Hace un año el Uruguay sufría la vergüenza de un crimen terrorista cometido por un uruguayo islámico contra un uruguayo judío, por el solo hecho de serlo.
Esta es la descripción sintética de aquel hecho nefasto que, desgraciadamente, ha tenido explicaciones que, aun sin mala fe, disminuyen la magnitud del episodio. Se dice que era un “loco” como si de los locos no se nutrieran históricamente el nazismo u otras corrientes análogas. Se habla de que, felizmente, no había ninguna organización detrás cuando eso es igual o peor, porque se trata de un ciudadano, maestro por añadidura, que sin pertenecer a entidad alguna, sin la presión de un grupo, simplemente cumpliendo la consigna de odio que llega desde el Oriente, en la pacífica Paysandú mata del mismo modo que ha ocurrido en Israel. El hecho de que un perito haya hablado de “inimputabilidad” agrega una suerte de exculpación, cuando es evidente que se trata de alguien que responde a un ambiente, a un prejuicio instalado que opera como fobia en una mente de por sí frágil en su equilibrio.
Todas estas circunstancias nos hablan de que ni siquiera un país de tanta tradición republicana y de larga convivencia entre religiones y corrientes filosóficas, está inmunizado contra el contagio de estas expresiones de intolerancia racista. Y ello obedece a que esa tolerancia está institucionalmente impuesta, llega a la mayoría de nuestra población, pero estamos lejos de la unanimidad. Aquella expresión solidaria y emotiva de todo Paysandú, hace un año, no refleja la totalidad del sentimiento colectivo. Desgraciadamente es así. El prejuicio está y en estos días en que el diputado batllista Verri ha presentado un interesante proyecto condenatorio de la negación del Holocausto y otros genocidios modernos, se ha observado en las redes sociales esa reacción oscura, torva, de gente que en la sombra expresa odio, antisemitismo, xenofobia.
La cuestión, entonces, se hace compleja y nos compromete a todos como nación, como sociedad. Los cambios culturales son siempre los más lentos. Nada hay más difícil de cambiar que la mentalidad, cuyos prejuicios persisten y afloran ante la excitación del episodio.
No podemos ignorar que el sentimiento ante Israel ha cambiado. El pequeño David que luchaba para sobrevivir contra cinco ejércitos enemigos que lo rodeaban, es mirado hoy de otro modo. Paga el pecado, justamente, de seguir viviendo, de haber construido una democracia y aun de haber prosperado, alimentando una envidia que se nutre del fracaso de quienes más lo combaten.
Incluso en el debate ideológico, el antisemitismo ha sido sustituido por el antisionismo. Aquel desconoce a las personas, éste rechaza que ellas puedan vivir agrupadas en una nación. La negativa a reconocer a Israel, o a cuestionar las políticas que ha tenido que desarrollar para defender, llevan a alimentar el prejuicio. La propia machacona condena que los países árabes y algunos gobiernos autoproclamados de izquierda logran en Naciones Unidas, transforma a los palestinos en víctimas de los judíos, cuando la verdad es que aquellos lo son de quienes los arman, de quienes los instrumentalizan, de quienes los fanatizan, de quienes no los ayudan a salir de su pobreza y les insuflan la consigna del asesinato.
No pretendemos que si algunos actos del gobierno de Israel son cuestionables, se calle la opinión. Pero sí afirmamos que ello ha de hacerse en su justa medida y no como explotación fanática. Cuando se observa en la televisión que la propia justicia israelí ordena el desalojo de asentamientos judíos irregulares y que ello se cumple, pese a las protestas, debe asumirse la diferencia sustantiva que media entre una democracia con un Estado de Derecho real y el autoritarismo que predomina en el mundo islámico.
En nuestro país estas consideraciones molestan a mucha gente, que se hace la distraída como si no tuviera nada que ver en esa permanencia del prejuicio antijudío. El reiterado golpeteo contra el sionismo, el persistente ataque a su gobierno, sin equilibrio en el análisis, conduce a ese nefasto resultado. Guste o no guste.
Bien está, entonces, la conmemoración. Pero no se trata solo de recordar. También estamos obligados, como sociedad, a hacer un profundo y honesto examen de conciencia. Indagar de verdad sobre la raíz del prejuicio. Y asumir que en la vida cotidiana, en los pequeños gestos, en la conversación habitual, es que se le comienza a erradicar. Hay que hacerlo entender.
No solo recordar
10/Mar/2017
Correo de los Viernes