Helga Weissová: la niña que pintó el Holocausto

21/Mar/2018

El País, España- por Jesús Ruiz Mantilla

Helga Weissová: la niña que pintó el Holocausto

Un muñeco de nieve fue lo último que Helga
Weissová pintó como niña ajena al horror, según cuenta ella misma. La frontera
de una blanca infancia feliz con gorro, nariz y botones. Corría diciembre de
1941 y vivía en Praga. Acababa de cumplir 12 años cuando la deportaron al gueto
de Terezin, donde los nazis agolparon a decenas de miles de judíos en la que
fuera Checoslovaquia. A partir de entonces, su padre le dio un consejo que
cumplió toda su vida: “Pinta lo que ves”. Y lo que escrutó a partir de fecha
fue la muerte al acecho en todos los barracones de aquella ciudad previa al
transporte hacia Auschwitz, Mauthausen o Freiberg, donde Helga pasó los cuatro
años siguientes. Hoy, esos dibujos pueden admirarse en el Centro Sefarad de
Madrid, que ha abierto una exposición de la artista hasta abril, en
colaboración con el Centro Checo y el Ayuntamiento de Huesca.
Weissová tiene hoy 88 años. Vive todavía en
Praga y es consciente tanto de su suerte como de su buena salud. Fue una de los
100 niños supervivientes de Terezin. Una cifra nada desdeñable si contamos que
por allí ingresaron 15.000 menores de 16 junto a sus padres y familiares.
Llegaban provenientes de toda Bohemia y Moravia, junto a algunas zonas
limítrofes durante la Segunda Guerra Mundial. Terezin fue, a medias, un
espejismo y un espanto. Los nazis utilizaban ese purgatorio como propaganda
ante las inspecciones internacionales. Montaban obras de teatro, lecturas,
conciertos, óperas, juegos. Luego llegaban los trenes… Desde allí los
deportaban con vía preferente a los hornos y al exterminio.
En una de las estaciones, Helga se salvó
junto con su madre en parte, gracias al cuidado de dos españoles. “Se llamaban
José Rasal Rio y Manuel Obatlero Dominiguer”, comenta desde Praga a EL PAÍS.
“Fueron presos políticos en Mauthausen. Durante los primeros días después de la
liberación se ocuparon de nuestro grupo, nos cuidaron con mucha sensibilidad.
Me ayudaron mucho. Antes de despedirnos, los dos me escribieron sus nombres y
direcciones. He guardado hasta hoy este trocito de papel con un manuscrito a
lápiz”, comenta Helga. También que después de la guerra los buscó sin éxito.
“Sólo hace poco he logrado encontrar y, por fin, conocer a los parientes de
José Rasala Rio. Vinieron a Praga y me regalaron una foto suya”.
Pero fue sobre todo en Terezin donde
comenzó a dibujar y, por tanto, a documentar aquellas desgracias. “Estuve en
ese lugar casi tres años. De niña me convertí en adulta. Allí viví también mi
primer amor…”, recuerda Helga. “No llevaba bien mi separación de los padres,
echaba de menos mi casa, pasé por varias enfermedades, tenía hambre. Por otra
parte, llegué a conocer la solidaridad y amistad verdadera. Estaba alojada en
lo que llamaban la casa de las niñas. Teníamos cuidadores en cada fila de
prisioneros 24 horas al día. Nos impartían clases, nos leían poemas, jugaban
con nosotros, cuidaban de los enfermos. Intentaban protegernos del sufrimiento
psíquico y se esforzaron para que no perdiéramos los principios morales”.
Aparte de dibujar, Helga se impuso la
disciplina de escribir un diario que años después fue publicado en español por
la editorial Sexto Piso. Cuenta lo cotidiano. El ambiente en que por Terezin
pasaron artistas judíos checos de varias disciplinas. Fue el lugar, por
ejemplo, en el que Hans Krása compuso la ópera Brundibar para que la cantaran
allí los propios niños del gueto. Se llegaron a hacer in situ 55
representaciones. “Yo no participé activamente en ella. No obstante, vi varias
obras teatrales y conciertos”, asegura Weissová.
Eran los desahogos permitidos. Una válvula
pérfida de escape. Parte de una siniestra tortura psicológica. La que les
llevaba con casi total seguridad hacia un camino sin retoro. “Vivíamos con
miedo permanente de ser incluidos en el trasporte hacia el Este. Aunque no
sabíamos adonde iban esos trenes, ni teníamos idea de Auschwitz, éramos
conscientes de que se trataba de algo peor que Terezín”. Helga afirma que ese
miedo ya se ha ausentado de sus pesadillas. Pero mantiene la guardia: “No
obstante, me temo, que la guerra y una situación parecida pudieran repetirse”.
Pintar resultó una evasión. Después un
destino, porque dedicó su vida a ello. “Hizo posible poder relajarme,
encerrarme dentro de un mundo propio en un ambiente sin privacidad existente.
Hasta cierto punto me levantaba la autoestima”. Las humillaciones y la sospecha
de una muerte más que probable, les sumían a veces en un estado de parálisis.
Hoy, guarda aquellos dibujos que hizo y los que pintó después de salir con la
memoria, en un rincón oculto de su casa. Lo que puede verse en Madrid y luego
en Huesca son copias. Los originales, apenas los quiere mostrar.
Terezin, esa terrible arma de propaganda
Cuando atraviesas los muros de Terezin,
sientes la argucia de aquella pantalla en los baños que los prisioneros no
podían utilizar. El gueto en el que Helga Weissová ingresó con 12 años fue toda
una maniobra de distracción. Un trampantojo destinado a la Cruz Roja y a los
observadores internacionales, que se tragaban la patraña. Hoy es una ruina
permanente del espanto, a 70 kilómetros de Praga. Como el talento de los judíos
checos resultaba un elemento de irradiación aprovechable, los nazis utilizaban
aquel lugar previo a la deportación hacia los campos de exterminio como un
elemento de propaganda a nivel mundial. Rodaron hasta un documental: El Fhürer
regala una ciudad a los judíos. Más de 2.000 deportados lo animaron con
actividades culturales. La mayoría de ellos –como la mayor parte de los 150.000
que pasaron por ahí- no lo pudo contar. No lo lograron los compositores Hans
Krása, Viktor Ullman, Pavel Haas, Heinz Alt…, los cuatro muertos en Auschwitz.
Su arte sí se las arregló en parte sobrevivir al humo de los hornos. Weissová,
también. Hoy cuenta su experiencia a jóvenes de todo el mundo, como los más de
500 alumnos de institutos de Huesca que han viajado durante varios años allí
para verlo. Por eso, del Centro Sefarad de Madrid, la exposición de Weissova
pasará a la ciudad aragonesa. Solo cabe esperar, que ese lazo especial con los
oscenses se forje en otros lugares.