Luchar contra la extrema derecha

21/Nov/2017

El País, España, Por Timothy Garton Ash

Luchar contra la extrema derecha

Una escandalosa manifestación en Varsovia
pone de relieve el peligro del antisemitismo; pero conviene que miremos a
nuestro alrededor. Es necesario crear un frente contra la normalización del
lenguaje del extremismo fascista
Todas las facultades de periodismo del
mundo deberían enseñar a sus alumnos un vídeo del momento en el que un jovial
reportero de la televisión estatal polaca, el 11 de noviembre de 2017, pregunta
a un hombre que lleva un sombrero con los colores nacionales qué significa para
él participar en la marcha por el día de la independencia. “Significa”,
responde el hombre, “apartar del poder… ¡a los judíos!” Dado que Polonia está
gobernada por el partido populista-nacionalista de extrema derecha Ley y
Justicia (PiS), la siguiente pregunta debería ser: ¿a quién se refiere
exactamente cuando habla de los judíos en el poder? ¿Al líder del partido,
Jaroslaw Kaczynski? ¿A la primera ministra, Beata Szydlo? ¿O se refiere a otros
países, a Donald Trump, por ejemplo, o a Theresa May, o Mark Zuckerberg? ¿O a
los judíos de Marte?
En lugar de aprovechar esa oportunidad
única de entrevistar a un antisemita dispuesto a hablar sin tapujos, el
reportero se vuelve hacia una mujer que está al lado y le pregunta qué
significa estar allí como patriota. Cuando ella coincide con el anterior y dice
que están orgullosos de ser polacos y estar entre polacos, el periodista se
vuelve hacia la cámara y dice tan tranquilo: “¡Esto es orgullo, el orgullo de
poder ser polaco, el orgullo de ser polaco!”
Ese que se llama a sí mismo periodista no
es más que un mediocre empleado de una televisión pública, TVP Info, auténtico
canal de propaganda del PiS, que sigue la línea oficial de que se trataba de
una gran y afectuosa manifestación patriótica y de orgullo. El vídeo es una
brillante lección de 58 segundos sobre cómo no ejercer el periodismo. Hablo del
reportero más que de los antisemitas porque, ante la normalización mundial de
las ideas y los eslóganes de extrema derecha, en Charlottesville, Varsovia,
Dresde o Moscú, la pregunta fundamental es: ¿cómo debemos reaccionar?
Antes, los nacionalistas solían ser
‘nacionales’; hoy existe una red mundial de xenófobos
En primer lugar, debemos entender lo que
está pasando. Siempre hay una mezcla de características locales y generales.
Por ejemplo, esta “manifestación por la independencia” del 11 de noviembre en
Varsovia se celebra ya desde hace varios años, organizada por grupos locales de
extrema derecha, y cada vez con más participantes, hasta los 60.000 que se
calcula que hubo el sábado. Dentro de la marcha, cuyo lema este año era
“Queremos a Dios”, existe desde hace tiempo un “bloque negro” de verdaderos
radicales y fascistas. Ese bloque, con su enorme pancarta que decía “Una Europa
Blanca de Naciones Hermanas”, es el que más enfocaban las cámaras. En el centro
de la pancarta figuraba una cruz celta, un símbolo poco frecuente en Polonia
pero utilizado en otros lugares por los supremacistas blancos. Otra pancarta
decía Deus Vult, “Dios lo quiere”, el grito de guerra de la Primera Cruzada y
gran favorito de la internacional de extrema derecha. En la manifestación
participaron líderes de Italia, Gran Bretaña, Hungría y Eslovaquia, entre
otros.
Estamos ante un fenómeno nuevo. Antes, los
nacionalistas solían ser, digamos, nacionales, pero ahora existe una red internacional
de nacionalistas xenófobos de extrema derecha. Podríamos llamarla la Sexta
Internacional (después de cinco internacionales de izquierdas, le toca a la
derecha).
Estos modernísimos reaccionarios usan con
habilidad las redes sociales para difundir sus mensajes insidiosos, y un
ejemplo reciente es el de las elecciones de septiembre en Alemania, en las que,
según un informe del Instituto de Diálogo Estratégico, la extrema derecha
difundió profusamente y con gran éxito algunos de los hashtags más populares en
favor de Alternativa por Alemania (AfD). Dado que AfD va a ser el segundo
partido de la oposición en el Bundestag, este es un ejemplo de límites
peligrosamente desdibujados entre el nacionalismo conservador y el extremismo
de derecha. Ahora bien, ¿no ocurre igual en Estados Unidos con Trump? ¿Y qué
decir de un tuit reciente en la cuenta oficial de Leave EU (Salgamos de la UE),
que acusaba a 15 diputados conservadores contrarios a que la fecha del Brexit
se fije por ley de ser “el cáncer dentro del partido y traidores a su país”?
Cuando oigamos una opinión fanática, en el
bar o en Facebook, debemos alzar la voz y responder
Es necesario crear un frente contra esta
normalización del lenguaje y las ideas de extrema derecha, y en él son
especialmente importantes tres grupos: las plataformas de internet, los
personajes públicos y la gente normal. A las plataformas les pedimos, sobre
todo, transparencia. Twitter, Facebook y otros necesitan averiguar de inmediato
cómo están utilizando los rusos y otros agentes dañinos sus redes para influir
en referendos y elecciones, y luego tienen que contarnos lo que hayan
descubierto. Qué haremos después es otro asunto, pero lo más urgente es saber
qué demonios pasa.
Los personajes públicos deben alzar la voz
cada vez que se violen los límites del debate político legítimo. Todo lo
contrario de lo que acaba de hacer el gobierno polaco: varios ministros
quitaron importancia a los pequeños “incidentes” y las “provocaciones” en una
“preciosa manifestación” (lo único que salvó el honor de Polonia fueron las
palabras inequívocas de su presidente, Andrzej Duda). Como el vicepresidente
estadounidense, Mike Pence, cada vez que defiende con su sonrisa santurrona,
como si actuara en nombre del Señor, las cosas indefendibles que dice Trump. Y
toda la gente decente partidaria del Brexit debería apartarse de palabras
envenenadas como cáncer y traición.
Pero no es solo cosa de políticos. En
Polonia ha sido verdaderamente vergonzoso el silencio de los dirigentes de la
Iglesia Católica, que ni siquiera se han opuesto a la grosera utilización
política de las palabras “Queremos a Dios”. Este estribillo de un himno
tradicional, convertido en lema oficioso de las luchas polacas por la
independencia, se hizo famoso cuando lo citó el papa Juan Pablo II durante su
visita al país aún bajo el régimen comunista. No hay que olvidar tampoco a los
periodistas, cuyo deber, desde luego, no es impartir sermones sobre corrección
política, sino informar, preguntar y denunciar. También hay que oír las voces
de profesores, futbolistas, estrellas del cine y la televisión.
Y también estamos nosotros, la gente
corriente. Porque todos tenemos hoy cerca —si no físicamente, en el mundo
virtual— a alguien vulnerable ante esas opiniones radicales. No debemos dejar
todo en manos de las redes, los políticos y el clero. Cada vez que oigamos una
opinión de ese tipo, en el bar, en el campo de fútbol o en Facebook, debemos
alzar la voz y responder. No tiene por qué ser un debate airado. Podemos
utilizar el ridículo. El humor es un gran antídoto contra el fanatismo. En ese
sentido, me gustaría proponer un nuevo premio al peor periodismo. Debería
llevar el nombre del supuesto periodista de TVP-Info.
Timothy Garton Ash es catedrático de
Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la
Hoover Institution de la Universidad de Stanford.