Prosiguiendo con los discursos de la sesión de homenaje al Día de Recordación de las Víctimas del Holocausto, que se realizara en el Parlamento publicamos hoy el efectuado por la Diputada Bettiana Díaz, del Frente Amplio.
Señora presidenta: en primer lugar quiero extender un saludo a los representantes de todas las organizaciones aquí presentes, a las autoridades de gobierno, al cuerpo diplomático y al público en general, que también está acompañando esta especial sesión de homenaje. Además, quiero agradecer a mis compañeras y compañeros de bancada del Frente Amplio, que me han dado la oportunidad de ser la voz que va a representar a nuestra fuerza política en el día de hoy.
El 27 de enero se conmemoró un nuevo aniversario de la liberación, en el año 1945, por parte de las tropas soviéticas, del campo de concentración y exterminio Auschwitz Birkenau. La Asamblea General de las Naciones Unidas proclamó oficialmente esa fecha como el Día internacional de conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto.
Sin dudas, para muchas y muchos este es un homenaje muy diferente, desde su importancia, pero también por lo complejo que es poder prepararse para intervenir en una sesión en la que nos toca hablar de un acontecimiento histórico que es de lo peor que le pasó a la humanidad. Desde hace muchos días trato de prepararme, de buscar materiales, de leer e informarme para poder estar a la altura de las circunstancias, pero también con una intención muy clara: tratar de aportar a lo que es la reflexión colectiva y, sobre todo, a la memoria. Por razones religiosas, étnicas, de orientación sexual, políticas, el nazismo persiguió, detuvo, torturó y asesinó a millones de judíos, entre los que se contaron muchos niños y niñas. Ese plan sistemático y aberrante de eliminación de una gran parte de la población del mundo tuvo, además, esa peculiaridad: quiso eliminar a las futuras generaciones, esas futuras generaciones que luego fueron capaces de juzgar el horror.
Los asesinatos tuvieron lugar a lo largo de todos los territorios ocupados por la Alemania nazi en Europa y se dio muerte a personas de varias nacionalidades, principalmente alemanes judíos, polacos, eslavos, prisioneros de guerra soviéticos y opositores políticos. Se estima –y esto depende también de las fuentes que se consulten– que participaron directamente en el Holocausto entre 100.000 y 500.000 personas; algunas de ellas fueron enjuiciadas, otras no; muchas murieron en el anonimato y otras, quizás, vivan en la clandestinidad.
Por esa época la propaganda nazi se encargó de amplificar el discurso de que los judíos eran la fuente de todos los problemas de Alemania y de Europa. Hitler hablaba de conflictos regionales, de la necesidad de seguridad interna y externa ante posibles ataques. Se utilizaron para ello el cine, la televisión y la radio. A veces uno puede pensar que hay algunas similitudes con algunas cosas que se vuelven a ver en el mundo de hoy. A los alemanes el nazismo les recordaba constantemente la amenaza del enemigo extranjero y también de la posible subversión judía. La propaganda fomentó la pasividad de la población de manera que se aceptaran las medidas que se planteaban y se hacía creer que había un gobierno interviniendo y tomando acciones para restaurar el orden. También se intentó engañar a los gobiernos extranjeros al decirles que la Alemania nazi estaba haciendo demandas razonables.
Después de comenzada la Segunda Guerra Mundial, con la invasión de Polonia en 1939, el nazismo usó la propaganda para inculcar a los ciudadanos y soldados alemanes la idea de que los judíos no solamente eran una categoría inferior dentro de la especie humana, sino que también eran enemigos de la nación. De esa forma el régimen intentaba tener apoyo o, por lo menos, asentimiento para que las políticas dirigidas a remover permanentemente a los judíos de las áreas alemanas fueran aceptadas; para cuando se dieron cuenta de lo que estaba pasando, ya era demasiado tarde: el germen del odio, de la intolerancia y de la barbarie ya se había instalado.
Hay algo que se mencionó en este ámbito, en este homenaje, y me parece que constituye una señal muy sana por parte de todos los partidos. En tiempos de posverdad debemos utilizar todas las herramientas que estén a nuestro alcance para mantener viva la llama de la memoria. El Holocausto nos interpela en lo profundo de nuestro ser porque todavía nos preguntamos cómo pudo pasar algo así y qué tenemos que hacer para que no vuelva a suceder, para que el negacionismo no desdibuje el pasado, para poder condenarlo, para poder aprender de él y para no repetirlo. Yo soy de esa generación de millennials que nombraba el señor legislador Bordaberry; cumplo 31 años dentro de unos días y me toca ser una de las representantes de los millennials en este ámbito. Y, justamente, quería mencionarlo porque para mi generación y las que le siguen este tipo de instancias son fundamentales por la importancia que tienen. Cabe destacar que nosotros no vivimos ni siquiera el horror más cercano de lo que fue el autoritarismo en nuestro propio país. Por lo tanto, el relato de los hechos históricos nos ayuda a apropiarnos de la historia de la humanidad como parte de esta sociedad. En este punto me parece importante que nos detengamos: me refiero al compromiso de las nuevas generaciones para recordar. En algunos países europeos fue necesario incluso legislar como manera de preservar la memoria y tipificar como discurso de odio la negación del Holocausto. Precisamente, la negación es ilegal en más de 17 países, entre los que se encuentran Austria, Bélgica, República Checa, Francia, Alemania, Hungría, Israel, Liechtenstein, Lituania, Luxemburgo, los Países Bajos, Polonia, Portugal, Rumania, Rusia, Eslovaquia, Suiza y muchos más.
También me encontré con algunos estudios realizados en los últimos años sobre la percepción del Holocausto que, por suerte, es algo a lo que se da mucho seguimiento. Al respecto se hicieron encuestas en toda América y en toda Europa, de las que surgieron resultados alarmantes y alarmantemente similares. Muchas personas ni siquiera han oído hablar del exterminio judío, del Holocausto. Y sin importar el país que uno tome de referencia, más de la mitad de quienes desconocen qué fue lo que pasó en Auschwitz son jóvenes. Pareciera que a medida que va pasando el tiempo los jóvenes empiezan a olvidar a pasos agigantados. También es cierto que nos empezamos a acostumbrar a digerir las noticias como parte de una rutina y, entonces, comenzamos a desafectarnos de esa realidad porque nos hemos acostumbrado a vivir en un mundo cada vez más violento.
Mientras buscaba información para poder intervenir en el día de hoy –no quería estar en lugares comunes que pudiesen ser ofensivos para quienes hoy están, justamente, en un homenaje que tiene que ver con la memoria– me encontré con el relato de varios sobrevivientes que contaban sus sensaciones al momento de la liberación. Muchos de esos supervivientes coincidían en que no sabían qué hacer ni para dónde ir; incluso, algunos se quedaron inmóviles, como esperando que alguna fuerza extraña los sacara de ese infierno. Los más viejos incentivaban a los más jóvenes a huir, correr y emigrar lo más lejos posible; entre esos me imagino se encontrarán muchos de los antepasados de algunos que hoy están aquí presentes. Una gran red de solidaridad y hermandad se tejió desde ese momento y para siempre. No creo que haya un país en el mundo que no tenga sobrevivientes de Auschwitz y, sin embargo, lamentablemente aún hoy se registran manifestaciones xenófobas o antisemitas referidas al Holocausto o al pueblo judío. Existe el riesgo constante de que el desconocimiento del horror caiga como un manto de amnesia; por eso tenemos que asumir nuestra responsabilidad y comprometernos con el principio de proteger este legado, pero también de tomar acciones en el presente y hacia el futuro para que esto no vuelva a pasar con otros colectivos o personas en ninguna parte del mundo.
Las palabras de Adama Dieng, asesor especial sobre la prevención del genocidio de Naciones Unidas, nos hacen pensar cuando dice: «El genocidio es un proceso. El Holocausto no empezó con las cámaras de gas. Comenzó con discursos de odio». Y, entonces, pareciera que hay relatos que advierten del futuro aunque traten del pasado.
El pasado 27 de enero, mientras se conmemoraba el Día internacional de conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto –hace muy poquitos días–, un grupo de ultraderechistas polacos se concentró frente a las puertas de Auschwitz gritando consignas antisemitas. Tenemos que tener en claro que el antisemitismo, la xenofobia, la homofobia, la transfobia, el odio al otro, al diferente, es un síntoma de la salud de una sociedad. Y lo que vemos hoy es que en muchas partes del mundo, pero particularmente en la Europa de hoy, resurgen ante nuestros ojos los viejos discursos del odio. Por eso es tan importante el cuidado del relato y en esto coincido con todos los legisladores que me antecedieron en el uso de la palabra: tenemos que cuidar el relato de los sobrevivientes cuando son memoria viva, no para perecer en el recuerdo, sino para amplificar esa memoria colectiva, que también es parte de este tiempo. En ese marco, por ejemplo, hablando de lo educativo, es bueno pensar en acercar la tecnología a la memoria y a las nuevas generaciones. Es de destacar la labor del proyecto Shoá, en coordinación con el Plan Ceibal, para que los niños y las niñas del Uruguay puedan tener acceso a la información.
Quería citar también al historiador de la Universidad de Nueva York, Benjamin Carter Hett, que analiza la llegada de los nazis al poder y dice: «Para que una democracia funcione, todos los partidos tienen que compartir un mínimo y creer que los compromisos son posibles y necesarios. En los años treinta, sin embargo, quedaba muy poco de ese espíritu en una sociedad alemana cada vez más amargamente dividida». Su conclusión es a la vez esperanzadora e inquietante: «Pocos alemanes podían imaginar en 1933 Treblinka o Auschwitz. Es difícil culparles de no haber previsto lo impensable. Sin embargo, su inocencia les falló y se equivocaron catastróficamente sobre el futuro. Nosotros gozamos de una gran ventaja sobre ellos: tenemos su ejemplo ante nosotros».
Para finalizar, señora presidenta, quería referirme especialmente al motivo que hoy nos convoca: frente al olvido debemos mantener viva la llama del conocimiento y reavivar las brasas del recuerdo. Memoria frente al olvido; responsabilidad frente a la sumisión. Quizá la enseñanza más importante que nos ha dejado esto es que la vida es más fuerte que la muerte. Tenemos que apelar a la memoria para que nos alerte y nos auxilie para que jamás volvamos a vivir un crimen contra la humanidad como lo fue el Holocausto judío.
Muchas gracias.
Señora presidenta: al finalizar el homenaje de adhesión al Día internacional de conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto omitimos solicitar que la versión taquigráfica de la sesión del día de hoy fuera enviada a diferentes dependencias que, si la señora presidenta lo permite, paso a detallar.
Solicitamos que la versión taquigráfica de las palabras relativas a este homenaje se cursen al Comité Central Israelita del Uruguay, a las diferentes comunidades de la colectividad judía en Uruguay, al Centro Recordatorio del Holocausto, al Museo de la Shoá, a los diferentes rabinos que hoy acompañaron el homenaje, a la Embajada de Israel en Uruguay, a las embajadas de Estados Unidos, Portugal, Rusia, Brasil, México, Japón, Inglaterra, España, Canadá, Ecuador, Alemania e Italia y al Consulado General Honorario de Malta en Montevideo. Asimismo, solicitamos que también se envíe a los ministerios de Educación y Cultura y de Relaciones Exteriores.
Diputada Bettiana Díaz: “el compromiso de las nuevas generaciones para recordar”
04/Feb/2019