El periodista judío Moriz Scheyer y su
mujer vivieron una de las fugas del exterminio nazi más inverosímiles. Libraron
la muerte gracias a los dos años escondidos en un convento al sur de Francia.
Moriz Scheyer abre la puerta de su casa.
Altas horas de la madrugada y siete soldados nazis armados.
Vienen a por él y su familia. El brigadier
grita: “Vístanse y cojan algunas prendas y mudas. Pero rápido, rápido, no
podemos perder tiempo, tenemos que arrestar a más judíos”. La mujer de Moriz
pierde el conocimiento. Volvió en sí a los pocos minutos. “Apenas había abierto
los ojos cuando el brigadier le espetó con rudeza: “Deje de hacer teatro: no le
servirá de nada”. Estábamos indefensos. Pero esa grosería me sacó de mis
casillas”. Scheyer chilla al oficial nazi que mantenga la boca cerrada, que
está haciendo algo de lo que tendría que avergonzarse. La deportación. Hacen un
hatillo.
“¿Qué debíamos coger, qué debíamos dejar?
Todo nos parecía indispensable y superfluo al mismo tiempo”, escribe Scheyer.
Al otro lado de la calle, la dueña de una pensión arranca un aplauso
entusiasmado. El brigadier sonríe y agradece los aplausos del público. Un
autobús turístico se lleva a la familia Scheyer, de París a Grenoble, “en la
radiante y preciosa mañana del 26 de agosto de 1942”.
Moriz Scheyer fue el editor de cultura del
prestigioso periódico de Viena, Neues Wiener Tagblatt, exitoso ensayista y
crítico, amigo de Stefan Zweig, Bruno Walter y Gustav Mahler, cuando el
ejército nazi invade Austria, en 1938. Un superviviente (que ahora publica
Siruela) es el relato en primera persona de una fuga por la supervivencia que lleva
a Moris y su mujer Greta a vivir en la clandestinidad.
Durante los siguientes seis meses, antes de
escapar a Francia, Scheyer observa con creciente disgusto la velocidad y la
facilidad con la que una vez que sofisticada, culta de Viena se convirtió en
una ciudad alemana, con desfiles, lemas y la brutalidad nazi, y en el que los
judíos fueron considerados como parias. La ira y la incredulidad se encuentran
en el centro de asilo, su relato de supervivencia en la clandestinidad en el
sur de Francia a través de los años de la ocupación alemana. ¿Cómo, se pregunta
una y otra vez, podría permitirse tal persecución suceder en una Europa
civilizada?
Fue en un convento en la Dordoña, en el sur
de Francia, donde sobrevivieron ocultos entre 1943 y 1945. Mientras las monjas
se dedican a atender a personas discapacitadas, él escribe sobre lo ocurrido y
concluye el testimonio en 1945, al terminar la Segunda Guerra Mundial. Llegan
al convento y la madre superiora les dice que allí no se meten en política,
pero que eso no impide que deban estar informadas de lo que está sucediendo
“para saber cuál es nuestro deber como personas y como francesas”.
El periodista judío se muestra entregado a
la vida monacal de las monjas. “Se podría decir que aniquilaron con sus propias
manos todo lo que la naturaleza les exige y lo que la existencia les ofrece a
las mujeres. Son envidiables por poseer esa fortaleza interior. Y además son
envidiables por su equilibrio, su serena resignación, su callada e inagotable
paciencia”, cuenta. “No sé si existe el Paraíso. Pero de las monjas que conozco
no hay ni una sola que no merecería ir al Paraíso…”
El manuscrito encontrado
“Mi hermano y yo descubrimos el manuscrito
de manera fortuita en la buhardilla de mi padre, Konrad Singer, el hijastro de Scheyer,
durante la mudanza que emprendió a la edad de 87 años”, cuentan los nietos del
autor del manuscrito, que apareció dentro de un sobre con la dirección de la
primera esposa de Zweig, residente en los EEUU. El hijastro no intentó
publicarlo nunca. “Le disgustaban profundamente el libro y sus intensos
sentimientos “antigermanos”, y pensaba que lo había destruido. El escrito
mecanografiado que yo encontré parece ser una copia de carbón hecha por mi
abuela, la esposa de Scheyer, Margarethe, que había ido a parar fortuitamente a
la buhardilla”. Un milagro.
El periodista disecciona, con una crítica
implacable, la repugnancia e incredulidad con la que observa a los pueblos
sofisticados y cultos entregarse a la “prostitución nacional”. Pasa de Austria
a París, de ahí a los campos de concentración franceses y a un intento de huida
a Suiza. Contacta con la Resistencia en la zona ocupada y el rescate dramático
para terminar entre las monjas.
El París bajo las botas alemanas es un gran
burdel: retrata la ciudad como un lugar al que las tropas de Hitler llegaban a
desfogarse. “Y no a escondidas, ni en antros de mala reputación en los que uno
mira alrededor para asegurarse de que no le esté viendo alguien conocido”. Aquí
no hay culpa, sólo pecado. “Porque el propio Hitler había declarado que pensaba
hacer de París el burdel del Tercer Reich, la ciénaga del pecado en la que sus
hombres pudieran recuperar las fuerzas refocilándose”.
Colaborar es traicionar
Scheyer no escatima en el látigo contra los
franceses colaboracionistas, a los que destroza por haber prostituido las
convicciones, por ser unos sumisos rastreros, viles, infames, traidores… “Los
grandes y los pequeños lacayos, agitadores, canallas y esbirros a sueldo de la
raza superior asesina, los grandes y los pequeños proxenetas de la así llamada
Révolution Nationale, que en realidad era una Prostitution Nationale, los
grandes y los pequeños corruptos”, escribe.
Y el primero y más repugnante de todos
ellos era el Maréchal, el anciano Philippe Pétain, el ilustre héroe de Verdún,
“que no solo encajó todas las patrañas y canalladas de los alemanes, sino que
también las defendió con su nombre”. Cuenta que a todo estaban dispuestos “los
demás sinvergüenzas de la servidumbre, de la chusma de Vichy”. Encuentra
canallas entre las finanzas, la industria, la ciencia y el arte, la prensa y la
radio.
El autor, que rechaza la idea de haber
construido una obra literaria, cuenta que . “Hubo amantes que incluso pagaron
por colaborar. Su mayor orgullo era poder demostrar que mantenían relaciones
mundanas, relaciones íntimas con los vencedores”.
La familia Scheyer se mantuvo en fuga siete
años. Siete años sin patria. “Y no sabemos adónde nos llevará el destino antes
de que nos acoja esa tierra que no es extraña en ningún lugar, porque es la
madre de todos los muertos”. En la parte final de su relato pide una muerte
natural, una muerte como la de los demás, en lugar de sufrir y padecer una
muerte dolorosa, en las salas de tortura, en las cámaras de gas, en los hornos
crematorios. Sólo pide un lugar, “aunque sea simplemente una tumba”.
Memorias de un sobreviviente – Moriz Scheyer
16/Ene/2017
Milim Cultural Nº 247