8-5-2011 La separación entre las Iglesias y el Estado se ve amenazada hoy por los intentos de imponer a las organizaciones religiosas un conjunto de reglas aprobadas en el ámbito estatalBRENDAN O´NEILLEspecialmente, al aplicar políticas de no discriminación o al reconocer como derechos conductas que las Iglesias rechazan, se quiere obligar a estas a cambiar sus propias normas.No podría haber mejor muestra de hasta qué punto los liberales y humanistas de hoy han perdido el rumbo que el actual clamor por más intervención estatal en asuntos religiosos. Su única crítica a la nueva ley de igualdad -pergeñada en el Reino Unido por el nuevo laborismo y promulgada por los liberal-conservadores- es que no llega bastante lejos para forzar a los grupos religiosos a cambiar sus «prácticas de contratación» y ponerlas en sintonía con el resto de la sociedad. Parecen felizmente ignorantes de que el credo ilustrado del liberalismo, que dicen representar, surgió precisamente de la oposición por principio a la injerencia de las autoridades civiles en materia de fe.La ley de Igualdad, promulgada el 1° de octubre, fue capitaneada por la laborista Harriet Harman cuando era ministra de Igualdad. En gran parte solo es una refundición burocrática de varias leyes: la ley de Igualdad Salarial de 1970, la ley de Discriminación Sexual de 1975, la ley de Relaciones Raciales de 1976, etcétera. Pero en esta ley tan amplia se han metido algunas nuevas normas problemáticas y autoritarias.Primero, la ley favorece una vigilancia más estrecha de nuestras palabras e interacciones cotidianas en el trabajo al prometer que protegerá a los empleados de cualquier género de ofensa, real o imaginaria, relativa a sus «características protegidas». Basta ya de mala leche en la oficina, pues.Segundo, la ley pronto llevará incorporado un «deber de igualdad», que se podría usar para obligar a sociedades privadas, incluidos los grupos religiosos, a admitir aun a personas a las que consideran pecadoras o inmorales.El controvertido «deber de igualdad» presionará a los organismos públicos para que se adhieran a cada uno de los aspectos de la nueva ley de igualdad, pero hay motivos para temer que podría llegar a usarse para presionar a sociedades privadas a no discriminar a homosexuales o mujeres, por ejemplo. Podría «poner en peligro la libertad religiosa», advierte una organización cristiana, al pedir a las agencias de adopción católicas que acepten a parejas homosexuales o al informar a las escuelas religiosas que deben enseñar a los niños que el estilo de vida transexual es admisible.Pero, sorprendentemente, la única crítica a la ley proferida por el lobby humanista es que no hace bastante para forzar a los grupos religiosos a hincar la rodilla ante el altar de la diversidad. Se quejan de que la ley incluye demasiadas cláusulas de exención para organizaciones religiosas, a las que permite seguir discriminando hasta cierto punto.La ley de Igualdad concede «excesivos privilegios» a las organizaciones religiosas, dice la British Humanist Association, pues aún les permite «discriminar por motivo de religión o creencias u orientación sexual». Otro grupo laicista dice que hizo campaña para «eliminar el privilegio religioso», de modo que la ley limitara a las escuelas y organizaciones religiosas las posibilidades de quedar exentas del deber de igualdad y así no tener que contratar homosexuales ni ordenar sacerdotisas, por ejemplo.Esto puede parecer un claro empate entre la «buena gente» que quiere impedir que las sociedades religiosas discriminen a individuos simplemente por el sexo o la preferencia sexual, y la «mala gente» que defiende el derecho de las religiones a negarse a tener «infieles» o «pecadores» merodeando cerca de sus iglesias, organizaciones benéficas o escuelas. Pero no es tan sencillo.El ideal moderno de tolerancia surgió de una oposición filosófica de principio al derecho de los gobiernos a determinar qué podían creer y pensar los grupos religiosos privados y cómo se organizaban y las condiciones para pertenecer a ellos.Al reclamar que el Estado restrinja los derechos de asociación de los grupos religiosos, los humanistas contemporáneos manifiestan no entender, o aun peor, no respetar, el principio ilustrado de tolerancia.En uno de los primeros bosquejos del ideal moderno de tolerancia, la Carta sobre la tolerancia, publicada en 1689, John Locke, el filósofo inglés al que luego se dio el título de «padre del liberalismo», defendió «la tolerancia de aquellos que difieren de otros en materia de religión».Negó que las autoridades civiles tuvieran derecho a castigar a alguien simplemente por pertenecer a determinada Iglesia. Ningún «magistrado civil» tiene derecho a «perjudicar a otra persona en sus bienes civiles porque sea de otra Iglesia o religión».Locke se propuso «distinguir exactamente los asuntos del gobierno civil y los de la religión, y fijar los debidos límites entre uno y otra». Mientras el gobierno debe ocuparse de las cosas «exteriores», como la propiedad o la seguridad, la religión se ocupa de las cosas «interiores», como la fe, la creencia, la conciencia y la «salvación de las almas». Así, según Locke, el cuidado de las almas no está encomendado al «magistrado civil», y nadie debe ser sometido a «sufrimientos corporales ni a ninguna otra pena exterior» simplemente por pertenecer a una Iglesia. Era una temprana defensa de los derechos de la conciencia y la libertad de creencia -del individuo soberano- contra los «fanáticos que condenan todo lo que no es a su manera».Locke comprendió que, si la tolerancia ha de mantenerse como principio vivo y eficaz, es necesario que los grupos religiosos tengan libertad para redactar sus propias constituciones y leyes internas. Locke describe una Iglesia como una «sociedad libre y voluntaria», una «sociedad espontánea», «una sociedad de miembros voluntariamente unidos para un fin».Entonces, toda Iglesia ha de tener la libertad tanto de recibir a los que se adhieren a sus creencias, como de apartar o expulsar a los que no. Mientras que a las autoridades civiles incumbe tolerar la fe de los hombres y no castigarlos o discriminar contra nadie por lo que cree, tal deber no se extiende a las Iglesias mismas, sostiene Locke.»Sostengo que ninguna Iglesia está obligada en virtud del derecho de tolerancia a retener a una persona que, después de haber sido amonestada, continúa obstinadamente transgrediendo las leyes de la sociedad». ¿Por qué? Porque Locke comprendía que una Iglesia que no pudiera usar sus propias leyes internas para excluir a los «infractores», dejaría de ser una Iglesia, de ser una «sociedad espontánea» libre y voluntaria edificada en torno a un fin común. Este es el «fundamental e inmutable derecho de una sociedad espontánea -dice Locke- que tiene poder para expulsar a cualquiera de sus miembros que infrinja las normas de su institución». De otro modo, no podría ser una «sociedad espontánea» en absoluto, y se «disolvería».Muchos de los humanistas de hoy, que paradójicamente se las dan de hijos intelectuales de la Ilustración, denunciarían esto como una «cláusula de exención» inaceptable. Locke señala que las autoridades civiles deben ser tolerantes y no infligir pena alguna a un hombre por motivo de lo que cree, pero sostiene que este deber de tolerancia no siempre se extiende a las Iglesias y otras sociedades espontáneas, que deben tener libertad para expulsar a quien piense o se comporte de manera contraria a las leyes internas de tales sociedades.Pero no es una simple «cláusula de exención» o contradicción inaceptable: eso pertenece a la sustancia de la Ilustración. Es la distinción entre nuestra «vida exterior», deberes públicos y existencia civil, y nuestra «vida interior», lo que creemos y pensamos, que es un ámbito en que no debería tener jurisdicción autoridad civil alguna. Tanto la tesis de que las autoridades deben tolerar distintos sistemas de creencias, como la tesis de que las Iglesias no deberían tolerar a los no creyentes o a los «pecadores» se dirigen a proteger la libertad fundamental de conciencia: la libertad de la persona para creer lo que quiera y unirse a sociedades privadas que reflejen y sostengan esas creencias.
La igualdad impuesta contra la tolerancia
09/May/2011
El Observador, Correo de Ideas, Brendan O`Neill