16-1-2012
HEBERT GATTO
Pese a lo que aparenta el presidente iraní Mahmud Ahmadinejad, no recorre nuestro continente promoviendo genéricamente las buenas relaciones entre las naciones. Visita a países sudamericanos: Nicaragua, Cuba, Venezuela y Ecuador, ligados al suyo por una especial relación de amistad. De allí que su viaje -una gira antiimperialista de reafirmación ideológica- merezca una doble mirada, no solo sobre quien viene sino también sobre quienes lo reciben.
Cualquiera que lea la Constitución de la República Islámica de Irán, no dudará que se enfrenta a una teocracia pura y dura. La Carta se abre con una avocación al Supremo «En el nombre de Dios, El Clemente, El Misericordioso» para luego, en su principio segundo (sic), establecer sus fundamentos: «La República Islámica es un sistema establecido sobre la base de la fe en los siguientes puntos:
1) En el Dios único (No hay deidades, sino Dios) y en la especificidad de la soberanía y del poder de legislar y en la necesidad de someterse totalmente a Él.
2) En la revelación divina y en su papel fundamental en la explicación de las leyes.
3) En la resurrección, el papel constructivo que ésta desempeña en la trayectoria evolutiva del hombre para llegar a Dios.
4) En la justicia de Dios proyectada en la creación y en la legislación divina.
5) En el imanato y en el liderazgo permanente y en su papel fundamental en la continuidad de la revolución del Islam.
6) En el respeto y en los valores supremos del hombre y en su libertad ligada con su responsabilidad ante Dios.»
El texto culmina ciento setenta y seis principios más abajo, estableciendo que todas las leyes y decretos sobre la base del Islam, son inmutables. A su vez, según el principio noventa y cuatro las leyes deberán ser aprobadas por el Consejo de Guardianes, dominado por alfaquíes (religiosos) designados por el Líder (una suerte de jefe de Estado con mandato durante «la ausencia del Imán de los Tiempos -que Dios aclare su aparición»), competente para vetarlas si no las considera congruentes con la normativa religiosa.
Es obvio que semejante constitución, en una nación cuya soberanía recae en Dios (principio 56), está lejos de la democracia. Ello sin siquiera considerar la falta de libertades religiosas, la discriminación a las mujeres, a los extranjeros o las restricciones a los derechos humanos. Obvio es que un partido político no islámico o laico, se encuentra prohibido por la Carta, lo mismo que lo está cualquier movimiento social o cultural contrario al régimen instaurado. Todo lo cual se refleja en su agresiva política exterior y en su descabellado nacionalismo religioso, que hace de su Dios un aliado político. Al igual que en un derecho penal arcaico, que admite los azotes, la lapidación, las amputaciones y la pena de muerte al por mayor.
Quienes en nuestro continente reciben alborozados al presidente de este régimen clamando a viva voz su hermandad, su identidad de principios y su coincidencia en la lucha antiimperialista, muestran exactamente quienes son. No por que esté mal luchar contra la arbitrariedad y la falta de principios de las grandes naciones, cada vez más convencidas de su rol como la policía del mundo. Sino porque la batalla por la decencia internacional debe darse con medios limpios, reivindicando a la democracia y sin valerse de cualquier aliado.
Su viaje merece una doble mirada: no solo por quien viene, sino por quienes lo reciben.
La gira iraní por América Latina
16/Ene/2012
El País, Hebert Gatto