Lecciones temerarias sobre Libia

13/Abr/2011

Clarín, Juan Gabriel Tokatlian

Lecciones temerarias sobre Libia

13/04/11 Una de las consecuencias más contraproducentes que se podría derivar de la intervención militar de la OTAN es la idea de que proliferar en materia nuclear puede ser más racional que no hacerlo para enfrentar una potencial agresión.Por JUAN GABRIEL TOKATLIANPROFESOR DE RELACIONES INTERNACIONALES (UNIVERSIDAD DI TELLA)La guerra contra Libia, lanzada por la OTAN con el aval de la ONU y el beneplácito de la Liga Árabe, ofrece varias lecciones sobre el futuro del uso de la fuerza , sobre los ataques preventivos, la seguridad ciudadana, la acción punitiva y el principio de no intervención. También ilustra sobre la injerencia humanitaria, la ética internacional, la credibilidad de Occidente y sobre la forma como se otorga el Premio Nobel de Paz, además de que habla de la geopolítica de los recursos estratégicos, del valor de la diplomacia, de la legitimidad de las instituciones regionales y mundiales y de las guerras civiles pos-11 de septiembre, entre otros temas.En esa dirección, una de las consecuencias más graves que se podrían derivar del caso libio sería concluir que proliferar en materia nuclear es más racional que no hacerlo. Para comprender mejor este argumento hay que remontarse a los efectos de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Estados Unidos. A partir de ese día la política de defensa y seguridad de Washington adquirió contornos más ofensivos y agresivos. Estados Unidos continuó respaldando la no proliferación , esto es; la preservación, el aumento y la intensificación de los controles globales sobre los materiales y las tecnologías que pudieran servir, directa o indirectamente, a la fabricación y el despliegue de armas nucleares.Sin embargo, incrementó, más que cualquier otro actor internacional, la contra-proliferación, esto es; el conjunto de medidas diplomáticas, militares y de inteligencia orientada a neutralizar y combatir frontalmente programas activos o potenciales destinados a producir u obtener armas de destrucción masiva.En ese contexto se debe ubicar la identificación y el asedio sobre lo que se llamó el “eje del mal”. En enero de 2002, en el marco del discurso sobre el “estado de la unión”, el presidente George W. Bush acusó a Irán, Irak y Corea del Norte de apoyar el terrorismo transnacional y de procurar armas de destrucción masiva. En mayo de ese año, el entonces Subsecretario de Estado para el Control de Armas y la Seguridad Internacional, John Bolton agregó a Cuba, Siria y Libia a ese eje maléfico. Desde entonces, los hechos muestran que la tentación por proliferar puede ser la mejor alternativa para algunos estados . Por ejemplo, a pesar de no disponer de armamento nuclear, Cuba sigue siendo objeto de un bloqueo por parte de Estados Unidos e independiente de la administración de turno.En 2003, y sin ninguna evidencia respecto de su presunto arsenal de armamento nuclear, Irak fue invadido y ocupado. En 2007, la Casa Blanca y la CIA confirmaron que Israel había llevado a cabo la “Operation Orchard” consistente en el bombardeo de un sitio en el cual presuntamente se estaba construyendo un reactor nuclear . Para 2010 tenía certeza de que Corea del Norte ya poseía al menos dos cabezas nucleares y contaba con la necesaria capacidad misilística de lanzamiento.En 2011 persiste un impasse internacional respecto al programa nuclear de Irán; programa que se presume, según informes de inteligencia estadounidenses, que en cinco años podría culminar en la construcción de un arma nuclear.Después del ataque a Irak, el gobierno de Muammar Kadafi anunció en diciembre de 2003 la decisión de renunciar a su iniciativa nuclear, de abandonar su proyecto misilístico y de desmantelar su arsenal de armas químicas. Durante unos años, Occidente presentó el caso libio como un positivo ejemplo a imitar por parte de Irán y Corea del Norte: desarmar y eliminar programas nucleares con fines militares terminaba con el aislamiento y el ostracismo , facilitaba la reanudación de negocios e intercambios y le devolvía prestigio y reconocimiento a nivel regional y mundial.El reciente ataque aéreo a Libia deja una lección bien distinta para muchos países. Parecería que perder el factor disuasivo que significa contar con un plan nuclear y tener la voluntad de sostenerlo facilita, antes que dificulta, el uso de la fuerza por parte de otros estados, próximos o distantes. Cualquier abandono de la ambición nuclear sería la antesala a ser percibido como débil y vulnerable.No proliferar no paga ; por el contrario, generaría nuevos costos derivados del comportamiento militar de los que supuestamente debieran estar más satisfechos por que se eliminó la amenaza.En breve, es altamente posible que varias naciones con capacidad nuclear pacífica miren ahora a Irán y Corea del Norte y concluyan que proliferar desde la periferia es la mejor opción para afrontar una potencial agresión.