La decisión del Presidente de los Estados
Unidos de reconocer a Jerusalén como capital del Estado de Israel viola brutalmente
uno de los derechos fundamentales de la humanidad contemporánea: el derecho a
ser chantajeado, a rendirse caballerosamente ante una amenaza muy creíble de
violencia, a respetar los justos reclamos de quienes han dado pruebas
fehacientes de su indiscutible vocación para cometer matanzas masivas.
El hecho que Jerusalén sea de hecho la
capital de Israel porque en ella está las sedes del Gobierno, el Parlamento y
la Corte Suprema no cuenta en este caso, por más que sea una costumbre aceptada
en el mundo que cada país está facultado para elegir la sede de sus órganos
gubernamentales. El hecho de que la Biblia, un libro sospechado de tener origen
judío, cite a Jerusalén infinidad de veces como capital del antiguo reino de
Israel tampoco debe importarle a nadie. Después de todo no es posible comparar
el derecho de los árabes que conquistaron a Jerusalén mediante la violencia en
1948 con la antipática y descortés actitud de los judíos que la reconquistaron
mediante la violencia en 1967. Tampoco
es posible comparar a la Biblia con el Corán. El hecho de que el libro sagrado
musulmán ignore a Jerusalén es un acto de sutil sabiduría del Profeta, que
indica con creces el profundo vínculo del Islam con la ciudad, mientras que la
insistencia bíblica con Jerusalén resulta extraña y sospechosa. Por lo demás,
Jerusalén no lo es todavía, pero con el apoyo de un mundo prudentemente
temeroso, la ciudad en la que impúdicamente se habla en hebreo, seguramente
terminará siendo tan genuinamente musulmana como lo son los barrios
recientemente adoptados como suyos por el Islam en ciudades como París,
Bruselas, Berlín o Malmö, donde los locales han aprendido a sentir la
elocuencia del fuerte puño de la cultura islámica. Jerusalén terminará siendo
desjerusalemizada.
En resumen, los incontrovertibles
argumentos de la justicia islámica terminarán por prevalecer en un mundo que
aprendió a callarse frente a la persecución a disidentes molestos, a críticos
indeseables y a otros blasfemos y apóstatas. Los únicos autorizados a gritar en
esta tímida y apocada feria de vanidades en la que se convirtió el mundo son
naturalmente los invencibles partidarios del Islam que siempre han vencido, a
excepción, naturalmente, de las múltiples oportunidades en que fueron
derrotados.
Un derecho brutalmente violado
08/Dic/2017
PorIsrael, por: Egon Friedler