Llegó a Uruguay desde Israel a los 11 años,
con muchas horas de clase de canto encima. Había nacido en un kibutz, y en ese
ambiente comunitario, cuando detectaban una aptitud en los más pequeños, el
colectivo ponía sus esfuerzos en estimular y potenciar esas habilidades e
inclinaciones.
El destino, parece ahora, estaba definido:
Sara Sabah sería cantante y se dedicaría a esparcir el timbre de su voz allí
donde fuera. En 1984, sus padres regresaron a Uruguay, en parte por, como dice
ella, saudade. En parte porque en el país ya se vislumbraba el fin de la
dictadura militar, lo cual haría el aire mucho más fácil de respirar. Y en
parte, también, porque a medida que los niños iban creciendo, se venía la
obligación de servir militarmente al Estado de Israel. La familia se volvió a
instalar en Montevideo y ella siguió cantando y estudiando música.
Su cara empezó a ser más familiar cuando
empezó a integrar la banda de Ruben Rada, quien a mediados de la década de 1990
empezó una etapa de mayor profesionalización de su trayecto artístico y que
gracias a canciones como Cha cha muchacha tuvo un período de renovado éxito y
repercusión.
Sabah estuvo ahí, aportando su voz como
corista, durante aproximadamente una década, un período que, cuenta ahora, le
dejó varias enseñanzas. «Demoré en darme cuenta qué había aprendido con
él. Uno, cuando está haciendo las cosas, no se da cuenta. Pero aprendí a
convivir con una banda, y eso fue importante. También aprendí a cantar cansada,
algo que con la maternidad pasa todo el tiempo». Además, dice ahora,
aprendió lo que es «estar casada». «Mi marido siempre iba a
todos lados solo, porque yo estaba en la banda. Y la convivencia era distinta,
porque yo estaba dos días en casa y luego me iba de gira».
Musicalmente también aprendió, claro. Entre
otras, que hay cosas que solo se resuelven en un escenario, ante una audiencia.
Eso es algo que le transmite a sus alumnos en las clases de canto en la Escuela
Multidisciplinaria de Arte Dramático. «Por más que uno quiera aprender
solo y por su cuenta, hay cosas que solo se entienden si uno se revienta la
garganta ante un público y de esa manera llega a entender que así no puede
seguir respirando, por ejemplo».
En esos años también transitó por otro camino:
junto a Ana Prada, Beatriz Fernández y Lea Ben Sasson, Sabah formó parte del
cuarteto vocal La Otra. Ahí giró, grabó discos y se presentó junto a otros
artistas.
Cuando llegó la hora de ponerle la firma a su
primer disco, Álbum (2008), Sabah ya tenía un importante camino recorrido,
tanto en conservatorios —con todo el bagaje técnico y teórico que eso otorga—
como siendo parte de una banda que acompañó a uno de los más relevantes
artistas musicales que haya tenido Uruguay.
El primer disco fue hecho casi a dúo con el
pianista, compositor e intérprete Horacio Di Yorio, quien junto a Sabah
coprodujo artísticamente el trabajo y fue autor de varias de las canciones del
repertorio, ya sea solo o en coautoría con la protagonista. Con Di Yorio, Sabah
tuvo una sociedad musical fructífera en la primera etapa de su discografía,
mientras que hoy es el bajista Fernando Righi con quien establece el principal
diálogo artístico.
—¿Es una necesidad tener una contraparte, un
socio?
—Sí, porque soy bastante desorganizada.
Necesito trabajar con algún músico más organizado, que me ayude a ordenar las
ideas. Y me cuesta despegarme de la dupla. Durante unos años, fue Horacio y hoy
es Federico.
Ahora que tiene cuatro discos en su currículum
—de los cuales uno fue hecho junto al cantante brasileño Juliano Barreto,
Conexión (2010)— mira hacia atrás y se sorprende. «Hace poco estuve
trabajando con gente que se encargó de mi sitio web, y fue importante darme
cuenta que ya tengo cuatro discos. Pero los fui haciendo tranquila».
El más reciente de sus discos, Arvolera, fue
publicado en noviembre del año pasado, y es uno de sus trabajos más personales
y emotivos. En parte, porque Arvolera es un conjunto de canciones de música
sefaradí, melodías que sonaban a menudo en su hogar, junto a canciones de
Zitarrosa, Mercedes Sosa y otros artistas latinoamericanos. En parte, porque
es, hasta ahora, su álbum más ambicioso y costoso.
Grabado en Israel, Arvolera se gestó durante
cuatro años. «Conocí a Rony Iwryn, un músico uruguayo que se fue a vivir y
a estudiar música a Israel a los 18 años, empecé a ver en los proyectos que
estaba, y vi que había uno en el cual había una influencia de algo muy
tradicional, pero tratado de una manera contemporánea. Me llamó la atención que
musicalmente manejaran cosas que tienen mucha historia, pero que suenan
modernas».
De la intención al comienzo de la grabación
pasó un buen tiempo, porque había que hacer coincidir las agendas de Iwryn y
Yankale Segal, el otro productor del disco. Además, tema nada menor, había que
conseguir la financiación para todo. «Fueron meses de intercambios, hasta
que ellos pusieron una fecha. Y yo inicié una campaña de crowfunding para
conseguir el dinero». Aunque no llegó a la suma que pretendía
(«Siempre supe que iba a tener que poner de mi propio dinero»), no
anduvo muy lejos: «Me sorprendió mucho. Hubo gente que llegó a poner hasta
500 dólares. ¡Para algo que ni siquiera existía en ese momento! Fue
asombroso».
La grabación del disco también fue una
experiencia fuera de lo habitual, en parte porque hubo que establecer un
lenguaje musical en común. «A veces, uno de ellos me decía Esta canción
vamos a hacerla samai puro y yo ¿Samai? No entendía ese
ritmo árabe, no encontraba el uno. Rony me trataba de explicar, me decía Contá
como si fuera música hindú. Y yo seguía sin entender. Hasta que Federico me lo
escribió en un pentagrama. Se hizo la luz. Gracias Occidente, pensé aliviada»
(se ríe).
Para Sabah, hacer Arvolera en Israel, con
músicos y técnicos uruguayos y locales, con un repertorio de canciones que
forman parte de su vida familiar, fue un sacudón emocional. «Fue muy
emocionante cantar canciones que están ligadas a la familia de mis abuelos.
Estar ahí con músicos que no son judíos como Fede y como Nicolás (Parrillo,
percusionista), que son lo más Malvín que hay, y sentir que había una conexión
fue importante. Fue entrelazar cultura y amistad», relata.
Pero no solo eso. El disco, además, también
entrelaza música judía con sonidos del Medio Oriente, algo que la cantante y
compositora quiso plasmar de manera explícita. Porque, como dice ella, hay
gente que tiene el prejuicio que Israel tiene muy poco que ver con Medio
Oriente. «Y cuando hicimos el disco, trabajé con gente cuyos abuelos eran
libios o libaneses. En mi familia, eso también estaba presente, por ejemplo en
las comidas, como el hummus o la berenjena, que mi madre hacía y hace a
menudo».
El resultado justifica el prolongado y a veces
complicado proceso de gestación. Arvolera es una de las más gratas sorpresas de
la música uruguaya publicada el año pasado, con un repertorio tradicional
tratado de una manera exquisita, un sonido de alta definición y nitidez, y una
cantante que se encuentra en uno de sus mejores momentos.
ISRAEL
El primer hogar
—Dado que tuviste una experiencia tan fuerte
con el disco ¿te dieron ganas de volver a vivir en Israel?
—(Piensa). Creo que soy un poco nómade. El
hecho de que ya tuve una mudanza así, de un país a otro, me hace sentir un poco
de esa manera. Si mañana me decís Nos vamos para la India, yo acompaño. Llevo
el instrumento puesto, y me puedo poner a cantar en cualquier lado.
—¿Y cómo influye en vos, y en tus sentimientos
hacia el país en el cual naciste y pasaste tu infancia, el conflicto
israelí-palestino?
—Cuando era niña, estaba convencida que
llegaría la paz. Tenía la absoluta certeza de eso. Que cuando tuviera 30 años,
ya no sería normal un refugio, una alerta, un padre en el ejército. Tenía esos
pensamientos. Eso, hoy, me da una gran tristeza. Y siempre sentí, a través de
la música, que somos muy parecidos.
Sara Sabah: «Soy nómade y llevo el instrumento puesto»
30/Abr/2018
El País, Domingo- por Fabián Muro