Dos exposiciones coordinadas, poco
felizmente tituladas Gurlitt: informe de situación, una aquí, en Berna –Arte
degenerado–, la otra en el museo Bundeskunsthalle de Bonn, Alemania –Robo de
arte por los nazis y sus consecuencias–, exhiben hasta el 11 de marzo 200 de
las más de 1.500 obras acumuladas por el fantasmal ermitaño alemán Cornelius
Gurlitt. Cuando ese tesoro saqueado saltó a la luz hace pocos años, el
descubrimiento fue noticia de primera plana en los medios y le hizo la vida
imposible a Gurlitt, que murió poco después, a los 81 años, dejando su
colección al Kunstmuseum de Berna, y tras de sí, un reguero de preguntas sin
responder.
Para empezar, ¿por qué Berna? Evidentemente
en los museos estatales la sorpresa era tanta como en cualquier otra parte.
Gurlitt convirtió en dinero algunos cuadros por intermedio de traficantes de
Berna. En cierto momento un tío suyo enseñó música en esa ciudad. No tenemos
idea de qué pensó Gurlitt. La noticia buena: las obras terminaron en manos del
público, con excepción de las que regresan a sus propietarios legales.
Pero la restitución no es nada sencilla. En
la muestra de Berna, focalizada en las pertenencias de Gurlitt de lo que los
nazis denominaban “arte degenerado”, “Dos desnudos en un lecho”, de Ernst
Ludwig Kirchner, es un generoso jeroglífico realizado en tonos coloridos de
pastel sobre papel. Hildebrand Gurlitt, padre de Cornelius, compró esta pintura
en 1928 para el museo de Zwickau, Alemania, cuando era su director. Misionero
de las vanguardias, el gusto de Hildebrand lo puso en una situación crítica. En
1932 lo despidieron. El Kirchner fue confiscado. Reapareció en 1940 en una
subasta en Suiza.
¿El comprador? Hildebrand.
Para entonces Kirchner se había suicidado y
a Hildebrand, no obstante su filiación en parte judía y sus propensiones
modernistas, lo habían contratado como uno de los art dealers particulares de
Hitler y devoraba obras robadas que daban lustre al Führer mientras él se
guardaba subrepticiamente las que le gustaban.
Después de la guerra los aliados no
hicieron más que favorecer sus enjuagues decidiendo que las obras extirpadas a
los museos alemanes no debían devolverse. (La lógica era que nadie puede
saquearse a sí mismo.) Hildebrand, y después —por herencia— Cornelius, tuvieron
derecho a proclamarse propietarios de “Dos desnudos…” junto con otros cuadros
que en otro momento pertenecieron a colecciones públicas.
Hildebrand hasta prestó el Kirchner para
una muestra en Lucerna, Suiza, en 1953. En la exposición de Berna hay una foto
de esa muestra. Al igual que Gurlitt: informe de situación, la exhibición
mostraba la campaña nazi en contra del modernismo. En Berna observé a la gente
que leía los textos de las paredes de la exposición donde se hablaba de los
nazis y el arte. El público que aparecía en la foto de Lucerna, con sombreros
de la época y trajes abolsados, hacía lo mismo. ¿Qué metáfora sobre remar es
ésa? ¿No se puede avanzar sin mirar atrás?
¿Mencioné que Kirchner estudió con el padre
de Hildebrand en la Universidad Técnica de Dresde? Los Gurlitt se destacaron
como escritores, historiadores y pintores. El padre de Hildebrand, Louis
Gurlitt, pintaba bocetos al aire libre en el siglo XIX, algunos muy bonitos.
Cornelia Gurlitt, la hermana de Hildebrand, integró como artista la órbita
expresionista del grupo Der Blaue Reiter (El jinete azul), influenciado por
Chagall.
Sus dibujos expuestos en las muestras de
Berna y Bonn son refinados y conmovedores. Ella resultó ser otra pérdida más
que, embarazada por un amante casado, el crítico de arte Paul Fechter, se
suicidó en 1919. Desconsolado, el padre de Cornelia culpó de su muerte nada
menos que a la influencia de los judíos lituanos de Vilna, adonde Cornelia
había ido como voluntaria para trabajar como enfermera de campo en el frente
oriental.
Como dije, un embrollo.
Noticias apasionantes de cuando se
descubrió la colección Gurlitt especulaban sobre un tesoro oculto de mil
millones de dólares en obras de arte. El hecho es que no se trata realmente de
una colección en el verdadero sentido de la palabra. Es el inventario de un
marchand, esto y lo otro, no más curado que el mostrador de cosméticos de una
perfumería importante. Al ser comprador de Hitler, Hildebrand tenía un cheque
en blanco, nada de escrúpulos, y así obtuvo obras de Delacroix y Fragonard,
Seurat y Courbet, a veces para cubrir los vacíos que dejaba en museos alemanes
la eliminación de arte moderno, con excepción de lo que él quería aprovechar
para guardárselo o vender.
Adquirió un paisaje rivereño de Paul
Signac; acuarelas de August Macke; caballos en un campo de Franz Marc; un Monet
del puente Waterloo; un Millet, un Boucher, hermosos grabados y dibujos de
Kollwitz, Munch, Liebermann y Menzel.
Pero no es la Frick Collection.
De las 1.500 obras de Gurlitt, cientos son
reliquias familiares hechas por Louis y Cornelia; otros son cuadros
expresionistas que remiten a museos alemanes; otros son grabados de producción
masiva que carecen de valor real. De modo que estamos hablando de 100 o quizá
200 obras cuya procedencia o propiedad anterior puede ser motivo legítimo de
debate e investigación, en ciertos casos producto de saqueo o compradas a sus
propietarios judíos en ventas forzadas.
Pero tal vez lo más irritante sea que
Gurlitt aun eclipsa el arte. Lo primero que se ve en Bonn, exhibido como un
icono en la galería inicial, es el portafolios de Cornelius, donde la policía
halló escondido un Monet. En Berna es su ruinoso archivo, en el que guardaba
dibujos y grabados.
Cornelius es el vacío presente en el
corazón de Gurlitt: informe de situación, un hombre que nunca declaró su
domicilio, que no miraba televisión ni vio una película después de 1967, un
autodesignado guardián de la llama familiar.
La línea entre patología y estrategia puede
ser confusa. Gurlitt vivía para su arte, según dijo, aunque no era suyo en
realidad. Tratándose de alguien que alcanzó la mayoría de edad con el rock ‘n’
roll, era un náufrago de una época anterior a juzgar por lo que expresaba su
departamento de Munich, con su sofá raído, su antigua mesa rodante para
licores, su colección de Wagner y sus estantes poblados por Thomas Mann,
chucherías de porcelana y libros de arte.
Entre estos últimos había un catálogo de
posguerra que mencionaba un Matisse confiscado con una mujer sentada de la
colección Paul Rosenberg. (Uno de los seis que desde entonces fueron devueltos
a sus herederos.) Cornelius escribió en el catálogo una anotación sobre este
cuadro. De manera que finalmente no queda duda de que sabía qué estaba
haciendo, y que lo que estaba haciendo estaba mal.
La triste historia de dos muestras
08/Dic/2017
Clarín