El primer domingo de agosto del 2006, los
alumnos del curso de Idish en Vilna, estamos en dos autobuses de turismo, en
viaje a Kovno. Nuestra guía se llama Fania Brantsovsky, es pequeñita, de
cabello cano y ojos luminosos. Con ella podemos investigar historia en el lugar
de los hechos. Fania nació en Kovno antes de la guerra, estuvo en el gueto de
Vilna y de allí logró escaparse a los bosques para unirse a los partisanos. El único idioma común que tenemos con ella es
el Idish. ¡Vamos a investigar en idioma Idish!
En el
ómnibus, le muestro una foto del año 1940, donde se ve el consulado japonés en
Kovno, con Senpo Sugihara y su familia en la vereda.
-¿El cónsul Sugihara? Sí, él vivía en Kovno.
Esa casa está, pero sólo se puede ver desde la calle. No ha cambiado, tiene la
misma reja a la entrada, detrás de la que se paraban en 1940 los judíos polacos
durante días, hasta conseguir la visa japonesa para poder viajar a América. La
mayoría de esos judíos acabó en el gueto judío de Shanghai, pero al final de la
guerra, de allí salieron con vida.
-¿Solamente los judíos polacos se salvaron de
la guerra con las visas de Japón? ¿Los judíos lituanos, no?
-¿Ir a Japón? Para nosotros era una idea tan
descabellada…
Atravesar toda Rusia en
tren, hasta llegar al puerto de Vladivostok, tomar allí un barco a Japón, con
la loca esperanza de conseguir luego cruzar el Océano Pacífico para llegar a
América … Pero ¿de qué y cómo íbamos a
vivir en el camino? Los judíos lituanos teníamos nuestra casa donde pensábamos
que viviríamos tranquilos. No imaginábamos que los nazis estuvieran planeando
invadir Lituania. Los polacos estaban en otra situación. Los nazis entraron a
Polonia antes que a Lituania, todos los días llegaban judíos polacos a Vilna,
huyendo de la guerra. No tenían techo, comían gracias a las cocinas populares
que mantenía el Joint. (1) Ningún país
aceptaba darles visa de entrada, ellos se aferraron a lo único que encontraron.
Quienes lo pidieron, consiguieron el sello del cónsul holandés en su pasaporte.
¿Sabes lo que ese sello decía? -No
-Pues no era un permiso de libre tránsito, ni
una “visa para inmigrar “. Simplemente decía. “No se precisa visa para entrar a Curaçao “. Ese era todo el sello holandés. Había
refugiados que ni tenían pasaporte y los holandeses le estampaban el sello en
cualquier papel. El cónsul Sugihara ¡puso en esos papeles, visa de tránsito por
Japón!
La guía mueve la cabeza, mostrando, todavía hoy, su incredulidad.
-Los pobres judíos no podían ni pronunciar el
nombre del país, pero solicitaban al cónsul de Japón, visa de tránsito para
llegar allí. Visa japonesa para ir a “Kurasow”, decían, una remota colonia
holandesa en alguna parte de América, ¿qué les importaba que estuviera sobre el
Mar Caribe? Aquí en Lituania ellos eran refugiados, donde fueran, seguirían
siendo refugiados. Las autoridades japonesas le prohibieron al cónsul dar esas
visas de tránsito para Japón, pero él no les hizo caso. Era un ser humano y no
pudo dejar de ayudar a otros seres humanos para salvarles la vida. Miles de judíos polacos se amontonaron día y
noche en la calle, frente al consulado japonés de la ciudad de Kovno. Se supone que unas seis mil visas llegó a dar
Sugihara en esos pocos días de agosto de 1940, hasta que su gobierno lo obligó
a irse de Kovno. Cuando llegó a su país,
lo mandaron a la cárcel. Varios años más tarde, lo rehabilitaron.
-¿Vamos a ver algún monumento dedicado a
Sugihara?
– En Kovno, no. Después que los soviéticos se
fueron de Lituania, en Vilna se levantaron dos monumentos y se nombró una calle
en su honor. Aquí, en el museo del 9º. Fuerte, que es nuestra primera visita de
hoy, hay toda una sala dedicada a él y a los judíos que se salvaron de los
nazis gracias a sus visas. Allí verán esas visas consulares, promete nuestra
guía.
El
9º. Fuerte en las afueras de Kovno, fue puesto militar y prisión de la época de
los Zares, de los nazis y de los soviéticos, ahora es un museo. Nos muestran el
enorme monumento que está antes de la entrada, que los soviéticos hicieron para
honrar a los comunistas asesinados en Lituania entre las dos guerras
mundiales y las pequeñas placas que el
gobierno permitió colocar a muchas comunidades de judíos para honrar a los
suyos. Se nota que a la guía, hasta esta
diferenciación en el tamaño de los monumentos conmemorativos, le sigue
doliendo, pero lo asume como parte de la
realidad de las cosas.
La
guía nos señala el enorme portón de hierro a la entrada de la prisión y nos
cuenta cómo pudo huir de allí un grupo de judíos durante la Segunda Guerra
Mundial.
-Ese grupo de prisioneros era el encargado de
arrastrar los cuerpos después que los nazis y sus ayudantes lituanos los
ejecutaban. Entre tanda y tanda de sus tareas, a estos prisioneros los hacían
retirarse hacia atrás, junto al portón. Mientras estaban aquí, tapándose los de
atrás con los de adelante, hicieron minúsculas perforaciones en ese portón, una
junto a la otra, hasta que una noche, la chapa agujereada les permitió hacer
una abertura y escapar a los bosques.
El museo está en las antiguas celdas de la
prisión. Los nombres de los 64
prisioneros que pudieron huir en ese escape por el portón agujereado y de los
22 de ellos que sobrevivieron al final de la guerra están en la primera celda
que visitamos. Le pregunto a la guía si falta mucho para llegar a la exposición
de Sugihara.
-Está unos metros más adelante, me dice. La
foto de él está en la puerta.
Ella sigue mostrándonos el museo. Nos hace ver las fotos del “Convoy 73“
que trajo hasta aquí a 878 judíos franceses, después de la guerra sus
familiares han preparado placas y homenajes en su honor. En esta celda se
encontraron, arañados en la pared, mensajes dejados por algunos integrantes de
ese grupo.
Una estudiante joven observa:
-Pero esta celda es tan pequeña. ¿Cómo van a
entrar aquí 878 personas?
La guía la mira, sacude la cabeza y respira
hondo.
-Muchos de ellos nunca entraron. Es cierto,
aquí, en las celdas del 9º. Fuerte no había lugar para prisioneros. En las
barracas de Auschwitz y de otros campos de concentración, quedaron
sobrevivientes. Aquí y en Ponar, el campo nazi cercano a Vilna, no había
barracas, ningún sobreviviente, sólo cenizas. ¿Viste a la entrada, el paredón
largo, junto al muro de piedra y tierra? pregunta la guía. Cuando el convoy de
camiones llegaba, los judíos ya estaban encadenados, 20 a 30 personas por
grupo. Los bajaban en fila y los hacían caminar hasta el paredón, ahí se
gastaban una bala por cada uno. En unos minutos, los judíos encargados llevaban
los cuerpos al gran quemadero a cielo abierto y dejaban el paredón limpio para
el siguiente grupo… Si el convoy llegaba temprano, muy pocos se tenían que
quedar a dormir hasta el otro día.
Se produce un silencio que nadie rompe.
Empiezo a sentir que esas paredes grises me ahogan. Salgo al corredor, quisiera ir a ver la
muestra de Sugihara, veo su foto junto a la reja de una celda abierta, quiero
entrar, pero me falta el aire. Subo la
escalera y salgo corriendo al exterior, siento mi estómago todo revuelto,
necesito mojarme la cara y sentir el viento fresco para poder respirar.
Al entrar a Kovno, atravesamos barrios de edificios de bloques estilo
soviético, todos iguales, por varias cuadras.
-Ahí estaba la plaza central del gueto, nos
dice la guía señalando un espacio vacío entre esos bloques de edificios. Esto
era todo, barrio judío que quedó convertido en cenizas. Este gueto fue a la vez
horrible y maravilloso, puso a toda la gente en situación límite. Sacó a la
superficie lo más vil y lo más cruel y también las más hermosas y sublimes
cualidades de los seres humanos.
Pasamos por el local de una fábrica y Fania
hace detener nuestro autobús.
– ¿Ven ahí, en el primer piso, el vitral con
la estrella de seis puntas? Aquí estaba la Slobodka Yeshiva, (academia rabínica
Slobodka) nos dice. Día y noche, los alumnos estudiaban aquí el Talmud. Era una
luz de cultura judía.
Nuestro grupo baja del ómnibus de excursión y
todos nos vamos caminando hasta la esquina en la que antes estaba el portón de
entrada del gueto, donde ahora hay un pequeño monumento. El tránsito es regular
y tranquilo. Dos calles confluyen en esa esquina. Un auto que está pasando
empieza a tocarnos bocina. Otro lo sigue, después un tercero. Varios de esos
autos empiezan a dar la vuelta a la pequeña manzana, en medio de una salva
continua de bocinazos. Fania toma un megáfono y sigue hablando, pero el ruido
que ha empezado en la calle no nos deja escuchar nada. Niños pequeños empiezan
a llegar corriendo y se ríen de nosotros…
Nadie nos toca. Pero consiguen lo que quieren. Los estudiantes que
queremos visitar el gueto tenemos que irnos a otra parte.
Nos llevan a visitar la única Sinagoga que queda en Kovno, llamada
“Coraline”. El edificio tiene más de cien años, era la “Sinagoga alemana”, la
única de judíos de tendencia conservadora en una ciudad que en 1939 tenía unas
40 sinagogas de “misnagdim” (judíos ortodoxos tradicionales) además de una
sinagoga y dos casas de oración de jasidim (judíos ortodoxos de tendencia
jasídica). Por fuera y por dentro, la sinagoga Coraline ha sido pintada de
blanco y celeste. En la parte interior, las rejas de metal son doradas. Los vitrales la iluminan con el sol de la
tarde que está cayendo.
Nos reciben judíos de la comunidad, nos hablan
en idioma Idish, nos dicen que reciben semanalmente la visita del mismo Rabino
que trabaja en Vilna. Ahora hay tal vez unos 400 judíos en Kovno… la gente
joven de la comunidad actual, se va de Lituania, buscando otros
horizontes.
En la galería alta de la sinagoga, está el
museo judío de Kovno. Me detengo a ver
algunos tomos de Talmud impresos en Vilna en el siglo XIX por la impresora “Romm,”
con el pie de imprenta en idioma ruso. Le pregunto a la guía del museo si
alguien está estudiando esos libros ahora. Ella me contesta en Idish.
-No, madame. No hay estudios de Talmud en la
ciudad desde la guerra.
Un panel muestra fotos de Rabinos que murieron durante la Shoá. Un
nombre allí me llama la atención: Rabino Daniel Mostovich. Busco nuevamente a
la guía del museo y le pregunto si sabe de dónde era ese Rabino.
-Nació en Kovno, era pariente mío. Mi apellido
es Mostovich.
-¡El mío también!, le digo, toda emocionada.
Mis abuelos Mostovich venían de la ciudad de Novybrod, en Polonia.
¿Es posible que su familia venga de allí?
-¿De dónde venían mis abuelos? De mi familia
nadie quedó vivo para contármelo. Kovno
pasó por una guerra, madame.
Nos quedamos las dos mirándonos una a la otra,
sin decir palabra. Es un silencio que parece hablar a gritos, diciendo tantas
cosas que las palabras se niegan a expresar. La guía suspira y me responde.
– En alguna época anterior, toda esta tierra
fue parte del Ducado de Polonia. ¿Sabe
usted? Un profesor de historia de la Universidad me dijo que hay una pequeña
ciudad en Polonia que se llama Mostova, yo la encontré en el mapa. La teoría de
él es que hace unos 250 años, cuando se formaron los apellidos familiares en
esta zona, llamaban Mostovich a los venían de la ciudad de Mostova, Ese podría
ser el origen de nuestro apellido. ¡Quién pudiera saberlo!
(1) Joint.
Organización de ayuda humanitaria judía fundada en Estados Unidos en 1914, con
el objetivo de prestar ayuda y asistencia social a los sobrevivientes de la
Primera Guerra Mundial. Continúa sus
tareas ayudando a comunidades necesitadas, judías y no judías del mundo.
Investigando en Idish en Kovno, Lituania
16/May/2018
Por Esc. Esther Mostovich de Cukierman