El otro antisemitismo que inquieta a Alemania

20/Jun/2018

La Vanguardia, España- Por María Paz López

El otro antisemitismo que inquieta a Alemania

En el país donde el Holocausto se enseña en
las escuelas desde temprana edad, donde la memoria histórica se ejerce en modo
vigilante y donde el Estado considera que Alemania tiene responsabilidad
especial hacia judíos e israelíes debido al abyecto pasado nazi, el
antisemitismo sobrevive pese a los esfuerzos por erradicarlo, y se nutre de
adeptos más allá de los neonazis autóctonos. En una entrevista en abril en la
cadena israelí Channel 10 News, la canciller alemana, Angela Merkel, admitió
que “Alemania está experimentando nuevos fenómenos; refugiados y otras personas
de origen árabe están trayendo una forma diferente de antisemitismo al país”.
Tras la apertura de fronteras impulsada por Merkel
en el verano del 2015, llegaron a Alemania más de un millón de solicitantes de
asilo, la mayoría musulmanes procedentes de Oriente Medio, donde abunda la
retórica antisemita y antiisraelí. Esa postura se ha agregado a la ya existente
en una parte de la población del país, que se mantiene estable. “Las
estadísticas indican que desde hace decenios el 20% de la sociedad alemana, es
decir, uno de cada cinco alemanes, tiene prejuicios contra los judíos”, explica
el presidente del Consejo Central de los Judíos en Alemania, Josef Schuster,
durante un encuentro esta semana con corresponsales extranjeros.
El antisemitismo autóctono es el de siempre:
“Uno de cada cinco alemanes tiene prejuicios antijudíos”, dice Josef Schuster,
líder del Consejo Judío
Conoce bien el antisemitismo, especialmente el
de alemanes autóctonos, Evgeni Abramovyc, gerente del equipo de fútbol judío
TuS Ma­kkabi de Berlín. “Nuestros jugadores son escupidos, pateados e
insultados en el campo, y esto son sólo pequeños detalles; una vez el juego se
volvió tan extremo que los jugadores del otro club amenazaron de muerte al
equipo, el partido fue cancelado”, explica Abramovyc. En una ocasión, en el
otro equipo había muchos jugadores árabes, y el partido acabó en disturbios.
Hace tiempo que no hay incidentes tan graves como esos dos, dice Abramovych,
pero “los escupitajos, insultos y patadas” vuelven una y otra vez.
En el caso de los solicitantes de asilo
llegados a Alemania, o se han formado en la actitud antijudía predominante en
su país de origen, o la están adquiriendo aquí con otros refugiados o con
imanes. “Muchos refugiados musulmanes asocian a los judíos con la riqueza y el
poder, y les atribuyen la responsabilidad de guerras en el mundo; la mayoría
tienen un antisemitismo que podríamos denominar clásico”, explica la politóloga
Sina Arnold, coautora del estudio de la Universidad Humboldt Primeros indicios
de muestras de antisemitismo en refugiados y posibles estrategias para
afrontarlos.
La estadística no indica un vínculo entre inmigración
y delitos antisemitas, pero, si un caso es dudoso, la policía se lo atribuye a
la extrema derecha
Un estudio de la Fundación Hanns Seidel
–vinculada al partido socialcristiano bávaro CSU– corrobora ese análisis. Según
un sondeo realizado con 780 refugiados llegados a Baviera, el 52% de los
sirios, el 53% de los iraquíes y el 57% de los afganos opinaron que “los judíos
tienen demasiado poder en el mundo”. La especialista Arnold señala que “en
general, reproducen un nacionalismo antijudío aprendido en la escuela, con los
sionistas como gran enemigo”. “Sobre el conflicto palestino-israelí –añade–,
son muy críticos con Israel y no diferencian entre judíos e israelíes. Del
Holocausto saben muy poco, o nada”.
Esta actitud se está notando en escuelas públicas
de Berlín, donde se han dado casos de niños refugiados que han insultado o
acosado en el patio a niños judíos. Resultado: familias judías cambian a sus
hijos a escuelas judías o a centros privados.
Para contribuir a remediarlo, una entidad en
el multicultural barrio berlinés de Kreuzberg instruye a jóvenes refugiados
para que transmitan a otros menores refugiados la perversidad del
antisemitismo. Lo hacen con talleres en las llamadas Willkommensklassen (clases
de bienvenida), donde estudian los alumnos migrantes a la espera de tener el
nivel suficiente de alemán para ingresar en el ciclo escolar normal. “Los
propios refugiados deben hacer esa tarea de sensibilización con otros
refugiados, para convertirse en parte de la solución en lugar de ser percibidos
como parte del problema”, arguye Aycan Demirel, director de la entidad KIgA
(Iniciativa de Kreuzberg contra el Antisemitismo), él mismo de origen turco.
Estamos en la sede de KIgA, rodeados de libros
sobre el genocidio judío en el régimen nazi, y Demirel recuerda que los
adolescentes refugiados, como también sus padres, suelen tener escaso
conocimiento histórico del Holocausto, lo cual unido a prejuicios antijudíos de
sus países, y al sentimiento de sentirse discriminados por la islamofobia occidental,
genera o refuerza el antisemitismo. Para atajarlo, en KIgA se busca generar
empatía e identificación. “En un taller, se relata la historia real de un
médico musulmán de Berlín, que en la época nazi salvó a judíos de la
persecución”, explica.
Los veinteañeros sirios Sandy y Samer
(prefirieron no dar sus apellidos) están en el grupo que va a las escuelas a
narrar esa historia en árabe. Ella estudió contabilidad en su país; él se
licenció en Economía en la Universidad de Damasco. “Siempre me han interesado
la política y la historia; los alemanes creen que en el mundo árabe todos son
antisemitas, pero en nuestras ciudades hemos vivido personas de distintas
religiones juntos sin problemas”, apunta Sandy. “Cuando reflexiono sobre la
responsabilidad de Alemania por el nazismo, me pregunto si también todos los
sirios cargaremos después de la guerra con una responsabilidad por lo que están
haciendo El Asad y el EI”, dice Samer.
En un ambiente de inquietud por el
antisemitismo, Alemania vivió el 25 de abril una jornada de solidaridad, con
concentraciones en Berlín y otras ciudades, a las que los participantes
acudieron tocados con kipá, el casquete usado por los hombres judíos. El
detonante concreto fue un suceso en el distrito berlinés de Neukölln. Un chico
con kipá –no era judío, era un israelí árabe que llevaba la kipá como
experimento– fue atacado por un joven, que le gritó yahud (judío, en árabe) y
le azotó.
El caso desató un amplio debate. Con todo, la
estadística indica que el vínculo entre inmigración y delitos antisemitas es
débil, aunque haya lagunas informativas. De los 1.366 delitos de ese tipo
documentados en el 2015, sólo 78 fueron atribuidos a migrantes. La mayoría
(1.246) fueron adjudicados a la extrema derecha. Pero atención: ocurre a menudo
que la policía, en casos dudosos, tiende a atribuir el delito antisemita a la
extrema derecha, como alertó la investigadora Ann-Christin Wegener en un
estudio de finales del 2017 para la Oficina de Protección de la Constitución
del land de Hesse. Además, escribe Wegener, “los símbolos de la extrema derecha
están perseguidos en Alemania; pero no hay un equivalente islamista, por lo que
los delitos cometidos en lengua árabe o turca acaban recibiendo menor atención
policial”.
Este año, el antisemitismo ha hundido los
prestigiosos premios Echo, los más importantes de Alemania en el ámbito
musical. A inicios de abril, recibieron el galardón dos raperos alemanes,
Kollegah y Farid Bang, una de cuyas canciones dice: “Mi cuerpo está más
definido que los de los prisioneros de Auschwitz”. Kollegah, un converso al
islam cuyo nombre verdadero es Felix Blume, y Farid El Abdellaoui, de origen
marroquí, aseguraron que no odian a los judíos. Pero la indignación llevó a
premiados en ediciones anteriores a devolver su galardón, y a la postre a la
cancelación definitiva de los Echo. Kollegah y El Abdellaoui visitaron la
semana pasada Auschwitz, en un ejercicio de comprensión de un pasado nazi que
antes claramente se les escapaba.
“Lo que ha cambiado es que desde la posguerra
había unas líneas rojas, y ahora se han traspasado –alerta el presidente del
Consejo Central de los Judíos en Alemania, Josef Schuster–. La gente se atreve
ahora a decir cosas sobre los judíos que pensaba ya antes, pero que no
expresaba en público”. Ese cambio se debe, a su juicio, al partido
ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) y a sus ataques a la cultura de
la memoria histórica por orgullo ultranacionalista, un diagnóstico que comparte
el comisionado contra el antisemitismo, Felix Klein. La canciller Merkel creó
este nuevo cargo tras la quema de banderas israelíes y proclamas antijudías en
Berlín –esta vez sobre todo a manos de extremistas de izquierdas– en protesta
por la decisión de Trump de considerar Jerusalén como capital de Israel. Según
Klein, que tomó posesión a finales de abril, el antisemitismo se ha vuelto más
“evidente”, y “la AfD ha contribuido a ello”.
La paradoja es que la AfD, volcada en la
islamofobia, se esfuerza por contener el antisemitismo latente en sus filas. Un
reciente informe del Ministerio del Interior indica que “los partidos
populistas derechistas se están concentrando en los musulmanes, e intentan
evitar en la medida de lo posible aparecer como antisemitas”. El comisionado
Klein ve en los refugiados “otro problema en términos de antisemitismo; los
salafistas y otros grupos radicales intentan influenciarles, y ahí es donde las
autoridades de seguridad deben mantenerse vigilantes”. Mientras, el judío
Schuster llama a reforzar los cursos de integración, incluyendo no sólo esa cuestión,
sino también la igualdad de las mujeres y de todas las orientaciones sexuales.
También en eso hay actitudes de riesgo entre los migrantes.