17-8-2011
Editorial Hebert Gatto
Creo necesario volver sobre el incidente protagonizado por el embajador de Irán en Uruguay, Hojjatollah Soltani al cuestionar la magnitud del Holocausto judío. Un hecho aparentemente menor, pero revelador de la reiterada actitud de su país. También me sorprendió la liviandad de otra parte de sus afirmaciones. Bien estuvo Uruguay al rechazarlas oficialmente. Lamentablemente el Partido de gobierno no adoptó la misma actitud e indiferente a la ofensa directa a un sector de nuestros compatriotas, nuevamente calló y otorgó.
Es bueno precisar, para dar marco a sus declaraciones, que el embajador no negó frontalmente la Shoa. Quien niega, afirma y asume; suya es la prueba, la carga de citar a los «historiadores europeos» que invoca y de demostrar la inexistencia que argumenta. Soltani la puso en duda, la minimizó y la relativizó. Elusivo y ambiguo, jugó al ironista en un tema que no acepta ironías. Sostuvo incluso que su país estudiará el Holocausto, demasiado tarde se acordó, medio siglo más tarde que cuando debió hacerlo. En temas como estos la ignorancia es solo vergüenza y prejuicio.
No es este el lugar para desarrollar el tema del genocidio judío, que cuenta con un inmenso acervo: miles de libros, películas, documentos escritos y grabados. Digamos solamente, que antes de judíos y gitanos, no existieron otros pueblos que hayan corrido riesgo de extinción por su carácter de tales. El precedente, donde fueron asesinados alrededor de un millón y medio de armenios se limitó a los que vivían en el Imperio Turco y se fundamentó en el imaginado peligro de secesión territorial. Lo mismo sucedió en los genocidios posteriores. Ello no los justifica, los diferencia.
El mito de la raza, un invento persistente de nula calidad científica, llevó a la muerte a más de cinco millones de judíos y entre doscientos mil y quinientos mil gitanos. La razón alegada, escrita en la lengua de Goethe y Heine, e institucionalmente sostenida por varios ministerios y reparticiones burocráticas nazis, fue que judíos y gitanos constituían bacilos patógenos, dispuestos a destruir la pureza e independencia de la raza aria.
Según documenta Raúl Hilberg, en su obra clásica, «La destrucción de los judíos europeos», Akal, Madrid, 2005, publicado por Yale University, desconocemos si traducido al persa, las muertes se discriminaron así: Por guetos y privaciones, más de 800.000 fallecidos; Ametrallamientos a cielo abierto, 1.400.000; Campos de exterminio y otros 2.900.000; total general 5.100.000 de seres humanos. Restan gitanos, prisioneros, comunistas, homosexuales, disidentes y otros. Tampoco están contabilizados los combatientes presos de origen judío.
En el afán de introducir al Sr. Soltani en temas para él desconocidos, transcribimos una cita, corresponde a Rudolf Höss, Comandante de Auschwitz, que ilustra sobre el uso de crematorios al aire libre ante la masiva llegada de judíos húngaros. Así cuenta los molestos inconvenientes suscitados. Los mismos no impidieron, que fuera condecorado por su eficiencia en la ejecución de 200 mil deportados de ese origen: «Hay que atizar los fuegos de las fosas -recuerda-, extraer la grasa que rebosa y dar la vuelta constantemente a la montaña de cadáveres para que la corriente haga prender las llamas». (Friedlander, S. «El tercer Reich y los judíos», T.II, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2009). Estudie, Sr. Embajador, luego opine.
El Holocausto
17/Ago/2011
El País, Hebert Gatto, Editorial