6-8-2011
OPINIÓN LINCOLN R. MAIZTEGUI CASAS – LINMAICA@HOTMAIL.COM
No me cabe duda de que el señor embajador de la República Islámica de Irán, Hojjatollaj Soltani, debe ser declarado persona no grata y expulsado del país sin más trámite. Sus dichos, en los que puso en cuestión la realidad del Holocausto en tiempos de la barbarie nazi, son, desde luego, una agresión a la comunidad, una ofensa a todo el pueblo oriental, a su larga y hermosa historia de identificación con los más débiles, a su tradicional actitud de brazos abiertos y a su visceral repudio de toda forma de discriminación. Tengo en esto una total coincidencia con el presidente del Directorio del Partido Nacional, Luis Alberto Heber, quien ha sido, hasta el momento, el único en exigir formalmente la adopción de medidas drásticas. Pero no es esto lo que más me preocupa; me enteré de las barbaridades dichas por este señor mirando un programa de televisión cuyos conductores abrieron una instancia para que el público opinase sobre la actitud que debería adoptar el gobierno del país al respecto de esas declaraciones. Casi de inmediato, comenzaron a leer los mensajes que iban llegando, y mi incredulidad no cabía en la habitación en la que me encontraba. Había dos «argumentos» en los que se insistía una y otra vez con diversas redacciones: el primero, decía: ¿por qué no hablan del genocidio de Salsipuedes? Y el segundo: el Estado de Israel hace lo mismo con los palestinos. En mi interior libraron de inmediato una feroz batalla la más negra pesadumbre con la indignación puesta al rojo vivo. ¿Es posible que la sociedad que así se expresaba, al menos desde un sector, fuese la mía, la de este querido país en el que he nacido, por cuyas libertades tantos han dado la vida y que tanto ha trabajado en pro del entendimiento entre los seres humanos por encima de cualquier diferencia ideológica, racial o cultural? Me perdonará el lector si algo de esa indignación se transparenta en estas líneas. Comparar el lamentable episodio de Salsipuedes, en el que resultaron muertos unos 45 indios, con una de las tragedias más monstruosas de la historia de la condición humana trasunta una profunda ignorancia, aderezada con una buena dosis de imbecilidad. Está de más aclarar que con esto no justifico el episodio histórico de la matanza de charrúas; extenderme sobre este punto sería un insulto a la inteligencia de los lectores. Pero la segunda argumentación es mucho más grave: cuando se intenta colocar en el mismo plano la política del gobierno del Estado de Israel respecto a los palestinos con la escalofriante decisión de exterminar una comunidad religiosa y nacional, aplicada con ferocidad a lo largo y ancho de toda Europa, que costó millones -sí, millones, señor Soltani, y usted bien que lo sabe- de vidas inocentes, se está cayendo en la más repulsiva forma de racismo. ¿Qué tienen en común las víctimas de la Soha con las decisiones, por criticables que puedan ser, del gobierno de un Estado que en aquel tiempo ni siquiera existía? Solo el hecho de que unos y otros son judíos. Por consiguiente, lo que se rechaza, con esta asimilación contra natura, es la calidad de judío. No hay posibilidad alguna de entender el asunto de otra forma: esto es racismo puro y duro, y el racismo no solo está condenado por las Naciones Unidas sino por la propia ley vigente en Uruguay. Es inconcebible la bajeza a la que puede llevar una enseñanza ideologizada hasta la náusea y solapada detrás de un supuesto «progresismo». ¿En esta atroz falacia ha derivado la idealidad igualitaria y justiciera de la izquierda? Tengo que controlarme para admitir que no, que sin duda la mayoría de los que se identifican con esa corriente de pensamiento (que, digan lo que digan las Constanza Moreira de turno, trasciende ampliamente el Frente Amplio) rechazan semejante excrecencia con la misma firmeza con que lo hacemos todos aquellos a quienes aún no se nos ha corrompido el alma. Pero los hechos demuestran que la perra, como decía Bertold Brecht, vuelve a estar en celo, y no creo que pueda haber síntoma más grave del peligro que, como sociedad, nos acecha en esta coyuntura histórica.
La perra en celo
08/Ago/2011
El Observador, Lincoln Maiztegui Casas