Editorial 10-4-2011
Juan Martín Posadas
Se ha desencadenado la ira. Desde Túnez, en el Oeste, hasta Yemen al Este y más allá, ha estallado el mundo musulmán. En estas orillas miramos atónitos. Regímenes que, en nuestra distracción, recién percatamos que llevan 20 o 30 años de despotismo consolidado, ahora son enfrentados por sus súbditos, por los oprimidos que se rebelan vociferantes no sólo contra la persona de sus ancianos déspotas sino contra los usos seculares que amamantaron esas dinastías.
Resulta sorprendente la simultaneidad del contagio y la rapidez de la propagación. Dicen que ha sido efecto de Internet, del Twitter, del contacto electrónico que aproxima, informa y asocia a millones de desconocidos. Un efecto de la modernidad en el seno de costumbres tan antiguas.
Desde nuestra ignorancia -la mía por lo menos- lo único que parece común, compartido por todo ese vastísimo mundo de turbantes y velos, es el fervor religioso; la oración postrada de los viernes, los minaretes marcando el horizonte tanto de las ciudades como de la política. La referencia coránica está presente desde los países árabes del Mediterráneo hasta las antiguas repúblicas soviéticas hoy independizadas, allá en el corazón de Asia. Pluralidad de razas: árabes, persas, tártaros, mogoles, turcos; inmensidad territorial que va desde Casablanca en el Atlántico hasta Kazajistán y Mongolia casi en el Pacífico: tantas naciones, tantos climas, tantos idiomas, todo unido por Alá, Mahoma y el Corán. Ni el credo comunista ni la NKVD de Stalin impuestos durante 70 años lograron dejar siquiera una huella que perdure. ¡Qué contraste entre el Occidente de creencias exhaustas y esa gente que cree tanto y con fe tan incandescente!
Sin embargo, a poco que nos dé por apenas informarnos, aprenderemos que no es exactamente así: los chiitas desconfían de los sunnitas, se excluyen y se agreden mutuamente; los de Hamas se matan con los de Hezbollah.
El mundo se ha globalizado, nos dicen. Es cierto. El Uruguay, sin cerrarse a lo que viene de afuera, debe ser consciente de las cosas propias que merecen ser atendidas. La mirada hacia lo nuestro va en la línea del necesario deseo de entendernos a nosotros mismos. No es fácil para un país pequeño y de poca gente sustentar una identidad colectiva, crear y mantener un lugar de pertenencia (físico, político y cultural). Un lugar donde sintamos pertenecer sin necesidad de hacer nada especial para ser aceptados y que nos dé miedo perder o estropear; un lugar no de refugio (para poder no animarnos a salir) sino base para realizarnos, pero a nuestro modo, aprendiendo de otros, sí, pero sin complejos de inferioridad, sin imitar.
Aunque el Uruguay no se encuentra en aquel mundo, los uruguayos no podemos ignorar cómo es el siglo que nos toca vivir y cuáles son sus características y vicisitudes. Las certezas, variadas por cierto según las regiones y los pueblos, tienen en común un gradual resquebrajamiento. La orilla de lo conocido, de lo tradicional, de lo recibido desde los mayores, va quedando atrás, por decisión confusa pero deliberada, y no se divisa con claridad la otra orilla, deseada pero desconocida. En ese mundo estamos todos.
Estado del mundo
11/Abr/2011