Nuestras guías en Vilna son mucho más que
guías turísticas. Son bibliotecarias,
profesoras de historia o literatura y algo imponderable: son testigos de un
pasado que fluye y de a ratos se hace presente. Ellas han nacido en Lituania y
vivieron la Shoá en carne propia. Nos une una ligazón personal: su testimonio
es también nuestro al compartirlo en el idioma Idish en que seguimos estas
investigaciones.
Fira Bramson (1) dirigía la Sección Judaica
de la Biblioteca Nacional de Vilna.
-Matías Strashunas fue todo un personaje en
la Vilna del siglo XIX. Era un judío de familia rica, un talmudista y comentarista
de ley hebrea que se pasó la vida haciendo tareas de ayuda societaria y
estudiando todas las ramas del conocimiento posibles, nos dice. Cuando
falleció, legó toda su biblioteca, más de cinco mil libros de tema judaico, en
Hebreo, Idish e idiomas europeos, a la comunidad judía de Vilna. Tanta gente
venía a leer a la sala de lectura, que la comunidad le construyó un edificio
especial, junto al Shul hoif (el patio de la Gran Sinagoga). Ahí siguió recibiendo más libros, antes de la
guerra la biblioteca llegó a tener unos 35.000 tomos, algunos manuscritos
hebreos, muy antiguos. Ese edificio quedó dentro del gueto y todavía sigue en
pie, aunque está vacío y muy dañado. Pero la biblioteca judía más grande de
Vilna era la del IWO, (Instituto de investigación judía). Aquí prestaban los
libros a domicilio. El IWO, el centro más grande del mundo en estudios e
investigación del Idish y la cultura judía empezó en Vilna, en 1925, funcionado
en un local que era un apartamento del mismo edificio en que vivía Max Weinrach,
quien fue su primer director. La institución creció tanto que a los pocos años
lanzó una campaña de bonos de colaboración y consiguió construir su edificio
propio, en la calle Vivulskio. En ese edificio, el IWO celebró sus 13 años, su
bar mitzvah. Poco antes de la guerra, habían reunido 100.000 libros o tal vez
más, además de otro tanto en diarios, revistas manuscritos, y su propia
publicación, IWO Bleter. (hojas del Iwo) .
-¿Se salvaron esos libros y periódicos?
pregunta un estudiante.
-Algunos. El edificio del IWO quedó fuera
de los muros del gueto, pero fue destruido hacia el final de la guerra.
Mientras existió el edificio, así como los nazis obligaron a muchos judíos a
salir del gueto todos los días a trabajar en sus fábricas y talleres, formaron una brigada de
escritores judíos que tuvo que ir a trabajar al IWO para los alemanes,
buscándoles los libros que ellos se querían llevar. A esos trabajadores,
nosotros los llamábamos la “papir brigade” (la brigada de papeles). Los nazis se llevaron de la biblioteca
Strashunas y de la del IWO de Vilna, todos los libros y manuscritos en Hebreo e
Idish antiguos que pudieron encontrar, para ellos eran valiosos como
“antigüedades”. Se ufanaban de lograr recoger “la cultura judía, sin
judíos”. Muchos libros aparecieron
después de la guerra en Frankfurt y los distribuyeron entre la National Library
y el IWO de Nueva York y bibliotecas en Israel
-¿Después de la guerra, no quedaron en
Lituania, libros en Hebreo e Idish?
Fira Bramson se sonríe.
-Cuando los nazis se fueron de Lituania…
entraron aquí los soviéticos. Con ellos
los únicos libros en Hebreo o Idish que pudieron quedar fueron los que estaban
bien escondidos. Si las autoridades los encontraban, se los llevaban a Moscú.
Cada tanto algunos salen a la luz desde los archivos rusos.
Casi sin darnos cuenta, ella se desliza hacia su historia personal.
-Yo vivía en Kovno. El día en que me gradué
en la secundaria, me dieron la llave del Hoif (patio) para poder volver a casa
sola después de las diez de la noche, la hora en que se cerraban con llave los
patios de la ciudad. Con esa llave en mi bolso, me sentía “persona madura”. Esa
noche nos encontramos todos los compañeros de clase y estuvimos conversando de
nuestros planes de futuro hasta las tres de la madrugada. Yo me iría con un
grupo de jóvenes, a estudiar a la Universidad de Leningrado, viviría en esa
ciudad en casa de mis tíos. Mis compañeros de clase me envidiaban por el futuro
que se abría delante de mí. ¡Qué ignorantes que estábamos de lo que tramaban
los nazis! Una hora, fue todo lo que me duraron mis planes. A las cuatro de la
madrugada, ya en mi casa, empezamos a ver los incendios y escuchar los
bombardeos. Los nazis habían entrado en Kovno. A la mañana siguiente, de
acuerdo al plan trazado, nuestro grupo de jóvenes salió para Leningrado, pero
ya estaba cerrada la frontera. El grupo fue viajando hacia el Sur, acabamos
refugiándonos en Kazakstán y allí sobrevivimos hasta que terminó la guerra.
El tono de voz de nuestra guía ha cambiado. Al relatar sus memorias, se
ha vuelto más firme y fuerte.
-Cuando terminó la guerra y volvimos a
Lituania, los soviéticos estaban aquí.
Durante muchos años, si le encontraban a alguien un libro en Idish o en
Hebreo, podía ir a la cárcel por reaccionario. Hasta que en Moscú no comenzó la
política de la perestroika, (transparencia) no se pudo ni pensar en organizar
museos judíos, bibliotecas en Hebreo ni en Idish. En 1998 yo estaba jubilada y viviendo en
Vilna, cobrando mi pensión, cuando me invitaron a ver los libros en letras
hebreas que estaban llegando a la Biblioteca Nacional de Vilna. Llegué a un
palacio destartalado donde me mostraron montañas de tomos de Talmud,
comentarios bíblicos en Hebreo y Arameo y libros en Idish, todos mezclados,
llenos de suciedad y oliendo a humedad.
-Usted es traductora y entre los idiomas
que conoce, están el Hebreo y el Idish, me dijo el Director de la Biblioteca.
Las autoridades anunciaron que empezaremos a armar la Sección Judaica de la
Biblioteca Nacional de Vilna y están llegando cajas de libros desde lugares
donde los han guardado durante muchos años. Vienen remitos desde iglesias,
conventos, de gente que reconstruye sus casas y encuentra escondites de libros
en sótanos y altillos. Hay que saber leer lo que dicen para catalogarlos.
-Mi
primera reacción fue “para qué quiero meterme en esto”, pero allí, en ese palacio
de paredes descascaradas, no pude evitar empezar a mirar algunos títulos y
hojear varios libros, relata ella. Sentí que eran libros salvados con tanto
trabajo y dificultades, por gente que ya no podía leerlos. Pero yo sí, sabía
leerlos y estaba allí. Me di cuenta de que esa tarea me estaba esperando a mí y
yo no podía dejarla. Yo no sabía nada de bibliotecnia, lo fui aprendiendo a
medida que trabajaba. Ahora estoy al frente de la Biblioteca judía más grande
de Lituania, que es la Sección Judaica de la Biblioteca Nacional en Vilna. Para
mí es mucho más que un trabajo. Tengo el alma metida en la tarea.
Fania
Brantsovsky nos guía durante casi tres horas por las calles de Vilna que
quedaron fuera del gueto. Fania nos
descubre en idioma Idish decenas de sitios que fueron centros de vida judía en
una Vilna que fue y ya no está, pero ella la sigue viendo y escuchando sus
ecos. Escuelas y yeshivot (academias talmúdicas), apartamentos donde
vivieron poetas, escritores y actores de
teatro de la escena Idish , teatros,
diarios, imprentas, la panadería donde
ella compraba el pan cuando era niña…
nada escapa a su memoria en cada
esquina de la ciudad. Nos deleita además, con datos y episodios menudos, que en
las guías turísticas y los libros de historia, no figuran.
Se detiene ante un edificio en la calle
Basanavicius.
-Aquí había una escuela judía de varones,
ahora el edificio pertenece al Ministerio de Cultura. ¿Ven esos balcones del
primer piso? El día de la fiesta de fin de año, los alumnos salían a esos
balcones y le arrojaban flores a la gente que pasaba por la calle.
Nos muestra una casa de la calle
Islandijos.
-Esto era una parte del Instituto
Tecnológico ORT, dice Fania. En este local sólo venían a estudiar varones, aquí
mi hermano aprendió el oficio de técnico electricista.
Doblamos en la calle Pylimo.
-Esta calle era el borde de la ciudad, más
afuera estaba el bosque al que íbamos a pasear cuando yo era niña. Este
edificio que ahora es una policlínica médica era el Gimnasium (liceo)
Tarbut, donde la enseñanza era sólo en
Hebreo. Si los alumnos hablaban durante la clase, una palabra en Idish o en
polaco, tenían que poner como multa, una moneda en la alcancía del “Keren
Kayemet”. (fondo para comprar tierras en Israel ) .
Llegamos a la calle Karmelitu.
– Esta calle marcaba la pared exterior del
gueto. ¿Ven aquí? En este lugar todavía
están claras las marcas de las ventanas que fueron tapiadas por los nazis,
cuando cerraron el gueto.
Se detiene frente al edificio donde estaba
la casa impresora Romm .
-De esta imprenta salieron, desde los
tiempos del Zar, una tras otra, las ediciones del Talmud en Hebreo y Arameo y
la literatura en Idish. Durante la guerra, los nazis entraron y derritieron
todas las cajas de letras de la imprenta, que eran de metal, para hacer balas. Después, convirtieron este local en talleres
para fabricar uniformes y suministros de sus tropas. El que dirigía esos
talleres fue el Mayor Plage, uno de los escasos alemanes que salvó vidas de
niños judíos; los escondía en el edificio, entre las pilas de telas, hasta que
podía hacerlos llegar a un convento de monjas. Plage no tenía familia, ¿saben?
Mientras vivió, continuó escribiéndoles siempre, cartas a los niños que había
salvado. Esos muchachos lo hicieron
viajar a Israel para nombrarlo entre los “justos de las naciones” en el Iad
Vashem (Centro recordatorio). Después, todos viajaron a Darmstadt, a la ciudad
de Plage, y le hicieron allí un homenaje en agradecimiento por haberles salvado
la vida.
-El edificio parece deshabitado. ¿Podemos
entrar?, pregunta un estudiante.
-Es peligroso entrar, porque algunas paredes
amenazan caerse. En los últimos años, incluso quedaron al descubierto algunos
huecos de las paredes. ¿Saben lo que apareció en esos huecos? No lo podríamos
creer. Juguetes rotos y muñecas viejas que dejaron aquellos niños…
Fira Bramson Z’l nació en 1924 en Kovno y falleció en Vilna en 2016
Investigando en Idish en Vilna
08/Jun/2018
Por Esc. Esther Mostovich de Cukierman, para CCIU