Diputado Pablo Iturralde: “Que nunca más la humanidad pase por circunstancias parecidas”

31/Ene/2019

Diputado Pablo Iturralde: “Que nunca más la humanidad pase por circunstancias parecidas”

Comenzando con la publicación de las versiones taquigráficas de los discursos de la sesión especial de la Comisión Permanente, es el turno del discurso del Diputado Pablo Iturralde del Partido Nacional. En próximo días proseguiremos con el resto de los oradores.
SEÑOR ITURRALDE.- Señora presidenta: la conmemoración de la Shoá demuestra nuestro compromiso como país de mantener viva la memoria de este hecho luctuoso de la historia mundial y, al mismo tiempo, busca dar un mensaje de promoción de la tolerancia y el respeto, para que la discriminación y la violencia no crezcan en el mundo, y para que nunca más la humanidad pase por circunstancias parecidas.
El episodio de la Shoá opera una ruptura radical en la historia de Occidente. Por eso, a tantos años ya del final de la Segunda Guerra Mundial, tenemos aquí la necesidad de conmemorar y la obligación de recordar.
No fue este el primer episodio en la historia de las persecuciones raciales hacia los judíos. Como católico, me siento comprendido por las generales de la ley y quiero traer las palabras del historiador británico Johnson quien, al explicar por qué había escrito la historia del judaísmo, dijo que al escribir su anterior libro, Historia del Cristianismo, sintió que nuestra religión era absolutamente tributaria de un antecesor, que no tenemos un libro diferente, sino otro libro más, y partimos del concepto de monoteísmo y de reglas esenciales de moral, de derecho escrito y de conceptos de regulación de la convivencia que hacen lo que es la civilización judeocristiana.
Si bien se me adelantó el legislador Bordaberry, quiero hacer un particular homenaje a mi amigo David Fremd –que también fue compañero de escuela y de banco de mi esposa, allá en Paysandú– y a su señora, a quien seguimos viendo y sigue viviendo con felicidad la vida, porque así hay que vivirla: con felicidad.
Los episodios de persecución de los judíos, quizás los más remotos, los tengamos narrados en aquel himno de la época de Nabuccodonosor, que luego tomaron los italianos en Va, pensiero y que refiere a la nostalgia desde el exilio por la tierra abandonada; es un verdadero canto a la libertad, que nos demuestra que la vida no vale la pena ser vivida sin libertad y es, también, uno de los particulares legados del judaísmo.
También debemos mirar y reconocer las culpas. Como tributarios de la colonización de la madre patria, no podemos olvidar nunca la expulsión que sufrieron hace poco más de 500 años por parte de Isabel la Católica ni lo que significó para el mundo que aquella diáspora judía se fuera a la Nueva Jerusalén, a Ámsterdam, y desde allí comenzara a transitar parte de lo que significa la Ilustración y los comienzos de la Modernidad, con temas centrales como el liberalismo y el comercio.
En un texto de Hannover, Desde el fondo del abismo, están narradas las persecuciones brutales que entre 1643 y 1648 sufrieron los judíos por parte de los cosacos. También podemos recordar a Sholem Aleijem, autor de la novela que dio lugar a la obra El violinista en el tejado, que habla de las persecuciones en tiempo del zarismo y los gobiernos que lo sucedieron.
Por último, quiero traer aquella fantástica recordación que nos hacía Marcos Aguinis sobre el periplo del Saint Louis, un barco que significó tanto para aquellos que tuvieron que volver; la gran mayoría de ellos no encontró acogida en Latinoamérica y fueron víctimas finales del Holocausto. Eso también fue narrado magistralmente en el libro Herejes, de Leonardo Padura, en el que nos cuenta cómo fue el periplo de los judíos.
Debemos conmemorar en el sentido de no perder la memoria colectiva, de no dejar que se pierda en el devenir de los tiempos, de recodar lo que fue ese mal absoluto. Me refiero a recordar, como esfuerzo individual, para asegurar la existencia de un relato urgente sobre la radicalidad del mal. No alcanza con un esfuerzo colectivo de conmemoración, sino que se requiere una responsabilidad ciudadana frente a la tentación del olvido de los horrores del pasado.
Quiero hoy usar la voz de los sobrevivientes de la Shoá. Ellos nos narran cómo pudieron sobrevivir y las lecciones para las nuevas generaciones. Su voz es la de los que no pudieron tenerla; sus recuerdos nos llevan a actos de heroicidad, de generosidad y solidaridad, y muestran los extremos de la existencia humana.
Usar la voz de las personas que sobrevivieron la Shoá es posible, porque alguien se ha dedicado a escucharlos y abrirse a circunstancias muy complejas de la existencia. En ese sentido, quiero agradecer a mi amiga Ana Jerozolimski, quien me permitió compartir mi primer Shabat en Jerusalén. Se trata de una periodista y directora del Semanario Hebreo, que ha venido realizando una enorme tarea de recopilación de la memoria.
Sus entrevistados, muchos de ellos hoy en Uruguay, muestran en sus comentarios el papel que jugó nuestro país en su reinserción social. El valor de la familia, la tolerancia, el sello distintivo de nuestra sociedad, las oportunidades de trabajo y de desarrollar emprendimientos dicen mucho del país que fuimos y que queremos seguir siendo.
La historia del Holocausto no se entiende si no se tiene en cuenta la semilla del odio político, racial y discriminatorio que le dio origen y que genera la persecución implacable y genocida hacia los judíos, así como sucedió con gitanos, armenios, disidentes y con tantos otros episodios de discriminación que nos hacen pensar en la realidad del ser humano.
Lydia Hönig Brenners, que nació en 1932 en Novi Sad, Yugoslavia –actualmente Serbia–, nos cuenta sobre la persecución que debieron vivir y dice: «Para nosotros, fue una huida constante, 21 escondites en cuatro años, en Budapest. En sótanos, todo tipo de lugares. Recuerdo un lugar en el que no osábamos ni abrir la ventana. Un tiempo también estuvimos en un ghetto y hubo un lapso en una especie de hogar protector, donde tuvimos que ponernos la estrella amarilla». Ella atestiguó en un juicio contra un criminal de guerra y allí manifestó que la persecución era algo organizado. Decía: «habían llegado con listas con nombres detallados. Nos sacaron de casa, cuando afuera la temperatura era de 25 grados bajo cero». También recuerda lo que ocurrió cuando los llevaron a orillas del Danubio, donde habían ido tantos veranos. Todos los judíos de la ciudad estaban allí, con la prohibición de hablar. La fila se iba acortando y se oían disparos. En un primer momento no entendían, pero luego lo supieron.
La Shoá está llena de actos heroicos, de padres que toman decisiones dramáticas para salvar a sus seres queridos, de personas que ayudan a otras con generosidad y desinterés.
Clara Drak nació en Cracovia, y cuando estalló la Segunda Guerra Mundial tenía tres años. Su padre insistió en que ella y su madre salieran con documentos falsos, mientras que él opto por quedarse, porque su acento judío lo delataría. Clara y su madre buscaron sobrevivir. Consiguieron documentos polacos y se hicieron pasar por católicos aprendiendo a rezar. Se escondieron en un convento, a cuyo lado, en un convento de hombres estaba Karol Wojtyla, quien después fue el papa Juan Pablo II.
Luego del temor, un recuerdo de actos de solidaridad: «Un día, en la Asociación Cristiana de Jóvenes hicieron una razzia y nos avisaron a mamá y a mí. Dormimos en la calle, de plaza en plaza. Nos salvaron».
Maier Marcos Markovicz tenía 12 años cuando estalló la guerra. Relata lo siguiente: «Primero, el ghetto en la nuestra propia ciudad […]. Consistía en unas pocas cuadras a las que tenían que mudarse todos los judíos, juntos, rodeados por un alambrado de púas y con guardias vigilando para que nadie pueda salir […]». En el gueto había 22.000 o 23.000 judíos de todas las localidades. Continúa relatando: «dos rodajas de pan, algo de margarina de mala calidad, alguna papa o algo así. Era muy difícil […] Y uno, para poder conseguir mejor racionamiento, delató a papá que compraba alguna cosa fuera de lugar. Al poco tiempo lo arrestaron y desde entonces, no lo vimos nunca más».
Lydia Hönig Brenners agrega: «Recuerdo el hambre, el miedo. Yo era la encargada de salir a buscar comida. Mi padre no podía porque si los nazis lo veían en la calle, le harían bajar los pantalones y verían que era judío». Clara Drak coincide y relata lo siguiente: «Vivía siempre con miedo. Yo andaba por la calle con pánico. Me daba por llorar y esconderme. Me metía en las iglesias».
Es admirable la voluntad de sobrevivir de las personas que sufrieron la Shoá y tuvieron la capacidad de superar todas las adversidades motivadas por el encuentro con los seres queridos. Hoy llamamos a eso resiliencia y es objeto de estudio. Estas historias emocionan.
Isaac Borojovich nació en Svir, un pueblo de Polonia y nos dice: «Siempre pensaba que me iba a salvar. Nunca creí en la muerte. Luchaba desde la madrugada hasta la noche para sobrevivir con comida, con lo que encontraba para pasar el día». Luego de enfrentar la muerte de muchos familiares, una luz de esperanza: «El 9 de abril de 1945, un amigo, Aron Barbariski, me dice que cerca del portón vienen mujeres de Vilnus. Corría hasta el portón y veo a mi mamá. Yo la reconocí enseguida, pero ella a mí no. Me preguntó por papá y le dije lo que pasó. Pasé dos días comiendo cualquier cosa y buscando a mamá. Al tercer día, medio muerto, quedé tirado en la calle y allí me encontró mamá. Le dije: “Antes de morir, te quería ver”. Luego, un médico holandés me revisó y dijo que clínicamente no podía estar vivo. Tenía disentería, pero tenía mucha voluntad de vivir».
La historia de Charlotte Strawczynski de Grunberg se ha hecho más conocida para los uruguayos por el magnífico libro de Ruperto Long La niña que miraba los trenes partir. Charlotte no se considera una víctima, sino una superviviente. Dice: «Pero hay gente a la que sumergieron en un infierno indescriptible. El mío lo fue, pero yo tenía por lo menos a mi padre, a mi madre y a mi hermano. Lo destaco con la salvedad de que mi padre nos había alertado que no nos agarren nunca a los cuatro juntos. Sea como sea, durante años, en efecto, no hablé, ni con la gente más cercana, con mis seres más queridos […] Era una niña escondida, encerrada también en algo más grande que un ropero, pero al fin y al cabo encerrada».
Eso tuvo consecuencias en su vida, que comparte de la siguiente forma: «Lo que recuerdo más nítidamente, porque me pasó varias veces, fue que durante la noche aparecía de pronto durmiendo dentro de un placard […] Conservé el pánico de estar encerrada […] No cierro ninguna puerta con llave, fuera de la de entrada de mi casa porque la casa es grande y circulo, y tengo teléfono para que me vengan a rescatar de cualquier cosa. […] Ya nada vuelve totalmente a su lugar».
Clara Drak relata su proceso de reinserción social incluyendo su viaje a Uruguay.
Irene Brusntein inició su itinerario de salvación estando embarazada. Debió cruzar los Pirineos de noche y a pie para llegar a España. Relata su odisea: «Hay que creer que los milagros existen, porque fueron muchas las ocasiones en las que estuvimos cerca de la muerte y nos salvamos. Me pregunto ¿por qué nosotros?».
Para muchas de las personas que huían de Europa, Uruguay, pequeño país distante, aparecía como un posible lugar de acogida. Son muchas las historias que recogen la actitud de apertura. Es conocida la historia del profesor James Goldshmidt, famoso jurista, decano de la Facultad de Derecho de Berlín, quien fue recibido por su par uruguayo, el maestro Eduardo J. Couture, que decía: «este hombre ilustre, un hombre de esta insólita jerarquía, en cierto instante de su vida y de la vida de la humanidad, como una acusación para esa humanidad le faltaba en el inmenso planeta un pedazo de tierra para apoyar su planta fatigada, le faltaba el mínimo derecho que todo hombre tiene que es el derecho a tener un sitio en este mundo donde soñar y morir». Y como él hubo muchos otros, reconocidos o humildes, que terminaron aportando a un país que cultivó el valor de la tolerancia como pocos.
Markovicz nos dice: «Hoy quiero decir que el gobierno uruguayo, no importa de qué partido político sea, siempre apoyó la causa de Israel y la memoria del Holocausto».
Vayan unas reflexiones finales: los relatos compartidos tienen enorme vigencia en el día de hoy; nos enseñan la defensa de los derechos humanos, la promoción de los valores de tolerancia, el respeto a la diversidad y, sobre todo, de la libertad.
Quiero recordar una obra del profesor Charles Lewinsky, conocida como Un judío común y corriente, donde nos hablaba tan fuertemente del buen morir y del antisemitismo, así como a Hannah Arendt, discípula de Heidegger y de San Agustín, quien nos habló del Holocausto y de la obediencia debida y dijo que, ante todo eso, había que anteponer el perdón y el amor desinteresado, que significa paz incondicional, para la diáspora que hoy tiene su patria en Israel.
Wilson Ferreira Aldunate se preguntaba qué es ser judío No es una raza; conozco judíos de diversas razas. Tampoco es una religión, porque muchos de mis amigos judíos en el Uruguay son agnósticos. Es un estado espiritual. Los judíos existen en el mundo para demostrar que el hombre puede alcanzar una paz espiritual y ser físicamente libres, además de ser testigos del daño que el hombre puede llegar a ocasionar. Cuando en nuestro país faltaron las libertades y nuestros compañeros fueron a otros países, en Argentina perdieron la vida dos de los mejores de los nuestros, Gutiérrez Ruiz y Michelini. Pero Wilson Ferreira salvó su vida de la mano de los Kaufman, de los Rosenthal y de los Pokin. Fueron judíos quienes le tendieron una mano en ese momento y allí estuvo la solidaridad de todos los judíos que querían luchar por la libertad. Es una linda coincidencia de fechas los cien años del nacimiento de Wilson Ferreira Aldunate con el Día internacional de conmemoración anual en memoria de las víctimas del Holocausto. Es una buena ocasión para conmemorar y para recordar lo importante que es para el ser humano la libertad.