Negritudes y grandezas olvidadas

28/Dic/2011

UyPress, Daniel Vidart

Negritudes y grandezas olvidadas

Daniel Vidart
20.12.2011 Las humanidades africanas anteriores al rigor desalmado de la esclavitud, alumbraron, evo tras evo, sucesivas elites de gentes sabias, hábiles, inteligentes e intuitivas, que construyeron, con la ayuda de los griots, los hechiceros, los adivinos, los herrero, y los dioses que hablaban por la boca de los hombres (y no los fetiches, objetos de culto así motejados por el desdén europeo de Charles de Brosses), las grandes cosmogonías que, como en el caso de los Dogón, resultan tanto o más brillantes que las aportaciones de los pensadores presocráticos griegos.
Por añadidura esos pueblos fueron inventores de antiguas industrias del hierro, admirables escultores del bronce, talladores de estatuas de madera y marfil, fabricantes de máscaras que hoy se disputan los museos de todo el orbe, y, al cabo, creadores de valores estéticos que al ser redescubiertos en el naciente siglo XX, fecundaron la imaginación de las vanguardias artísticas de Occidente.
Hubo, además, centros y ejes civilizatorios como los propuestos por Frobenius, Baumann y Herscovits en textos memorables que será necesario poner al día pues los modelos de área cultural y Kulturkreise han caducado. Es preciso, pues, recurrir a las nuevas miradas y nuevas investigaciones para situar en el tiempo y en el espacio los desarrollos locales y las interacciones regionales de las sociedades tribales en el África negra.
Esas tribus, pueblos y Estados, heridos en su entraña institucional y moral por la cacería de piezas humanas desencadenada por los europeos y, mucho antes, los árabes, desmoronados desde la base misma de sus imperios tropicales y sus dispositivos urbanos Tombuctú, la gigantesca metrópoli de Mali, bullente de universidades en su época de florecimiento (siglo XIV), fue más poblada, más rica y más ilustrada que muchas ciudades europeas de ese tiempo , habían fundado civilizaciones que resultaron sorprendentes para los que apostaban al subdesarrollo del negro idiotizado por el sol a plomo o por la humedad de las selvas.
Los arqueólogos actuales, en efecto, han puesto de manifiesto el brillo extraordinario de las grandes culturas que tuvieron sus epicentros en Zimbabwe, Ghana, Benín o Mali. Las concepciones filosóficas y realizaciones artísticas alli originadas, portadoras de un ímpetu creador ignorado por los colonizadores cristianos y los negreros islámicos, hoy admiran y conmueven a quienes las exhuman del gran mortuorio instalado en el ámbito melanoafricano a partir de la trata de esclavos.
Pero con la evocación de una antepasada grandeza, rescatada y racionalizada por un ejercicio académico que deberá ser emprendido cuanto antes por nuestros jóvenes investigadores necesitamos a gritos una generación de africanistas , no basta todavía. Hay que ir más a lo hondo, hasta el corazón mismo de los prejuicios etnocéntricos. De tal modo, previamente a toda pesquisa histórica acerca del destino económico y social de los esclavos africanos en América, a quienes, crónica casera de por medio, se les sazona con los aliños locales el anecdotario del Barrio Palermo, la lírica y la épica populares del ya demolido conventillo del Medio Mundo, el repique de las llamadas que atruenan el Sur montevideano , debemos demoler los muros de mentiras, deformaciones y equívocos milenarios que ocultan la cabal condición humana de estos aporreados, estafados y denigrados prójimos.
En efecto, de los negros que en estas tierras de forzada residencia hemos condenado a vivir en un submundo marginal, y por ende miserable favelas, cantegriles, bidonvilles, tugurios nos diferencia solamente el color de la piel y unos pocos rasgos corporales más. Y digo así porque los antropólogos, psicólogos y educadores han demostrado que en igualdad de condiciones sociales y económicas los descendientes de africanos que pueblan las Américas Negras (el término fue echado a andar por Roger Bastide) son criaturas semejantes a nosotros, los autoproclamados limpios de sangre y distinguidos por una piel leucoderma, esto es blanca.
La maldición bíblica: un mito desfigurado
Vamos a comenzar por el principio, como lo pide la lógica de las cosas, dado que lógica deriva de legein, arcaica voz griega que significa colocar, ordenadamente, una piedrecita detrás de otra. Los orgullosos racistas que, Biblia en mano, consideran a los negros como seres abyectos y serviles a partir del Génesis, recurren a una interpretación caprichosa, basándose en la maldición de Noé a la descendencia de su hijo Cam, atrevido e impío.
Según el Antiguo Testamento ( en realidad se trata, si se traduce correctamente el hebreo, de la Antigua Alianza), luego del Diluvio Yahvé bendijo a Noé y a sus hijos al par que agregaba las siguientes palabras, consideradas por los ambientalistas como una chingada ecológica del Creador: Sed fecundos, multiplicaos y llenad la Tierra. Infundiréis temor y miedo a todos los animales de la Tierra, y a todas las aves del Cielo, y a todo lo que repta por el suelo, y a todos los peces del Mar; ellos quedan a vuestra disposición. Todo lo que se mueve y tiene vida os servirá de alimento; todo os lo doy, lo mismo que os di la hierba verde.
Hasta aquí he utilizado la traducción que figura en la Biblia de Jerusalem pero en la parte que sigue recurro a la notable versión de André Chouraqui: Noah, el labriego, inicia su labor y planta un viñedo/; bebe el vino y se embriaga./ Se exhibe (desnudo) en la tienda. /Ham (Cam), el padre de Kena ane (Canaan), contempla el sexo de su padre./ Informa de esto a sus hermanos que estaban afuera. / Shem (Sem) y Yapheth (Yafet) toman la túnica, la colocan sobre sus /espaldas, y, reculando, recubren /el sexo de su padre. / Van con las caras vueltas para no ver el pene de su padre. /Noah se despierta de su borrachera. /Sabe lo que le ha hecho su hijo menor. /El dice: / `Kena ane está maldito, /esclavo de esclavos será para sus hermanos.
Noé no maldice a Cam sino a su hijo Canaan, puesto que no puede contradecir a Dios. En efecto éste había bendecido previamente a Cam, junto con sus hermanos. De tal modo los hebreos, interpretando las palabras de Noé al pie de la letra, impusieron a los cananeos idólatras, sus enemigos tradicionales, el castigo terrenal congruente con la terrible condena divina: ser siervo e hijos de siervos por los siglos de los siglos.
Pero luego, con el paso del tiempo y de los intereses humanos, el sentido de la maldición, amañado por los racistas, se hace más amplio. Como Cam significa en hebreo el quemado, el de la piel oscura, y sus hijos además de Canaan, son Mizraim, el progenitor de los egipcios, Kush, el ancestro de los etíopes, y Put, el antepasado de los somalíes que habitan las comarcas bañadas por las aguas meridionales del Mar Rojo (Sinus Arabicus), todos se harán pasibles de la maldición expresa y exclusivamente recaída sobre Canaan quien, por otra parte, tenía la piel blanca.
Desde la Ilustración al racismo contemporáneo
Aquella vieja maldición fue invocada, y tergiversada, por los ávidos esclavistas europeos. En efecto, antes de someter a los indios del Nuevo Mundo, los portugueses y españoles cautivaban a los moros (berberiscos) y a los negros y los ponían a trabajar, inmisericordiosamente, en sus respectivos reinos. Como eran objetos , piezas , reses , no existía el menor interés por mejorar su suerte o conocer su íntima naturaleza: la carencia de humanidad los dejaba al margen de la curiosidad etnográfica o la piedad por el semejante. La antigüedad clásica, en cambio, si bien conoció y practicó intensamente la esclavitud, institución aprobada y defendida por Aristóteles, supo describir correctamente los caracteres distintivos de los hombres negros.
Estos, en general, presentan diez rasgos propios, según lo expresara Galeno, un célebre médico griego (131-210): cabellos con motas, barba inexistente o rala, narices chatas con anchas ventanas, labios espesos y evertidos, dientes blancos y poderosos, piel maloliente a causa del sudor, tez muy oscura, dedos gordos del pie separados, pene muy largo y propensión a una ruidosa hilaridad . El último rasgo no es natural sino cultural. En el Río de la Plata un conocido dicho reza cortito como risa de negro, y de ahí se puede convenir que existen variantes regionales y temporales en el modo de manifestar las emociones.
Cuando el rentable negocio de la esclavitud llenó las arcas de los países europeos dedicados a ese infame comercio, los intelectuales se encargaron de absolver los pecados de los traficantes. Esto ocurrió en pleno siglo XVIII y nada menos que en la sedicente Época de las Luces, cuando reinaba la Diosa Razón en los salones de los filósofos y literatos e inundaba las tertulias cortesanas. No obstante nada puede haber tan irracional como los conceptos de un famoso politólogo francés y un no menos notable naturalista sueco de ese tiempo, cuando la burguesía emergente se aprestaba a derrocar los privilegios de la aristocracia y la realeza.
Montesquieu, el politólogo, autor de El Espíritu de las Leyes (1748), expresa en el capítulo V del Libro XV de dicha obra, tan poco leída en nuestros días: Si yo tuviera que defender el derecho que nosotros tenemos para someter a los negros a la esclavitud diría lo siguiente: Habiendo exterminado los pueblos de Europa a los de América hicieron esclavos a los del África para cultivar la inmensidad de aquellas tierras. El azúcar sería demasiado caro si no trabajaran los esclavos en su producción. Dichos esclavos son negros desde los pies hasta la cabeza y tienen la nariz tan aplastada que es casi imposible tenerles lástima. No es posible hacerse a la idea de que Dios, quien es un ser muy sabio, haya puesto un alma, y sobre todo un alma buena, en un cuerpo enteramente negro… Es imposible que nosotros supongamos que estas gentes sean humanas, porque si tal cosa supusiéramos, empezaría a creerse que nosotros no somos cristianos. Hay espíritus pequeños que exageran demasiado la injusticia que se les hace a los africanos… . Así como dejé por el camino otros epítetos y opiniones infamantes de este preclaro pensador dieciochesco, quien recomienda que no haya piedad para los negros, dejo de lado el comentario de una sarta de barbaridades y sandeces que recubrían, como la chala a la mazorca, el fruto perverso de los intereses creados.
Pero el francés Montesquieu no está solo en la degradación académica de la gente africana. Linneo, el naturalista sueco, autor del Sistema de la Naturaleza, clasifica a las razas humanas en cuatro grupos al par que describe, como si fueran parte de los taxones, sus defectos y virtudes (según la chismografía y no la ciencia, claro está). En la décima edición de su famoso libro (1758) ofrece la clasificación y calificación de cada una de tales razas , mezclando de modo que sería divertido si no hubiera resultado trágico, merced al ejercicio histórico de los distintos colonialismos europeos los rasgos físicos o heredados con los culturales o aprendidos, que Linneo consideraba también innatos.
El prejuicio, la ideología y el europocentrismo, surgen con transparencia de la tetrapartición racial propuesta por aquel alabado sabio sueco quien, al cabo, no hizo otra cosa que afiliarse al dogma de la limpieza de sangre impuesta en el siglo XV por Isabel la Católica y en el siglo XX por los nazis.
Estos son los cuatro grupos raciales y sus características según la taxonomia del Linneo, quien, europeo al fin, proclama la principalía mundial de su raza:
Homo europaeus albus. Blanco, sanguíneo, ardiente; pelo rubio abundante; ligero, fino, ingenioso; lleva ropas ceñidas; se rige por leyes.
Homo asiaticus luridus. Cetrino, melancólico, grave; pelo oscuro; ojos rojizos; severo, fastuoso, avaro; se viste con ropas amplias; se rige por la opinión. Homo americanus rufus. Rojizo, bilioso, recto; pelo negro, liso y grueso; ventanas de la nariz dilatadas; cara pecosa; mentón casi imberbe; obstinado, alegre; vaga en libertad; se pinta con líneas curvas rojas; se rige por costumbres.
Homo afer niger. Negro, indolente, de costumbres disolutas; pelo negro, crespo; piel aceitosa; nariz simiesca; labios gruesos; vagabundo, perezoso, negligente; se rige por lo arbitrario.
De lo fielmente transcripto se desprende que los europeos, representantes del sector mejor dotado de la humanidad, debían regir, gracias a los buenos oficios de la pólvora y la Academia de Ciencias, los destinos de todos los demás hombres del planeta. Los africanos estaban aguardando, pues, el redentor dominio de los inteligentes y virtuosos protagonistas de la Revolución Industrial.
Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta.