La sorprendente historia de la nueva película de Spielberg

24/Feb/2017

Aishlatino, por Yvette Alt Miller

La sorprendente historia de la nueva película de Spielberg

El 23 de junio de
1858 nace el niño judío Edgardo Mortara.
El pequeño fue
secuestrado por orden del inquisidor de Bolonia y llevado a Roma, donde luego
de apartado de su familia, fue criado como católico ante la desesperación y la
impotencia de sus padres.
Basada en un libro de 1997 de David Kertzer, El secuestro de
Edgardo Mortara, la estremecedora historia de un niño judío que fue arrancado
de su familia en la Italia pre unificación, con la bendición del Papa Pío IX.
A pesar de parecer una historia de la época medieval,
ocurrió en los tiempos modernos. Edgardo vivió hasta 1940.
En 1850, Bolonia era la segunda ciudad más importante de los
Estados Papales, un área de Italia central legislada por el Papa. Si bien
muchos italianos presionaban por un cambio, la ciudad se había mantenido bajo
el dominio de los líderes eclesiásticos. La pequeña comunidad judía de Bolonia,
de 200 integrantes, enfrentaba un intenso antisemitismo, por lo que había
optado por mantener un bajo perfil. Para no llamar la atención, no tenían ni un
rabino comunitario ni una sinagoga.
Momolo y Marianna Mortara vivían en el centro de la ciudad y
empleaban a varios adolescentes locales para que los ayudaran con las labores
hogareñas y los niños. En 1853, la ayudante de los Mortara era Anna Morisi, una
niña de 14 años. Ella se mudó al hogar de la familia Mortara poco después del
nacimiento del pequeño Edgardo. Morisi se encariñó con el bebé judío y, cuando
Edgardo se enfermó al año de edad, la adolescente le dijo al almacenero local
que era un bebé bonito y que le entristecería que muriera. El almacenero
sugirió que bautizara al niño; quizás eso lo ayudaría a curarse de su
enfermedad.
“Tu hijo Edgardo
ha sido bautizado”, declaró el jefe de la policía papal, “y se me ha ordenado
llevarlo conmigo”.
La joven niñera no sabía cómo bautizar al niño, pero
improvisó, arrojando un vaso de agua sobre él y diciendo algunas palabras que
pronto olvidó. “Asumí que no tenía ninguna importancia, dado que lo había hecho
sin saber lo que estaba haciendo”, dijo posteriormente.
Pero años después, la niñera le mencionó casualmente a una
amiga lo que había hecho con el niño judío en el pasado. Se corrió la voz hasta
llegar a las autoridades de la iglesia, y la joven fue interrogada por el oficial
inquisidor.
La reacción de la iglesia fue veloz. En la noche del
miércoles 23 de junio de 1858, la policía papal fue al departamento de los
Mortara y exigió ver a todos los niños. Aterrorizados, los Mortara despertaron
a sus hijos. En pocos minutos, siete exhaustos niños fueron presentados ante la
policía: Ernesta y Erminia, gemelas de 11 años, Augusto, de 10 años, Arnoldo,
de 9 años, Edgardo, de 6 años, Ercole, de 4 años y la bebé Imelda.
“Tu hijo Edgardo ha sido bautizado”, dijo el jefe de la
policía papal, “y se me ha ordenado llevarlo conmigo”.
Llorando, ambos padres se arrodillaron ante el oficial
rogando por misericordia. Un vecino judío se apresuró para ver de qué se
trataba la conmoción. “Vi a una madre perturbada, bañada en lágrimas, y a un padre
que estaba arrancándose el cabello, mientras los niños estaban arrodillados
rogándole a los policías por misericordia. Fue una escena tan conmovedora que
ni siquiera puedo comenzar a describirla”.
Como los gritos de la familia retumbaban en todo el vecindario,
los residentes judíos y algunos miembros de la guardia papal se acercaron hasta
el inquisidor local para ver si cambiaría de opinión. Después de 24 extenuantes
horas, llegó la respuesta: habiendo sido bautizado, Edgardo Mortara era ahora
cristiano, y como tal, no podía permitirse que fuera criado por judíos. Al día
siguiente, el 24 de junio de 1858, el pequeño fue arrancado para siempre de los
brazos de su madre.
Edgardo fue llevado a Roma. Su secuestro atrajo mucha
atención, por lo que, queriendo desviar el criticismo, las autoridades de la
iglesia publicaron una versión oficial sobre la travesía de Edgardo:
Inmediatamente después de separarlo de sus padres —declararon—, Edgardo se
volvió un devoto católico, a tal grado que pedía detenerse en las ciudades del
camino para ver las iglesias. Aunque en realidad Edgardo posteriormente recordó
haber sollozado por sus padres (le dijeron falsamente que lo estarían esperando
en Roma). Cuando pidió la mezuzá que normalmente colgaba con una cadena de su cuello,
le dieron un crucifijo en su lugar.
En Roma, Edgardo fue criado en la Casa de los Catecúmenos,
un hogar para nuevos conversos al catolicismo, incluyendo algunos judíos que
habían sido llevados allí en contra de su voluntad. A mediados del siglo XIX, era
ilegal que un judío se aproximara al edificio o se comunicara con los internos.
Un judío fue arrestado por simplemente mirar a través de una ventana. Los
padres de Edgardo viajaron a Roma y, después de muchos meses de implorar, se
les permitió ver brevemente a su hijo. Edgardo le dijo a su madre que
continuaba diciendo el Shemá todas las noches.
El Papa Pío IX se interesó personalmente en Edgardo Mortara.
A pesar de acumularse presión internacional en contra del secuestro, el Papa
declaró ser el nuevo padre de Edgardo y se rehusó a devolver al niño,
prohibiendo que volviera a tener contacto alguno con sus padres. Para cuando
tuvo trece años, después de siete años de intensa educación católica, Edgardo
se agregó el nombre Pío, en honor al Papa. Cuando cumplió 21 años, en 1873,
Edgardo fue ordenado como sacerdote católico.
En 1878, Marianna, la madre de Edgardo, lo visitó,
reestableciendo contacto después de muchos años que le fue prohibido ver a su
hijo. Marianna encontró a Edgardo cambiado. Ahora él deseaba ardientemente
convertir a judíos, especialmente a su familia, al catolicismo. Cuando Marianna
murió, en 1890, los periódicos italianos publicaron relatos sensacionalistas de
su supuesta conversión al catolicismo ante la insistencia de su ilustre hijo
sacerdote. En lugar de sacar partido de esos comentarios, Edgardo se encargó de
hacerle saber al mundo la verdad: “Siempre deseé ardientemente que mi madre
abrazara la fe católica, habiendo intentado muchas veces convencerla para que
lo hiciera. Sin embargo, eso nunca ocurrió, y aunque estuve junto a ella
durante su última enfermedad, junto a mis hermanos y hermanas, nunca mostró
ninguna señal de convertirse”.
La familia se mantuvo en contacto. El sobrino nieto de
Edgardo, Gustavo Latis, le dijo a The Times of Israel en 2014 que, durante más
de un siglo, una foto de Edgardo estuvo en la casa de su familia con una
dedicación bajo la misma: “¡Mi bendita y amada madre! Que Dios te mantenga
feliz con el afecto de tu amado hijo Pío Edgardo, quien te ama mucho. Venecia
15/XI/81”.
Latis recuerda a Edgardo visitando su hogar, colgando su
gran sombrero negro de sacerdote en el vestíbulo de la entrada. Imelda, su
abuela, hermana menor de Edgardo, estaba “muy apegada al judaísmo”, recuerda.
“Siempre se aseguró de que ayunáramos en Iom Kipur y que celebráramos Pésaj, y
amaba cocinar comida judía…”. A pesar de su fuerte compromiso a su fe judía,
Imelda continuó en contacto con su hermano. Pero siempre fue cuidadosa cuando
este se acercaba. Su nieto recuerda: “Aunque el afecto fraternal entre ellos
nunca cesó, mi madre era muy cuidadosa cuando él estaba cerca. Temía sus
sermones, en particular por nosotros, los niños”.
Muchos de los parientes judíos de Edgardo murieron en el
Holocausto. Viviendo en Bélgica durante la Segunda Guerra Mundial, Edgardo
mismo hubiese descubierto que su conversión al catolicismo era insuficiente
para salvarlo y probablemente habría sido deportado si no fuera porque falleció
en 1940, a los 88 años, unos meses antes de la invasión alemana a Bélgica.
Steven Spielberg está actualmente haciendo el casting para
la película en todo el mundo, y miles de padres están entusiasmados ante la
posibilidad de que sus hijos sean seleccionados. Conocer este horrendo relato a
través de un largometraje puede ayudarnos a apreciar que se trata de una
historia real, y quizás recordarnos que no debemos dar por sentada la educación
judía de nuestros hijos.