Sigmund Rascher: Las bestiales torturas del médico de las SS que quería ‘revivir’ a los muertos con sexo

07/Feb/2017

ABC, España, Por Manuel P. Villatoro

Sigmund Rascher: Las bestiales torturas del médico de las SS que quería ‘revivir’ a los muertos con sexo

En pleno siglo XXI existen pocas personas
que no hayan oído hablar de las torturas perpetradas por Josef Mengele en
Auschwitz, el campo de exterminio más tristemente famoso del Tercer Reich.
Pruebas con niños gemelos, extracción de órganos… Sin embargo, el centro (que
era protegido por guardias cuya identidad ha sido desvelada hace menos de una
semana por Polonia) no fue el que acogió las pruebas más crueles realizadas en
seres humanos.
Por el contrario, este horrible honor lo
tenía el campo de Dachau. Y es que, fue entre sus muros donde el médico Sigmund
Rascher protagonizó algunos de los test más sádicos de toda Alemania. Entre los
mismos destacaron las horribles experimentos sexuales. En ellos, obligaba a una
prisionera a mantener relaciones con un reo que había sido introducido
previamente en agua gélida (y había caído inconsciente) para intentar que su
hipotermia remitiese. De esta forma, buscaba encontrar un método efectivo para
que los pilotos de la Luftwaffe no fallecieran de frío después de ser
derribados sobre el océano.
A las órdenes del Reich
Sigmund Rascher nació en Múnich bajo el
paraguas de una familia adinerada. Era, casi se podría decir, un ‘niño bien’ al
que la vocación de médico le venía de su padre, también facultativo (y, todo
hay que decirlo, mucho mejor que él). En 1930 (es decir, a los 21 años) comenzó
sus estudios de Medicina y, tan solo tres después, se afilió al Partido
Nacionalsocialista Alemán y a las SA. Aquello significó el despegue de su
carrera ya que, poco después de acabar sus estudios (allá por 1939), entró al
servicio de la Luftwaffe (la fuerza aérea germana, una de las patas del ejército
más ideologizada por el nazismo gracias a Hermann Goering).
Pronto demostró su compromiso con el
régimen de Adolf Hitler, como bien explica el autor Manuel Moros Peña en «Los
médicos de Hitler» (Nowtilus): «Su fanatismo era tal que ese mismo año denunció
a la Gestapo a su propio padre». ¿Por qué? Simplemente, por defender el
juramente que había hecho como facultativo de proteger a sus pacientes. Aquello
le hizo ganar todavía más puntos ante el alto mando germano. Su ascenso a la
cima terminó a los 30 años, cuando se casó con Nini, una antigua amante de
Heinrich Himmler (el jefe de las SS). A partir de entonces, el líder nazi
empezó a colmar de presentes y de atenciones a la pareja. Era, en definitiva,
todo un contacto.
Si anteriormente su carrera había subido
como la espuma, en ese momento terminó de catapultarse. Y es que, de la mano
enguantada de Himmler, Rascher accedió a la «Ahnenerbe» (más conocida por ser
una sección de investigación paracientífica de las SS) con el cargo de
SS-Sturmführer.
¿Se merecía su suerte? Tal y como afirma
Nikolaus Wachsmann en «KL Historias de los campos de concentración nazis»
(Crítica), no: «La rapidez con la que ascendió […] se debió a su ambición unida
a la de una esposa no menos resuelta que supo exprimir su relación con
Himmler». Sin embargo, no era precisamente querido por sus compañeros. De
hecho, uno de ellos (el profesor Karl Gebhardt, jefe médico de las Waffen-SS)
solía afirmar que, si los informes que entregaba Rascher fuera de uno de sus
alumnos de primer curso, le expulsaría inmediatamente de su despacho.
¿Cómo Adolf Hitler, un simple ex cabo del
ejército que ni siquiera era alemán, logró llegar a ser el líder de una nación
que pondría en jaque a toda Europa? La razón hay que hallarla en una inusual
mezcla de agudeza política y la convicción fanática en unas creencias
delirantes. Y en medio de ese entramado que atenazó al mundo, se encontraba una
fuerza oscura que contribuiría a expandir el implacable poder del «Reich de los
Mil Años» y que se extendía por todo el imperio nazi. Su nombre, todavía hoy,
suena estremecedor: la Orden Negra, el ejército pagano del Tercer Reich. Al
frente de este cuerpo militar de superhombres arios se hallaba Heinrich
Himmler, el «mago negro» del Partido Nazi.
A través de la Ahnenerbe, envió
expediciones por todo el mundo en busca de los vestigios de la raza aria,
exigió a sus guardias negros una inmaculada ascendencia nórdica, recuperó
rituales paganos ancestrales, promovió atroces experimentos y, finalmente,
llevó a cabo la denominada «solución final» que acabaría con la muerte de
millones de seres inocentes. Este libro recoge el camino de terror seguido por
los caballeros negros del Tercer Reich, en cuyo origen y creencias se
encuentran las claves principales para comprender en profundidad la Alemania
nazi.
El comienzo
Con la llegada de la primavera de 1941,
Rascher vio su sueño hecho realidad cuando el Reich hizo un llamamiento a sus
médicos para solventar un severo problema. Por entonces los alemanes andaban
inmersos en una serie de proyectos para superar a los cazas británicos, y
habían ideado un tipo de avión que podía ascender más que ellos para tener
ventaja a la hora de atacarles.
Todo parecía idóneo, pero en las primeras
pruebas que se hicieron con dichos aeroplanos (en las que se utilizaron monos
para simular pilotos) se observaron varios problemas. El más importante era
que, al ascender tanto (unos 12.000 metros), si la cabina se rompía durante un
enfrentamiento, los aviadores se verían sometidos a un fuerte cambio de presión
al lanzarse en paracaídas. Es decir, que sufrirían de una falta de oxígeno
considerable. ¿Sería suficiente como para matarles? Era difícil saberlo.
Sabedor de que era un momento idóneo para
poner en práctica sus habilidades y ganar puntos ante el Reich, Rascher envió
una carta a su gran amigo Himmler solicitándole una auténtica barbaridad:
«Lamentablemente no se han podido hacer experiencias sobre material humano,
porque estas experiencias eran muy peligrosas y nadie se prestaba a ellas voluntariamente.
Por eso me he decidido a plantearle una cuestión de capital importancia: ¿Puede
usted poner a nuestra disposición dos o tres criminales profesionales con fines
experimentales? Estas experiencias, en el curso de las cuales los sujetos de
las mismas pueden morir, se harían, por supuesto, con mi activa participación».
Por «criminales», el médico entendía los
reos que habían sido enviados a campos de concentración. A su vez, señalaba que
sería una buena forma de redimir a los «débiles de espíritu», que podrían así
«servir de material de experimentación».
La respuesta llegó poco después, y firmada
por el secretario personal de Himmler (pues él se encontraba de viaje): «Puedo
decirle que los presidiarios serán puestos a su disposición gustosamente para
los experimentos».
El 14 de febrero de 1942 (día de San
Valentín) arribaron además hasta el campo de concentración de Dachau (donde
estaba destinado Rascher en un laboratorio) cuatro oficiales alemanes para
supervisar las pruebas. «Sería la primera vez que seres humanos se verían
obligados a participar en los experimentos médicos del Tercer Reich», señala
Moros en su obra. Fue entonces cuando, como explica el periodista Óscar
Herradón en su obra «La Orden Negra. El ejército pagano del Tercer Reich»
(editado por Edaf) dio rienda suelta a toda su brutalidad.
Primeros experimentos
Los primeros experimentos que realizó
Rascher fueron en una extraña cámara de descompresión. Era de forma esférica y,
de ella, se podía extraer el aire. Su objetivo era simular las condiciones que
sufrían los pilotos germanos cuando se lanzaban desde una altura de hasta
20.000 metros.
Ya solo le quedaba poner cara y cuerpo a
los presos que iban a ser sacrificados en favor de la ciencia nazi. Los pobres
incautos no solo no fueron obligados a ser cobayas humanas, sino que se
ofrecieron voluntarios. Y es que, se les dijo que no sufrirían ningún tipo de
daño y que, tras los experimentos, serían liberados. Lo único que solicitó el
médico es que aquellos que llegaran a su despacho tuvieran las mismas
características físicas que un aviador de la Luftwaffe. Se presentaron 70 reos,
y fueron seleccionados 10.
El 22 de febrero se llevó a cabo la primera
prueba. Su objetivo era determinar la máxima altitud a la que se podía arrojar
un piloto desde su avión para no fallecer. Los test consistían en introducir al
reo en la cámara de descompresión con una máscara de oxigeno. Posteriormente,
se extraía el aire de su interior. Se hacía poco a poco en un intento de
recrear las condiciones que tendrían que soportar en un ascenso los pilotos de
la Luftwaffe.
Cuando se llegaba a una supuesta altura,
los médicos ordenaban al reo quitarse la máscara… Y comenzaba el sufrimiento.
El caso de una de aquellas cobayas humanas lo explica Herradón en su obra, en
la que señala que se obligó a un judío de 37 años a «caer» hasta en tres
ocasiones desde una altura de 12 kilómetros. «Tras la tercera caída, entró en
estado agónico, muriendo poco después».
Los que más suerte tenían eran aquellos que
fallecían al instante. Por el contrario, había otros reos que no disfrutaban de
esa dicha. Estos padecían convulsiones. Después, su cuerpo se agitaba. Moros
pone como ejemplo lo que le sucedió a otro de los reos cuando se quitó la
máscara después de que se extrajera el oxígeno de la cámara simulando una
altura equivalente a 15.000 metros.
«Inmediatamente, su cuerpo comenzó a
agitarse, presa de convulsiones. A 14.000 metros, se puso rígido y se sentó
como un perro. Comenzó a jadear y emitir gruñidos con los miembros contraídos y
los ojos a punto de salírsele de las órbitas», explica. No fue lo único que le
sucedió. Posteriormente comenzó a llorar, su rostro se deformó, y se mordió la
lengua. Cuando le sacaron no podía andar y no recordaba su nombre.
¿Sirvieron de algo aquellos experimentos?
Tal y como afirma Herradón en «La Orden Negra», no: «Sin duda Rascher
disfrutaba con el sufrimiento ajeno y el espectáculo de la lucha al límite por
la supervivencia». Por si eso no fuera ya horrible, este doctor solía
diseccionar los cadáveres de sus víctimas con el objetivo, según decía, de
investigar cómo habían respondido sus órganos internos a los diferentes grados
de presión. En las imágenes que han sobrevivido a los años, se puede apreciar a
reos fallecidos, con el cráneo abierto y el cerebro al aire, preparados para
ser investigados.
Y estos solo fueron los experimentos
oficiales, los que Rascher perpetró teniendo frente a sí a uno de sus
superiores.
Posteriormente, llevó a cabo una segunda
tanda de pruebas, pero esta vez mucho más crueles. En este caso, introdujo a
los reos en la cámara, aunque sin máscara de oxígeno. El resultado fue expuesto
por el ayudante de Rascher en un informe que, posteriormente, salió a la luz:
«He observado personalmente como a un prisionero encerrado […] le estallaban
los pulmones. Cierta clase de ensayos han producido tal presión en las cabezas
de estos hombres que se volvían locos y se arrancaban los cabellos en un
esfuerzo desesperado por mitigar aquella cruel sensación». Dichos test solían
terminar con el fallecimiento del sujeto.
Agua helada
Estos no fueron, con todo, los experimentos
más bárbaros de Rascher. Después de no haber obtenido ningún dato de interés en
sus pruebas en la cámara de despresurización, el médico decidió aportar su
pequeño (y sádico) granito de arena en lo referente al rescate de los pilotos
de la Luftwaffe.
En este caso, acometió la congelación. Una
dificultad mortal que sufrían los aviadores cuando caían sobre las aguas. El
problema era que la mayoría, a pesar de ser rescatados, morían poco después
debido a la hipotermia. ¿Cuál era la forma más efectiva de calentar el cuerpo
humano en esos casos para evitar la muerte? ¿Se podía detener su fallecimiento?
Todas estas cuestiones se las planteó nuestro infame doctor. Y, para
resolverlas, contactó de nuevo con Himmler.
Así logró que, en agosto de 1942, se le
permitiera utilizar prisioneros (la mayoría soviéticos) para experimentar. No
era algo nuevo para él, al fin y al cabo. Sin embargo, desde la sede del Reich
no se fiaban demasiado de Rascher, así que le enviaron dos «niñeras»: Ernst
Holzlohener y August Finke (ambos profesores de fisiología en la universidad de
Kiel). Bajo su supervisión, Rascher comenzó a introducir a los prisioneros en
un tanque de agua gélida que contaba con una temperatura de entre 2 y 12
grados.
«Algunos fueron metidos en el tanque con
los trajes protectores y los chalecos de la Luftwaffe, pero otros fueron dejados
en el agua helada desnudos», señala Moros. Allí eran abandonados 1 hora, tiempo
tras el cual perdían el sentido debido a la hipotermia. Algunos debían soportar
el trauma de ser sedados, un método mediante el que sus músculos se relajaban.
El objetivo, en este caso, era comprobar la respuesta del cuerpo bajo esas
premisas.
Pasado el período de tiempo que Rascher
consideraba más adecuado, los reos eran sacados del agua. Entonces se les
trataba de reanimar de diferentes formas. Las más habituales eran las
siguientes:
1-Inyectándoles agua hirviendo en el
estómago.
2-Sumergiendo sus cuerpos en agua caliente.
3-Introduciéndoles en sacos de dormir
previamente calentados.
4-Tapándoles con mantas.
5-Dándoles de beber alcohol.
6-Haciéndoles tomar fármacos.
«Completamente desnudas, las mujeres debían
apretarse a él lo más posible y tratar de provocar el coito»
Únicamente se volvió a comprobar que la
mejor forma era introducir a los pilotos en un baño calentado a 40 grados. Algo
que ya se sabía desde el siglo XIX. Aquellos experimentos solo sirvieron
(además de para hacer acopio de datos que, curiosamente, fueron usados luego
por los Estados Unidos) para generar un gigantesco sufrimiento.
En palabras de Wachsmann, un ejemplo claro
de ello fueron los gritos desesperados de un hombre que, tras pasar más de una
hora en el líquido elemento, empezó a pedir desesperadamente en un mal alemán
que le sacasen de allí: «¡Ninguna más agua! ¡Ninguna más agua!». Uno de los
pocos que sobrevivieron fue Leo Michalowski quien, durante los juicios de
Nuremberg, definió así su estancia en la piscina: «Sentía que me estaba
congelando en aquella agua; tenía los pies agarrotados como el hierro, y las
manos también. Era incapaz de llenarme los pulmones de aire».
Experimentos sexuales
A pesar de la barbarie, los germanos
quedaron sumamente contentos de los resultados obtenidos por Rascher. Pero,
como todo en esta vida tiene un final, las pruebas se terminaron y las dos
«niñeras» del doctor acabaron abandonando Dachau y regresando a la capital del
Reich. Aquel podría significar el final de los test del cruel médico… pero
este tenía otros planes. Sin supervisión, y sabedor de que tendría el total
apoyo de Himmler, comenzó entonces una serie de locos experimentos con los que
llenar su tesis doctoral.
El primero fue uno de los más bárbaros, y
consistía en introducir a dos reos rusos en aguas gélidas totalmente desnudos
durante dos horas. Algo inhumano, pues el tiempo superaba con creces el
habitual. Tampoco permitió a sus ayudantes que les inyectaran cualquier tipo de
calmante cuando estos vieron que su sufrimiento era inhumano. Ambos, lógicamente,
murieron.
Pero no fue el único. Rascher alcanzó el
siguiente nivel de barbarie, nuevamente, gracias a la ayuda de Himmler.
Y es que, a este le fascinaron tanto las
pruebas que propuso a su pupilo tratar de reanimar a los presos con lo que él
llamaba «calor animal». Concretamente, supuso que el medio más prometedor de
devolverles la vida después de padecer hipotermia era el calor sexual. «Con el
fin de probar su hipótesis pidió a Rascher que introdujera en sus experimentos
mujeres desnudas», determina en su obra el anglosajón. Tal y como suena. Al
poco tiempo, llegaron del campo de concentración de Ravensbruck cuatro
prisioneras para servir de conejillos de indias para los nazis.
Las formas de «calentar» a los presos con
hipotermia mediante mujeres eran varias. La más básica era que estas se
ubicaran a sus lados para, simplemente, transmitirles temperatura mediante sus
cuerpos. A parir de ese punto, la imaginación de Rascher hizo el resto.
Un ejemplo es que intentó varias veces que
las prisioneras hiciesen «tocamientos» o masturbaran a los reos noqueados para
que volviesen a su ser..
El método era totalmente ineficaz, pero el
médico siguió intentando que funcionase para complacer a Himmler, que estaba
totalmente obsesionado con el tema. «Rascher instaló un espacioso lecho en su
laboratorio, donde colocaba a los prisioneros congelados entre dos de las
cuatro prisioneras traídas para tal propósito desde el campo de Ravensbrück.
Completamente desnudas, las mujeres debían apretarse a él lo más posible y
tratar de provocar el coito», añade Moros.
«El cabecilla de los voyeurs no era otro
que el mismísimo Reichführer de las SS»
Los experimentos interesaron tanto a
Himmler, que él mismo se desplazó hasta el campo de concentración de Dachau
para «disfrutarlos» en primera persona. «El cabecilla de los voyeurs no era
otro que el mismísimo Reichführer de las SS. Aquel reprimido sexual sentía una
“gran curiosidad” por los ensayos, y se aseguró de no perdérselos», determina,
en este caso, el autor anglosajón.
Una de sus visitas más sonadas se sucedió
el 13 de noviembre de 1942, cuando vio con sus propios ojos como dos mujeres
eran obligadas a mantener relaciones sexuales con un hombre que había sido
arrojado a un tanque de agua helada. A pesar de las pruebas, no se logró
verificar la teoría, aunque Rascher terminó considerándola una forma
alternativa de salvar a los pilotos cuando el resto fallaran. Simplemente, por
dar la razón a Himmler.
Eso no le sirvió para salvar su vida.
Cuando el mundo se enteró de que los hijos de Rascher no eran suyos, y que los
había «robado» de otra pareja, se le mandó ahorcar junto a su mujer en el mismo
campo de concentración de Dachau. Finalmente, el verdugo probó el triste sabor
de su propia hacha.