Aunque no recuerda aquel momento, a Eva
Leitman Bohrer Benatar (que se presenta como Eva Benatar porque es mucho más
sencillo de pronunciar para los españoles) su madre le contó que nació en un
sótano de la Hungría dominada por Adolf Hitler allá por junio de 1944. Para ser
más concretos, mientras decenas de bombas aliadas caían sobre sus cabezas.
«Nací en un sótano y no puedo quitarme ni seis meses de edad, porque entonces
mi historia no cuadraría», bromea en declaraciones a ABC.
Tanto ella como su madre eran parte de la
comunidad judía que los nazis perseguían hasta la muerte en aquel país. El
mismo que, apenas unos meses antes, era una de las perlas más bellas de Europa.
Todo apuntaba a que acabaría, como más de 400.000 de sus paisanos, en la
pasarela de Auschwitz. Sin embargo, logró salvarse gracias a un diplomático español,
Ángel Sanz Briz. El mismo hombre que, con pericia y argucias, evitó que fueran
enviadas a la cámara de gas más de 5.000 personas y que, según desvela a ABC su
hijo, Juan Carlos, terminó sus días feliz: «Mi padre murió orgulloso por haber
salvado a miles de judíos de los nazis».
La historia de Benatar, que ella misma narra a
este diario antes de participar en un acto sobre Sanz Briz organizado en el
marco de la Exposición Auschwitz de Madrid, fue una de las tantas que hoy
pueden narrarse gracias a que un hombre puso en riesgo su vida.
«Ángel llegó a Budapest cuando todavía era un
lugar tranquilo. Pero en el año 1944 todo cambió», explica a este diario
Ángeles Sanz Briz, hija también del diplomático zaragozano. No le falta razón.
Y es que, fue entonces cuando los nazis invadieron el país y ascendieron al
gobierno sus simpatizantes húngaros: el partido de la «Cruz Flechada». «A
partir de entonces comenzó la deportación y aniquilación sistemática de los
judíos. Mi padre, que vivía allí, no pudo soportar esa situación», desvela la
descendiente.
Desesperado, el bautizado a la postre como
«Ángel de Budapest» (entonces miembro de la legación española en Hungría) logró
que el gobierno local le entregase unos pocos pasaportes individuales para
salvar a los escasos judíos sefarditas (descendientes de españoles) que hubiera
en el país.
Para ello, se basó en un decreto de 1924 en el
que Miguel Primo de Rivera establecía la posibilidad de recuperar la
nacionalidad a los miembros de este colectivo si así lo deseaban. Una norma
que, según desvela Javier Santamarta en «Siempre tuvimos héroes» (Edaf) había
expirado el 31 de diciembre de 1930. «Les engañó, y mi padre jamás mentía, pero
el horror que vio le cambió», añade Juan Carlos.
Estos pasaportes (300 en total, según se
desveló el miércoles en el acto) fueron entregados por el diplomático no solo a
sefardíes, sino a cualquiera que demostrara una mínima conexión con España.
«Además, Ángel Sanz Briz “declinó” estos documentos y emitió más como si fueran
una serie (200-A, 200-B…) para salvar todavía más personas», destaca Benatar.
Ella conoce bien el caso, pues su madre logró
uno de esos visados. «Estaba escondida sin saber qué hacer. Como todavía
funcionaba el correo, y recibía cartas de mi abuela (que había emigrado a
Madrid poco antes) se fue con un sello español a la embajada para demostrar que
estaba relacionada con el país», completa la superviviente. El «Ángel de
Budapest» aceptó aquello y les concedió uno de sus preciados tesoros.
«Estuvimos varias semanas en uno de los pisos que él tenía alquilados para los
refugiados hasta que pudimos huir», completa.
Como ella, otras 5.200 personas lograron
escapar a la muerte y a la infamia nazi gracias a San Briz.
Todo indicaba que este zaragozano se
convertiría en un héroe tras arribar de nuevo a España. Pero nada más lejos de
la realidad. Fue olvidado totalmente. Al menos, hasta que el gobierno quiso
acercarse a la comunidad judía en años posteriores. «En un momento dado Franco
necesitó argumentos para mejorar las relaciones con Israel, y pidió a mi padre
que dijera que había actuado en nombre del jefe del estado, cosa que no era
verdad. Y él, anteponiendo los intereses del país a los suyos particulares y
cumpliendo su deber como funcionario, así lo hizo», desvela Juan Carlos.
Con todo, su gesta le valió finalmente ser
reconocido a nivel internacional en 1966, cuando recibió el título de Justo
entre las Naciones. A nivel profesional tampoco le fue mal. «Después estuvo en
Suiza, en San Francisco como observador de la Sociedad de Naciones, y se
convirtió en el primer embajador de España en la China comunista de Mao. Murió
como diplomático de la Santa Sede», finaliza su hija.
Perdonar sí, olvidar, jamás
Por otra parte, y cuando faltan apenas unas
jornadas para la conmemoración del día en que Adolf Hitler se suicidó en el
«Führerbunker» para no sufrir una muerte horrenda a manos de los soviéticos, la
pregunta a Benatar es obligada:
-¿Puede alguien cuya familia fue asesinado por
los nazis perdonar?
«Es una pregunta difícil. Cuando veo alemanes
de cierta edad, siempre me cuestiono si habrán colaborado o no, porque la
colaboración de la sociedad con los nazis sí fue generalizada. Lo que puedo
decir es que no se ha hecho lo suficiente después de la guerra para depurar y
castigar a los culpables. La mayoría de los funcionarios de base colaboraron, y
nadie los castigó. Únicamente se juzgó a los jerarcas más destacados»
Y es que, según arguye, es muy difícil que
nadie se enterarse lo que estaba sucediendo en los campos de concentración: «A
partir del año 1942, el que quería saber lo que sucede lo sabía».
En este sentido, también da un tirón de orejas
a americanos y británicos. «Los mismos aliados tenían conocimiento de lo que
estaba pasando en los campos de concentración y sabían que, en Hungría,
Eichmann estaba deportando y asesinado a los judíos al final de la guerra,
cuando ya estaba todo perdido para ellos. ¿Hubiera sido tan difícil destruir
las vías de tren que llevaban a los prisioneros hasta los campos para salvar a
430.000 personas? No lo creo, pero había muchos intereses antes como liberar el
país antes que los rusos», finaliza.
«Mi padre murió orgulloso por haber salvado a miles de judíos de los nazis»
27/Abr/2018
ABC, España- Por Manuel P. Villatoro