Las culpas colectivas

30/Oct/2017

El Correo Gallego- por José Carlos Bermejo

Las culpas colectivas

El gran filósofo alemán Karl Jaspers planteó recién acabada la Segunda Guerra Mundial el problema de la culpabilidad alemana. En su opinión el pueblo alemán era responsable colectivamente del intento de acabar con todos los judíos europeos, que se quedó en la muerte de solo seis millones debido a las dificultades de la guerra. El holocausto en su opinión no tenía precedentes en la historia, ya que se trataba de intentar lograr la destrucción total del pueblo judío concebido en un sentido racial sin fundamento alguno. Los judíos asesinados eran en una gran parte no practicantes del judaísmo, hablaban las lenguas de sus países, con los que se sentían identificados, y no eran ningún peligro para Alemania desde ningún punto de vista: político, económico o militar. Nada tenían que ver el millón de judíos campesinos rusos con los judíos de clase media franceses, alemanes, holandeses o italianos, ni por su profesiones ni en sus visiones del mundo, y por supuesto no había ninguna coordinación entra los judíos que se extendían desde hacía muchos siglos desde Lituania a Rumania.
Sin embargo el estado SS, una parte del estado nazi, coordinó en toda Europa mediante medios diplomáticos, policiales y militares, el registro, la detención y el transporte de seis millones de judíos contando con la colaboración de las policías de países aliados y de países ocupados, como Francia, Bélgica, Polonia, Grecia o Rumanía. En Alemania todo el aparato de Estado: judicatura, Policía, Ejército, universidades, médicos y empresarios conocieron este exterminio, que nunca fue decretado legalmente porque se hubiese considerado monstruoso, y que se llevó a cabo bajo un manto de palabras que lo mistificaban, como «asentamiento en el Este» para el transporte a los campos, en los que el comando de las cámaras de gas se llamaba ‘comando especial’, el asesinato ‘acción especial’ y la operación global para lograr la ‘solución final del problema judío’ se bautizó con el nombre de ‘noche y niebla’.
Nadie se pronunció en contra. El arzobispo Van Galen, que había conseguido frenar el exterminio de los enfermos mentales y las «vidas no dignas para la vida» con la lectura en toda Alemania de una homilía, se negó a hacer lo mismo cuando se lo solicitaron las organizaciones judías mundiales. Y todo el aparato de la economía alemana y del Estado contribuyó de un modo u otro en el proceso. R. Hilberg, el más importante especialista en el estudio global de este proceso, estimó que deberían haber sido juzgados un millón de alemanes como responsables directos del proceso. Las compañías de ferrocarril, que cobraban el viaje a los campos de campos de la muerte como ‘excursión organizada’, las grandes industrias alemanas que se instalaron en los cinturones industriales de los campos o compraron a las SS esclavos judíos como mano de obra, y por supuesto jueces, policías, médicos y profesores conocían ese proceso del que no se podía hablar y al que colaboraron con su pasividad y silencio.
Se juzgó a unos pocos jerarcas nazis en Nuremberg, muchas empresas pagaron reparaciones a antiguos esclavos o sus herederos y la República Federal admitió esta culpa, mientras que la República Democrática pasó a decir que esa parte de Alemania liberada por el comunismo no había sido responsable de nada. Sobre el pueblo alemán cayó esta culpa colectiva, pero una gran parte de él no la asumió, siguió en el silencio hasta que el renacimiento de los neonazis volvió a dejar clara la opinión de muchos alemanes a favor del holocausto. Sin embargo no fue el pueblo alemán el único culpable, también lo fue el francés de la Francia ocupada y de la Francia de V­ichy, el italiano, el checo, el yugoslavo, el letón, el lituano, el polaco y tantos otros, pero no el ruso. Al acabar la Segunda Guerra Mundial, Stalin ordenó a I. Ehrenburg y V. Grossman la coordinación del Libro Negro, en el que se recogían todos los testimonios de la muerte de un millón de judíos rusos. Secuestró, sin embargo, la edición del libro porque al verlo creyó que tanto dolor le daba muchas bazas a los judíos y a pesar de que en él el pueblo ruso quedaba al margen de las masacres.
¿EXISTE LA CULPA COLECTIVA? Jurídicamente no. Todo un pueblo no puede ser culpable y además algunos judíos colaboraron en el holocausto haciendo censos de los ghettos, suministrando trabajadores o desempeñando papeles de mandos subalternos en los campos, lo que no les libró de la muerte en la mayoría de los casos. Es muy fácil juzgar ahora a esta parte de las víctimas desde un sillón, pero lo que sí está claro es que el pueblo judío no es responsable de su exterminio porque no tenía un Estado ni una identidad definida en toda Europa.
Existe una justicia poética, que es la que puede condenar moralmente a personas o colectivos y que puede ser muy eficaz como medio educativo y moral. Es dentro de esa justicia poética donde había que situar la culpabilidad colectiva de los alemanes, si no queremos ser racistas y pensamos que los hijos heredan las culpas de sus padres y que el crimen, la sangre y la tierra van unidos. A los judíos se les acusó históricamente de ser un pueblo culpable de la muerte de Jesús, y eso permitió perseguirlos. El papa Juan Pablo II reconoció que eso era erróneo y por eso pidió perdón.
Tenemos en España una culpa colectiva: el franquismo. Esa culpa parte del inicio de una Guerra Civil, de la represión política mantenida muchos años, junto a la perversión de la Justicia amparando robos, asesinatos y abusos, violando, por cierto, la legislación penal vigente, excepto en los casos de los supuestos delitos políticos: pertenencia a partidos, sindicatos, propaganda ilegal y al abuso de la jurisdicción militar para la represión de supuestos delitos de terrorismo, en muchos casos. El franquismo fue muy vil tras el fin de la guerra. Cuando terminó la guerra de secesión de los EE UU el general Lee y los combatientes del Sur se fueron a sus casas; en España militares de carrera vencedores actuaron sin decencia ni piedad con sus compañeros del otro bando, cuando la lucha en un bando u otro fue muchas veces cuestión más del azar que de la elección. Se utilizó a la Iglesia, con su consentimiento en un principio para consolidar el régimen, y las depuraciones de todo tipo minaron toda su legitimidad.
El legado del franquismo, cuarenta años después de la guerra, fue una culpabilidad colectiva, no de un pueblo, sino de lo que a finales de los años setenta del pasado siglo era en parte terriblemente real y en parte imaginario. Esa culpabilidad hizo que no se pudiese hablar de España, porque eso era franquismo, aunque la II República era española. Todo lo prohibido por el franquismo en el arte, la cultura, el pensamiento, las costumbres y la vida cotidiana pasó a ser considerado bueno, y es que en gran parte lo era. Como era cierto que las lenguas gallega, catalana y euskera habían sufrido la represión. Quedaban mucho sufrimiento y muchas heridas abiertas, pero ese sufrimiento era de quienes lo habían sufrido, a los muchas veces nunca se les dio la reparación que se les debía, apagándose así en las frías aguas de los ríos de la muerte y el olvido.
El problema vino muchos años después cuando al mediar la segunda década del siglo XXI personas que no habían sufrido nada, ni provenían de las familias sobre las que había recaído la represión y que ni siquiera conocían a ningún protagonista de lo que fue un proceso de esta indignidad colectiva, se alzaron como «justos sufrientes», como víctimas de un mundo del que no sabían nada y como jueces y verdugos de los supervivientes comunistas, sindicalistas y de todas las luchas antifranquistas a los que pasaron a llamar cobardes y traidores en sus tuits, en sus charlas y sus mítines.
En España unos sufrieron las heridas y otros se pusieron las vendas, proclamándose libres de toda culpa y arrojando en su inveterada e irrenunciable ignorancia la culpa colectiva sobre toda una época a la vez que siguieron dejando sin voz a quienes de verdad sí que fueron víctimas.
(*) El autor es catedrático de Historia Antigua en la USC