3-4-2011
HISTORIAS El sistema facilitó la corrupción, y el precio del trigo subía. Mubarak intentó militarizar la producción de pan para prevenir la revuelta, pero no lo logró
POR ANDRÉS ALSINA
A veces hay explicaciones sencillas para las situaciones complejas; es tarea del periodismo y su innata superficialidad el procurarlas. ¿Por qué la rebelión en el mundo árabe?, me pregunta un joven colega? Qué es lo que tienen en común los países árabes de Noráfrica además de ser árabes todos ellos? Lo difícil son las respuestas, pero los periodistas no tenemos grandes dificultades en encontrar denominadores comunes. Yo creo que lo hice, y es porque en mi casa soy el encargado de comprar el pan. Yo pagaba no hace tanto 12 y 13 pesos la flauta, y ahora pago 22. Mientras junto el dinero para ir a la panadería, leo y me entero que durante dos días, la gente salió a las calles de El Cairo, quemó ómnibus, dependencias estatales y coches de lujo; fueron reprimidos pero ellos seguían protestando contra el presidente, que se vestía lujosamente mientras ellos dormían 12 en un cuarto. La revolución estaba en el aire. Era 1977, gobernaba Anwar Sadat y aconsejaba el FMI. Costó 160 muertos que aprendiera la lección: ser dictador árabe es posible pero no si se elimina el subsidio al pan y a otras cosas básicas. Era impopular entonces; le dieron el Nobel de la Paz y lo mataron en 1981. Su antecesor Gamal Abdel Nasser ya había establecido el modelo soviético de distribución centralizada de pan. La intifada del pan de 1977 abarcó descontento también en Marruecos, Túnez, Argelia y Jordán, y a Egipto, por ejemplo, EEUU le dio subsidios por US$ 4.600 millones en 30 años a través de su programa Comida por Paz. También Saddam Hussein fue generosamente apoyado. El sucesor de Sadat, Hosni Mubarak, se preocupó particularmente de que el pueblo tuviera grandes cantidades de pan muy barato. El FMI no estaba de acuerdo pero se refrenó; no así el precio internacional del trigo, que fue en contra de este acuerdo básico para mantener dictadores impopulares en tierras árabes. El académico tunecino Larbi Sadiki lo bautizó «democracia del pan». El cambio que atraviesa hoy el mundo árabe deja en pie una realidad; los países del alguna vez fértil Medio Oriente son casi la mitad de los 20 mayores importadores de trigo del mundo, y la lista es la de regímenes que ya cayeron o se tambalean: Egipto, Argelia, Irak, Marruecos, Yemen, Arabia Saudita, Libia y Túnez. No solo de petróleo vive el hombre. En diciembre de 2010, las protestas en Túnez eran manifestantes con baguettes ardiendo en sus manos, y esos panes derribaron sin más a su dictador-presidente Zine el Abidine Ben Alí. En mayo de ese año, el precio de la tonelada de trigo no llegaba a los US$ 150, en octubre era de 275 y en ese diciembre era de 337. Los subsidios fueron un sustituto de las reformas, y mientras se pudieron mantener, aquello funcionó. En 2010, Egipto subsidió el pan con unos US$ 3.000 millones, fundamentalmente a través de la venta de harina a las panaderías; el sistema facilitó la corrupción, y el precio del trigo subía. Mubarak intentó militarizar la producción de pan para prevenir la revuelta, pero no lo logró. De los US$ 150 de junio de 2010, el trigo trepó para setiembre a 280; se mantuvo en esa meseta hasta noviembre cuando trepó en un mes a 300 y en febrero de este año estaba a 350 y subiendo. Cada alza brusca en la pizarra de cotizaciones implicó intranquilidad social. Así pasó en 2008, donde la actual rebelión tuvo su prólogo con protestas en Jordania, Marruecos, Argelia, Líbano, Siria y Yemen. Por supuesto que el pan no es lo único que reclama el pueblo. Quiere también libertad, mejor nivel de vida y acceso a más elementos básicos de la vida cotidiana. Pero el pan tiene un fuerte efecto simbólico de lo que no se logra tener que viene desde la prehistoria. Hoy, en Yemen, las protestas se hacen blandiendo panes hechos de forma que se lee el imperativo ¡Renuncia!, dirigido al presidente Ali Abdullah Saleh. Pronto, los diarios nos harán más familiar su nombre.
El pan nuestro
04/Abr/2011
El Observador, Andrés Alsina