punto alto de que se aprobara, con masivo respaldo parlamentario, en Washington, un nuevo paquete de sanciones contra toda empresa que sostenga relaciones con el banco central iraní, la agencia de pago de casi todas las transacciones comerciales del país con el exterior. No en vano, el precio del rial, la moneda iraní, cayó de inmediato, en la misma proporción en que trepara el precio del barril de petróleo.
La medida indudablemente pone a terceros países, consumidores de crudo iraní, como Japón, China u otros de Lejano Oriente, en una situación de gran incomodidad, manifestada en el desarreglo de las reacciones de sus gobiernos: en tanto Japón anunció que disminuirían sus exportaciones de Irán, de inmediato debió matizar el concepto, asegurando, por boca de su canciller, que el tema «seguía a estudio».
La conclusión: establecer este paquete de sanciones no será tan fácil como lo creen los legisladores estadounidenses… pero ha comenzado a dañar a la economía iraní, motivando un reacomodo de, por ejemplo, Rusia, cuyo gobierno correctamente interpreta el torniquete como una intervención directa en asuntos internos iraníes, si no como un intento por derribar al gobierno allí establecido.
La confirmación de que el cerco duele llegó, de todos modos, de boca de los militares iraníes, quienes, sobre fines del año, aseguraron que para ellos cerrar el estrecho de Ormuz (por donde circula un quinto del crudo mundial, a razón de 17 millones de barriles diarios) sería tan sencillo «como beber agua», advertencia que llegó seguida de una admonición a los portaaviones estadounidenses que forman parte de la quinta flota de ese país, estacionada en Bahréin, a fin de que se mantengan alejados del golfo pérsico, so pena de despertar represalias armadas iraníes.
No se trata, a diferencia de 1980, de una amenaza baladí. Si bien la superioridad militar de la flota de guerra de EEUU es indisputable, la versatilidad de la parafernalia misilística móvil iraní es suficiente para temer que, enfrentados en el terreno de las armas, ambos países precipitaran la región y el mundo en un conflicto largo, costoso y lleno de imprevisibles contingencias.
La guerra está, pues, planteada. Tanto EEUU como Israel han decidido, en esta etapa, recurrir a todo tipo de medida a fin de impedir el acceso iraní a tecnología nuclear de primera línea. La semana pasada, un atentado puso fin a la vida de Mostafá Ahmadi-Roshan, un científico nuclear iraní de 32 años que trabajaba en la planta de enriquecimiento de uranio de Natanz. El régimen iraní ha quedado previsiblemente conmocionado y enfurecido con el atentado, el que atribuye a una tarea de inteligencia de EEUU e Israel, en la línea de otros atentados anteriores, así como ataques cibernéticos a los programas de información gubernamentales iraníes. Washington, naturalmente, ha negado tener nada que ver con el atentado, en tanto Israel ha guardado silencio. De todos modos, en este último caso, da lo mismo lo que se diga, ya que la discusión pública en torno a si es o no conveniente lanzar un ataque de destrucción de las plantas nucleares iraníes es algo que ocurre a la luz del día, y tiene lugar con independencia de las opiniones de la IAEA y sus inspecciones sobre el terreno, como la prevista a fines del corriente mes.
El sitio al que Irán se ve sometido quedó patéticamente al descubierto cuando su presidente Mahmoud Ahmadineyad se embarcara en un periplo diplomático por América Latina, parando en todas las republiquetas bananeras regenteadas por el círculo de compinches del dictadorzuelo venezolano Hugo Chávez. Tan lejos de su región y de sus intereses como se puede pedir, el iraní se zambulló en la frondosa sesión de besos, abrazos, tratados, papelitos y papeluchos que pasa por diplomacia en América Latina, jurando todo tipo de amor eterno, integración, complementación y animación hasta que llegue el juicio final. Terminada la gira, empero, ha vuelto ahora a Teherán, en donde todos sus animados escarceos con Pepe Carioca y sus amigos le servirán de poco, por no decir de nada.
Las maracas de Ahmadineyad
17/Ene/2012
El Observador, Pablo Aragón