Irán, aliado incómodo

03/Ago/2018

Revista El Medio- por Evelyn Gordon

Irán, aliado incómodo

No es ningún secreto que países árabes como
Arabia Saudí y Emiratos aborrecen a Irán. Mucho más sorprendente es que Irán
parece estar dejando de ser bienvenido en los países árabes a los que está más
estrechamente vinculado. Al menos eso es lo que se desprende de un estudio
sobre los manuales escolares sirios y de una reciente oleada de protestas en
Irak.
En Siria, el chií Irán ha sido el pilar del
régimen de Asad (de la secta alauí del chiismo) en su lucha contra los rebeldes
suníes desde que estalló la guerra civil, en 2011. Teherán ha mandado más de
80.000 soldados a luchar por Asad, en su mayoría miembros de milicias chiíes a
las que ya patrocinaba en el Líbano e Irak o de milicias chiíes creadas
especialmente para tal propósito, nutridas con refugiados afganos y paquistaníes
radicados en el propio Irán. También ha dado al régimen de Asad cantidades
astronómicas de dinero para mantenerlo a flote.
Los estudiosos calculan que la ayuda
militar y económica iraní a Siria durante la guerra se mueve en una cifra entre
los 30.000 y los 105.000 millones de dólares. Sin la ayuda iraní, el régimen de
Damasco probablemente no habría sobrevivido hasta la definitiva intervención
rusa de 2015, que procuró a Asad el crucial apoyo aéreo que le permitió
recuperar la mayor parte del territorio que había perdido.
En vista de todo esto, cabría esperar que
Damasco estuviese agradecido a sus benefactores iraníes. En cambio, como
muestra un estudio sobre los libros de texto sirios, Asad está inculcando a los
escolares una saludable dosis de prevención hacia Irán.
Investigadores del instituto Impact-se han
examinado libros de texto sirios para alumnos de 12º grado utilizados en las
áreas controladas por Asad en 2017-2018. Como era de esperar, esos manuales
presentan a Rusia como un estrecho aliado. De hecho, los escolares están
obligados a aprender ruso. El retrato de Irán, en cambio, es “templado en el
mejor de los casos”. En parte porque “el currículum en conjunto tiene por ejes
el panarabismo laico” y la posición de Siria como parte integral de la “nación
árabe”, a la cual Irán, señaladamente, no pertenece; pero también porque Irán
ha sido históricamente el gran rival del mundo árabe.
Aunque los libros de texto elogian la
revolución islámica de 1979 y el subsiguiente antagonismo de la República
Islámica hacia Israel y Occidente, que Siria comparte, no cuentan mucho sobre
el país conocido milenariamente como Persia.
Así, los manuales dicen que el mundo árabe
padeció la “dominación cultural” del Imperio persa durante el califato abasida,
y a veces incluso que las tierras árabes estaban bajo la “ocupación persa”.
Esta ocupación no sería, por lo demás, cosa del pasado: los libros citan la
provincia iraní de Juzestán como una de las “áreas usurpadas a la nación
árabe”; de hecho, se dice que es “una de las regiones usurpadas más
importantes”.
¿Y qué hay de Hezbolá, la milicia libanesa
patrocinada por Irán que desempeñó un papel clave en algunas de las victorias
más importantes de Asad, al oneroso precio de que más de un tercio de sus
combatientes murieran o resultaran heridos? Ni siquiera merece una mención en
los manuales, refiere el informe.
Reparemos ahora en la mayoría chií de Irak,
que en parte también debe su mera existencia al apoyo iraní: después de que el
Estado Islámico se hiciera con grandes franjas del país hace unos años, las
milicias chiíes patrocinadas por Teherán resultaron cruciales para recuperar
ese territorio. El apoyo aéreo proporcionado por la coalición encabezada por
EEUU también desempeñó, obviamente, un papel fundamental, pero en tierra las
milicias respaldadas por Irán estuvieron entre las tropas más efectivas.
Aparte de esa enorme ayuda militar, Irán es
uno de los principales socios comerciales de Irak y un importante proveedor de
electricidad. Sin embargo, las protestas que se han venido registrando en el
sur del país, gran bastión chiita, no se han centrado únicamente en la
corrupción y la disfunción del Gobierno iraquí: también se han dirigido contra
organizaciones vinculadas a Irán. El Jerusalem Post informó recientemente de
que unos manifestantes incendiaron una base de la milicia Kataib Hezbolá,
respaldada por Irán. También irrumpieron en el aeropuerto de Nayaf, y “los
lugareños dijeron que habían saqueado aviones iraníes”. Además, pusieron en la
mira a funcionarios pertenecientes a los partidos Dawa y Bader y a la milicia
Asaib ahl Al Haq, “todos ellos con estrechos vínculos con Irán y los Cuerpos de
la Guardia Revolucionaria Islámica”. “Según el experto en Irak Haidar al Joei”,
proseguía el diario israelí, “los manifestantes corearon ‘Los del partido iraní
Dawa son los safávidas’, en referencia al Imperio persa, en un intento de
presentar a los partidos iraquíes que tienen respaldo iraní como exponentes de
la toma del país por parte de Irán”.
Ni la suspicacia siria ni la hostilidad
iraquí deberían sorprender demasiado. Ambos países entienden que Irán no les
proporcionó esa enorme ayuda militar por su bondad. Su objetivo es convertir
Siria e Irak en satrapías propias, como ya lo es el Líbano bajo el control de
Hezbolá. Y ni a los sirios ni a los iraquíes les entusiasma esa perspectiva.
(Rusia, obviamente, tampoco está ayudando al régimen de Asad por altruismo,
pero parece buscar reciprocidades más limitadas, como concesiones petrolíferas
y bases navales, en vez de la dominación total del país).
Por descontado, esto no significa que Siria
e Irak vayan a enseñar la puerta de salida a Irán en el futuro próximo; ambos
siguen dependiendo demasiado de Teherán. Pero sí significa que el objetivo
iraní de dominar Oriente Medio podría encontrar más obstáculos de lo que
parecía hace unos años, por lo que un repliegue iraní parece más factible.
Ahora bien, para lograrlo habrá que
continuar bregando para hacer insostenible el aventurismo militar iraní. Las
nuevas sanciones previstas por la Administración Trump son un paso importante.
Pero la Unión Europea está yendo en la dirección opuesta. En efecto, está
considerando lanzar un salvavidas económico a Teherán al permitir que su banco
central abra cuentas en bancos centrales europeos.
Washington debe dejar claro a Europa que
eso tendría importantes consecuencias para el acceso europeo al sistema
financiero estadounidense. Ahora que los iraquíes, los sirios y los propios
iraníes están expresando su creciente descontento con la injerencia iraní en
otros países, no es el momento de que Occidente flojee.