Un músico de calle ameniza sin tregua con
su ocarina a los no pocos turistas que disfrutan de las bellas vistas sobre el
puerto, a la derecha, y la ciudad, a la izquierda. A su lado, una discreta
estatua humana llama también la atención de los visitantes, aunque no tanto
como las hileras de bolsos expuestos en el suelo por los vendedores ambulantes,
al fondo, frente a la terraza del chiringuito. Bajos sus pies, escondida entre
las mil formas del característico mosaico que cubre la plaza, entre la
escultura de piedra en homenaje a la sardana y el mirador, una pequeña estrella
de seis puntas es tal vez la única pista física, casi imperceptible, que
recuerda lo que el lugar fue durante cinco siglos: el gran cementerio judío de
la ciudad.
«Antes de la extrema violencia sufrida
por ser acusados de la epidemia de la peste, a mitad del XIV, de los
aproximadamente 30.000 habitantes de Barcelona, 4.000 eran judíos.
Representaban el 12% de la población», señala Dominique Tomasov Blinder, arquitecta
especialista en patrimonio judío, guía del recorrido por lo que fue el antiguo
cementerio organizado este miércoles por la mañana por el Espai Avinyó.
De lápida a material de construcción
Sí lo recuerda el propio nombre de la
montaña –Montjuïc, el monte de los judíos-, pese a que no todos los
barceloneses conocen su origen. Los supervivientes de la persecución de 1391 o
se marcharon o se convirtieron al catolicismo, con lo que la comunidad judía no
se recuperó, y el cementerio pasó a manos reales. Empezó entonces el expolio de
las lápidas, para despejar las tierras para poder darles otros usos. «Las
lápidas, con inscripciones en hebreo, pueden reconocerse en alguna construcción
de la época. Se las llevaron de la montaña y fueron reaprovechadas», indica
la arquitecta.
Con la desaparición de las referencias
visibles de la necrópolis desaparecía su huella física en superficie, pero los
muertos seguían -siguen, muchos de ellos- estando allí, aunque poco a poco -han
pasado cientos de años-, se ha ido olvidando.
Primer reconocimiento
Sí lo recuerda la comunidad judía de la
ciudad, formada hoy por hoy por unas 5.000 personas, según señala Tomasov, una
de ellas. De hecho, fueron dos miembros de esta comunidad -arquitectos-, los
que lograron que se reconociera como Bien Cultural de Interés Nacional los
terrenos del antiguo cementerio, lo que impidió que se levantara sobre ellos,
frente a los jardines de Joan Brossa el restaurante y los jardines previstos a
principios de este siglo, cuando se hicieron las obras de mejora de
accesibilidad de la zona. En las excavaciones previas a esta obra encontraron
restos de 500 sepulturas allí enterradas, que allí siguen.
Esa no fue la primera vez que encontraban
sepulturas en la falda de Montjuïc. En los años 40 del siglo XX, durante la
construcción del Tiro Olímpico, hallaron 171 tumbas, documentadas en un mapa.
Sus restos fueron trasladaos a los almacenes municipales de la Zona Franca (sí,
donde guardaban también la polémica estatua ecuestre de Franco de la exposición
del Born).
No hay restaurante y el terreno está
actualmente vallado -e indicado en el Google maps como Antiguo cementerio
judío-, pero ninguna placa ni señalización explica el pasado de aquellas
tierras. Asignatura pendiente en la recuperación de la memoria histórica de la
ciudad.
Los orígenes de la comunidad
Las referencias más antigua sobre el
cementerio judío en la ciudad -prosigue Tomasov la visita, enmarcada en la
programación intercultural de otoño del Espai Avinyó-, son del siglo IX. Si
había cementerio, pues, es que había comunidad. Vivían en la Magòria, en el
actual distrito de Sants-Montjuïc -delante de la Campana, sí- hasta que en el
siglo XI el rey decidió trasladar a la comunidad judía a la ciudad,
intramurallas. Al Call, donde vivieron hasta el desmembramiento de la
comunidad.
Tomasov explica que en el judaísmo hay
pocas referencias al «más allá». Al contrario, se dedica
principalmente a la vida, y la muerte forma parte del ciclo de la vida. Por
eso, a los difuntos, se les deja piedras sobre las lápidas (en los cementerios
en los que las hay, claro, no es el caso). En la comida también se refleja ese
círculo vital. En los días posteriores al fallecimiento de un ser querido son
tradicionales, aún hoy, los alimentos redondos: las lentejas, los garbanzos,
los huevos duros sin sal…
«Cuando os vayáis, camino del
funicular, recordad que estáis paseando en un cementerio», despide la
arquitecta al entregado grupo que participa de la visita. Antes de partir,
alguien deja unas piedras sobre el suelo.
El cementerio judío de Montjuïc
11/Oct/2017
El Periódico, España, Por Helena López