Dip. Iván Posada: “La política de exterminio de la Alemania nazi tiene componentes que siguen presentes en el mundo de hoy”

31/Ene/2018

Dip. Iván Posada: “La política de exterminio de la Alemania nazi tiene componentes que siguen presentes en el mundo de hoy”

Prosiguiendo con las alocuciones que se brindaron durante la Sesión Especial de la Comisión Permanente del 25 de enero pasado por el Día Internacional de Conmemoración de las víctimas del Holocausto, presentamos hoy las expresiones vertidas por el Diputado Iván Posada. En un momento de su ponencia, el diputado expresó: “a finales del siglo XIX apareció una nueva forma de hostilidad hacia los judíos: antisemitismo, como reacción a su emancipación, y el antisemitismo comenzó a ser utilizado como instrumento político. En períodos de inseguridad espiritual, económica y política, los antisemitas acusaban a los judíos de tener demasiada influencia en la sociedad. Se les imputó también tener un plan para apoderarse del poder en todo el mundo”.
Señor presidente: saludo a las autoridades presentes, a los representantes de la comunidad judía en el Uruguay y a todos quienes nos acompañan para recordar estos hechos desgraciados de la historia; por cierto, traerlos de nuevo a la memoria es una forma de tenerlos definitivamente presentes en nuestro quehacer diario.
He traído algunos textos que me parece van a ayudarnos a traer a la memoria los hechos que derivaron en el Holocausto. No se puede separar la historia de la Alemania nazi de la concepción que el nazismo tenía del mundo. El Holocausto fue consecuencia de las ideas raciales de Adolf Hitler, que quedaron expresadas en su libro Mein Kampf. Hitler y el partido nazi no ocultaron el fundamento racista de su concepción del hombre y su aborrecimiento de la sociedad democrática y su mundo. Para los nazis, la raza lo era todo. El individuo no tenía ningún otro valor que el de servir de instrumento al Estado racista. La aplicación de esta ideología comenzó inmediatamente después de la toma del poder por los nazis, el 30 de enero de 1933.
Las ideas racistas comenzaron a extenderse y arraigarse en Europa desde mucho antes; ya en el siglo XVII pensadores y filósofos habían especulado sobre el advenimiento de las razas humanas. En 1854, el diplomático francés Joseph de Gobineau publicó un influyente libro sobre la desigualdad de las razas humanas. Según de Gobineau, la raza aria era superior a todas las demás, aunque estaba amenazada por la mezcla de razas con los no arios, que no estaban a su altura.
En tiempos en que el nacionalismo europeo y el imperialismo jugaban un papel muy importante, esos pensamientos fueron bien recibidos. Inspirados por la teoría de Charles Darwin de la selección natural según la que el individuo mejor adaptado es el que sobrevive, los hombres de ciencia e intelectuales del mundo occidental comenzaron a aplicar dichas ideas biológicas a sociedades humanas. El llamado darwinismo social contenía conceptos según los cuales los fuertes tenían derecho a gobernar sobre los débiles. Un pensador de gran influencia fue el germanoinglés Chamberlain, quien en 1899 presentó una visión según la que la raza aria liderada por germanos salvaría la civilización cristianoeuropea del judaísmo enemigo.
Los judíos vivieron en Europa desde la antigüedad. En los albores de la Edad Media, la Iglesia Católica comenzó a acusarlos de la muerte de Jesús y a reprocharles que no lo aceptaran como mesías. Debido a esas acusaciones, su situación empeoró progresivamente. Durante siglos se produjeron periódicamente violentas persecuciones y masacres de judíos.
Después de la Revolución francesa, en 1789, con sus ideales democráticos, se abrió una vía para el mejoramiento de la condición de los judíos. La llamada emancipación- liberación de los judíos durante el siglo XIX conllevó a que pudieran participar como ciudadanos comunes en la vida social.
A finales del siglo XIX apareció una nueva forma de hostilidad hacia los judíos: antisemitismo, como reacción a su emancipación, y el antisemitismo comenzó a ser utilizado como instrumento político. En períodos de inseguridad espiritual, económica y política, los antisemitas acusaban a los judíos de tener demasiada influencia en la sociedad. Se les imputó también tener un plan para apoderarse del poder en todo el mundo.
Durante ese mismo período, la ciencia moderna comenzó a impregnarse de ideas social-darwinistas, que encontraron su mejor expresión en la llamada eugenesia, también conocida como higiene racial. Los eugenesistas afirmaban que la sociedad estaba amenazada por los genes.
La matanza sistemática de judíos y gitanos europeos fue antecedida por el asesinato con sanción estatal de minusválidos, deficientes mentales y asociales. La operación empezó en octubre de 1939. Se llamó Acción T-4 y estuvo dirigida desde la secretaría de Adolf Hitler.
Las víctimas se recogían de las clínicas de toda Alemania y eran conducidas a instituciones especiales en autobuses grises, con los cristales de las ventanillas cubiertos con pintura o con las cortinas corridas. A estos lugares se los llamaba «instituciones de eutanasia» y estaban equipados con cámaras de gas y hornos crematorios. Los médicos decidían quiénes debían desinfectarse, es decir, quiénes debían ser sacrificados. A los parientes se les informaba de la defunción en una carta estándar: «Es nuestro penoso deber comunicarle a Ud. que… ha fallecido aquí… de gripe… Los médicos intentaron infructuosamente mantener al paciente con vida».
A menudo, partes del cuerpo de las víctimas de la eutanasia se separaban y enviaban como material de estudio a instituciones médicas.
Entre 1940 y 1945, como mínimo ciento veinte mil personas fueron víctimas de eutanasia. A finales de agosto de 1941, cesó parcialmente la Acción T-4, debido a que la preocupación que causaba entre la gente normal llegó a ser demasiado molesta para la secretaría del Führer. A la sazón, ya se habían convertido en una rutina los fusilamientos en masa de los habitantes judíos en el Báltico y en las zonas ocupadas de la Unión Soviética. La mayor acción fue la que tuvo lugar entre el 29 y 30 de setiembre de 1941, cuando uno de los llamados Einsatzgruppen o grupos operativos, junto con algunos policías, mató a tiros a 33.371 hombres, mujeres y niños judíos en el desfiladero de Babi Jar, en las afueras de Kiev.
La SS, bajo el mando del arquitecto del genocidio, Heinrich Himmler, asumió la responsabilidad administrativa del Holocausto. En octubre de 1943, Himmler habló de la extinción del pueblo judío y celebró la moral de la organización y de sus hombres: «Teníamos el derecho moral y el deber con nuestros pueblo de matar a esas gentes que querían matarnos […]. Nosotros hemos realizado esa misión extremadamente difícil por amor a él. Nuestro interior, nuestra alma y nuestro carácter, no se han visto afectados por los acontecimientos».
Un mito de posguerra dice que negarse a obedecer órdenes en los campos de exterminio o a participar en los fusilamientos masivos era penado con la muerte. Esos casos no se conocen. Los poquísimos que no querían participar en las matanzas ejecutaban otras tareas. La mayoría no dudaba. Los judíos eran bichos para ellos y cumplían con una sagrada misión por el Führer y la patria. Además, si se era discreto, se podía aprovechar el dinero y los bienes robados a las víctimas.
Y con respecto a Auschwitz, desde 1940 fue un campo de concentración para prisioneros políticos polacos, sito en un nudo ferroviario. Pronto creció hasta formar un gigantesco complejo compuesto por unos cuarenta campos diferentes. Muchos médicos trabajaban allí. Algunos de ellos se dedicaban a experimentos de pseudo-medicina. El campo más conocido es el de Auschwitz I, campo matriz, pero había un Auschwitz II y un Auschwitz III.
Los prisioneros padecían desnutrición y enfermedades, estaban sometidos a trabajos forzados y a terror psíquico y físico. A finales de 1941 empezaron las ejecuciones con gas. En la primavera de 1942 comenzaron a instalar en Birkenau dos cámaras de gas provisionales en edificios reconstruidos. Los crematorios quedaron listos en la primavera de 1943. Los transportes de judíos-húngaros a este campo en la primavera y verano de 1944 fueron el punto álgido de la masacre. Podían llegar de tres a cuatro transportes diarios de entre tres mil y tres mil quinientos individuos. Aproximadamente a una décima parte de ellos se les ponía a trabajar y a los demás se los gaseaba. Los reforzados crematorios no daban abasto; por ello también se quemaban los cuerpos en fosas.
Las últimas ejecuciones con gas acaecieron en otoño de 1944. El 27 de enero de 1945, antes de la entrada del Ejército Rojo, la SS había desmontado y hecho pedazos las cámaras de gas.
En Auschwitz, además de asesinar a cerca de un millón de judíos de toda Europa, se asesinó a setenta y cinco mil polacos, veintiún mil gitanos, quince mil prisioneros de guerra soviéticos y quince mil prisioneros de otras nacionalidades.
Un testimonio que creo vale la pena conocer es el que se recoge de lo que Johann Kremer, médico de las SS que estuvo presente en el campo de Auschwitz, expresaba en su diario:
«A las 3 de la madrugada he presenciado por primera vez una ‘Acción Sonda’ (acción especial). Comparado con esto, El Infierno de Dante me parece una comedia. ¡No es sin razón que Auschwitz es llamado campo de exterminio!
He participado en una ‘Acción Sonda’ con prisioneras del campo de mujeres. (…) Ha sido algo inauditamente horrendo. Estoy de acuerdo con Thilo, que señaló que nos encontrábamos en el anus mundi […]».
La recordación de estos hechos debe servirnos para cuestionarnos y ver que esta política de exterminio que se llevó adelante en la Alemania nazi tiene detrás componentes perfectamente identificables que, es lamentable, siguen presentes en el mundo de hoy.
El primero de ellos es una actitud dogmática que se conjunta con la intolerancia y el autoritarismo. Es necesaria la conjunción de estos tres factores para que pueda explicarse, si eso es posible, lo que fue el Holocausto.
Norberto Bobbio, que analizó en muchas oportunidades el Holocausto desde un punto de vista social, se preguntaba qué razones había detrás. Él decía: «El genocidio de los judíos es un delito premeditado, ya anunciado en los escritos de los nazis, y escrupulosamente, científicamente ejecutado. Se destruye al enemigo para ganar la guerra. Pero la masacre de los judíos, ¿para qué debía servir? ¿Para qué ha servido? En mi categoría de historiador y de hombre de razón no encuentro una respuesta a estas preguntas».
Y agrega Bobbio: «Nuestro deber de afirmar que no hay razas sino hombres; que el odio racial es uno de los flagelos más terribles de la humanidad; que la expresión más violenta del odio racial ha sido el hitlerismo, compartido por la mayor parte de los ‘buenos patriotas’ alemanes; que la aparición de una esvástica es una sombra de la muerte y que allí donde reaparezca, los hombres de buena voluntad, por divididos que estén en las ideologías y en los intereses, están comprometidos a reunirse en un pacto de solidaridad para cancelarla».
Para dar fin a mi intervención citaré un poema de León Felipe, sobre Auschwitz, que tiene que ver con esa afirmación y con el testimonio que daba un médico de las propias SS.
«Estos poetas infernales, Dante, Blake, Rimbaud…
que hablen más bajo…
que toquen más bajo…
¡Que se callen!…
Hoy
cualquier habitante de la Tierra
sabe mucho más del infierno
que esos tres poetas juntos.
Ya sé que Dante toca muy bien el violín…
¡Oh, el gran virtuoso!…
Pero que no pretenda ahora con sus tercetos maravillosos
y sus endecasílabos perfectos asustar a ese niño judío
que está ahí, desgajado de sus padres…
Y solo. ¡Solo!
aguardando su turno en los hornos crematorios de Auschwitz.
Dante… tú bajaste a los infiernos
con Virgilio de la mano
(Virgilio, ‘gran cicerone’)
y aquello vuestro de la ‘Divina Comedia’
fue una aventura divertida
de música y turismo.
Esto es otra cosa… otra cosa…
¿Cómo te explicaré?
¡Si no tienes imaginación!
Tú, Dante… no tienes imaginación
Acuérdate que en tu ‘Infierno’ no hay un niño siquiera…
Y ese que ves ahí… está solo.
¡Solo! sin cicerone…
esperando que se abran las puertas de un infierno que tú; ¡pobre florentino!,
no pudiste siquiera imaginar.
Esto es otra cosa… ¿cómo te diré?
¡Mira! Este es un lugar donde no se puede tocar el violín.
Aquí se rompen las cuerdas de todos los violines del mundo.
¿Me habéis entendido, poetas infernales?
Virgilio, Dante, Blake, Rimbaud…
¡Hablad más bajo!
¡Tocad más bajo!… ¡Chist!…
¡¡Callaos!!
Yo también soy un gran violinista
y he tocado en el infierno muchas veces…
Pero ahora, aquí…
Rompo mi violín… y me callo».
Gracias, señor presidente.