Israel, un éxito económico que pierde lustre

28/Ago/2017

El País, España- por Juan Carlos Sanz

Israel, un éxito económico que pierde lustre

Casi siete décadas después de su fundación, el panorama económico es aparentemente halagüeño para Israel. Roza el pleno empleo, con una tasa de paro inferior al 5%. La inflación ha sido domada y es ahora inexistente o negativa. La divisa nacional, el shequel, se ha revalorizado frente al euro un 14% en los dos últimos años. Vivir en Israel es un 20% más caro que en España, cuyo coste de la vida viene a coincidir con la media de los países de la OCDE, aunque el salario mínimo ronda los 1.200 euros mensuales. Desde el final de la Segunda Intifada (2000-2005) el crecimiento del PIB se ha mantenido en un ritmo anual sostenido del 4%, a pesar de haber librado una guerra en Líbano y otras tres en Gaza. Pero al igual que en su avanzada capacidad bélica, la renta per cápita anual de Israel (35.700 dólares) si sitúa a años luz de la disponible en la empobrecida y aislada franja palestina (1.700 dólares).
Para Joseph Zeira, profesor de Economía de la Universidad Hebrea de Jerusalén, la economía de Israel es una historia de éxito. El crecimiento se mantuvo a un ritmo constante del 5% entre 1947 y 1973. “Es cierto que no hemos alcanzado el nivel de Estados Unidos y de los países más avanzados, pero eso es debido al conflicto árabe-israelí, que incrementa la prima de riesgo de los inversores en Israel y provoca una rebaja del flujo de capitales”, destaca este experto en la estructura económica del Estado.
Israel atravesó un largo periodo de déficits comerciales a causa de su alta tasa de crecimiento inicial, de la avalancha de inmigrantes judíos llegados de todo el mundo y del conflicto con los países vecinos. “Hoy el crecimiento es menor, la inmigración masiva ha concluido y el coste derivado de la seguridad es mucho menos gravoso tras el acuerdo de paz con Egipto”, precisa el profesor Zeira. La intensificación del conflicto hace 50 años, en la guerra de los Seis Días de 1967, elevó los gastos de defensa desde el 8% del PIB a más del 20% del PIB. Estas partidas se dispararon hasta el 30% tras la guerra del Yom Kipur de 1973, en la que Israel estuvo a punto de verse desbordado por una ofensiva conjunta egipcia y siria.
La respuesta militar frente a la amenaza existencial condujo a una crisis fiscal sin precedentes, con un déficit situado en torno al 15% del PIB, la deuda pública elevada por encima del 150% del PIB y la inflación disparada hasta el 400% anual. “El déficit y el gasto público se han reducido. Las partidas de defensa han disminuido, pero también han caído en paralelo las de educación, sanidad, protección social y vivienda pública”, advierte el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén. “Los dos principales problemas de la economía israelí siguen siendo el conflicto israelo-palestino, que resulta muy costoso, y la elevada desigualdad, que supera los estándares de la OCDE.
Costes de producción
José María Blasco, consejero económico y comercial de la Embajada de España en Tel Aviv, coincide en destacar el éxito económico de Israel, pero señala también los riesgos de una desaceleración de la competitividad derivados de los altos costes de producción y de una baja productividad. “Gigantes como la farmacéutica Teva o la tecnológica Intel se llevan la parte del león de las exportaciones israelíes”, argumenta Blasco, “de manera que decisiones externas a la realidad económica del país, condicionan a veces la marcha de los intercambios comerciales”. Las exportaciones israelíes, que representan un 40% del PIB crecieron un 1,5% el año pasado, tras el bache que sufrieron en 2015.
Israel solo alcanza el 76% del nivel de productividad medio de la OCDE, y en el índice sobre la facilidad para hacer negocios del Banco Mundial se sitúa en el puesto 52 (España ocupa el lugar número 32 en una lista en la que EE UU se halla en octava posición y que cierra Turquía (69). “El país sigue presentando unos buenos indicadores económicos, pero debe afrontar los obstáculos que impiden su progreso económico, como la incertidumbre en la regulación y las trabas burocráticas”, declaraba recientemente a The Jerusalem Post Augusto López-Claros, asesor del Banco Mundial, quien consideraba que, “a la vista de su nivel de renta per cápita y de su desarrollo tecnológico, (…) existe un claro margen de mejora del marco regulatorio en Israel mediante el establecimiento de reglas predecibles”.
López-Claros citaba como ejemplo la paralización temporal del desarrollo del macroyacimiento de gas Leviatán, en aguas del Mediterráneo oriental, ante el desacuerdo entre el Gobierno del primer ministro Benjamín Netanyahu y el grupo adjudicatario de la explotación, encabezado por la compañía tejana Noble Energy. “Esas disputas enviaron señales de advertencia a los inversores extranjeros: las reglas sobre la participación en la economía israelí parecen alterables y se hallan sujetas a una considerable incertidumbre”, puntualizó este experto del Banco Mundial.
El profesor de Economía Joseph Zeira no cree, sin embargo, que exista un grave problema de competitividad en Israel. “Es un país pequeño y aislado geográficamente de sus vecinos a causa de un antiguo conflicto”, sostiene. Los acuerdos comerciales con Europa y Estados Unidos, las medidas de liberalización de la economía y la práctica congelación de los costes laborales desde hace casi dos décadas han contribuido, en su opinión, a aminorar la pérdida de competitividad.
El Estado israelí presenta hoy dos caras económicas con crecientes diferencias entre ambas vertientes. El 90% de los trabajadores, los empleados en sectores no tecnológicos, cuentan con bajos salarios y registran bajos niveles de productividad, según ha admitido la gobernadora del Banco de Israel, Karmit Flug. En una conferencia celebrada en junio en el Instituto para la Democracia en Israel, Flug definió la economía de su país como “un tren con un locomotora moderna tirando de anticuados vagones”. La locomotora es el sector de la alta tecnológía, caracterizado por el dinamismo de las start up, que sitúa a Israel a la cabeza de los índices internacionales de innovación, precisaba el periódico de información económica Globes. Las constantes amenazas a la seguridad han contribuido al desarrollo de una potente ciberindustria y a un sólido sector de defensa en el que destacan las exportaciones de aviones no tripulados (drones). De la misma forma, la aridez de la región ha obligado a desarrollar novedosas tecnologías de riego por goteo y plantas desalinizadoras de agua.
“Israel pierde cada año un 5,7% de su PIB a causa del servicio militar obligatorio”, alerta el profesor Zeira. “Los jóvenes acceden al mercado laboral tres o cuatro años más tarde que en otros países y, en consecuencia, el capital humano de Israel tarda más tiempo en desarrollarse”. El conflicto israelo-palestino también contribuye a reducir la riqueza nacional de los ciudadanos. “El coste directo del mantenimiento de las Fuerzas Armadas ronda el 6% del PIB”, destaca el titular del departamento de Economía de la Universidad Hebrea de Jerusalén. “Pero existen otros costes adicionales, como la reserva de una parte de territorio para las necesidades de Defensa, la contratación de guardas de seguridad (en los puestos de control) o la construcción de habitaciones aisladas (frente a ataques con gases tóxicos) en las nuevas viviendas, entre otros gastos similares que suman otro 4% del PIB. Si se añade al 20% de prima de riesgo que implica el conflicto por sí mismo, se constatan unos costes muy significativos del conflicto para la economía israelí”.
Desequilibrios
El informe de la gobernadora del banco emisor subrayaba también que el sector tecnológico ofrece empleo a más de un 9% de la población activa, más del doble que en la media de los países de la OCDE, y que Israel es líder en inversiones extranjeras en capital riesgo (4.800 millones de dólares en 2016 frente a los 600 millones recibidos por España), en proporción a su PIB. Cerca de la mitad de estos trabajadores altamente cualificados pertenecen a empresas que producen programas informáticos, otra cuarta parte prestan servicio en compañías que fabrican componentes electrónicos y ópticos, y el resto corresponden a centros de investigación o firmas farmacéuticas. A la economía convencional, que crea nueve de cada diez empleos, apenas se destina un 5% del gasto público en investigación y desarrollo. La principal amenaza para el futuro de Israel estriba precisamente en que la economía de la alta tecnología es esencialmente global, y puede salir del país con la misma facilidad con la que entró si es atraída por otros mercados.
“La economía de Israel no produce todo lo que podría llegar a producir”, analiza el consejero económico y comercial de España en Tel Aviv. “Tres años sin un conflicto armado, desde la guerra de Gaza del verano de 2014, han contribuido a mejorar el clima de los negocios en la actualidad, aunque en plena recesión internacional Israel mantuvo el listón del 2,5% de crecimiento en 2009”, explica. La reforma del sistema bancario aprobada en 2006 rebajó el riesgo de las entidades israelíes, que no están en general muy internacionalizadas. Cinco bancos concentran el 95% de la actividad crediticia en Israel, en régimen de oligopolio. “La concentración bancaria tiene mucho que ver con la ausencia de un sistema de garantía de depósitos en Israel”, puntualiza el profesor Joseph Zeira de la Universidad Hebrea de Jerusalén.
De los 8,5 millones de israelíes, un 20% son árabes (marginalizados) y un 11% judíos ultraortodoxos (subsidiados por el Estado). Eso hace que el peso de la economía recaiga sobre los cinco millones de miembros de la clase media. “Con estas diferencias resulta difícil tener una foto real de la economía de Israel”, advierte José María Blasco. “La desigualdad es un grave problema, y no solo por las minorías árabe y ultraortodoxa, sino sobre todo por la política fiscal”, precisa el profesor Zeira. “Se concentra en especial en la renta disponible, después de impuestos y subvenciones, lo que significa que el sistema de redistribución de la renta aplicado por el Gobierno ha fracasado. Ello se debe al recorte del gasto público y a la rebaja en la recaudación de los impuestos directos, cada vez con menor peso frente a los indirectos”.