La embajada de Alepo en la colonia Roma

26/Dic/2016

El País, España, Por Elías Camhaji

La embajada de Alepo en la colonia Roma

Un exilio permanente, un recuerdo borrado
por la nostalgia y un pedazo de la tierra a la que nunca volverían. La colonia
Roma, en el centro de la Ciudad de México, guarda el secreto de miles de
inmigrantes sirios que encontraron en América la posibilidad de tener una vida
mejor. A unos metros de los bares y restaurantes de moda yace oculta la
sinagoga de la calle de Córdoba, cuya historia se cuenta al calor de las
cuerdas del laúd, entre partidas de backgammon y tazas de café turco.
El templo fue construido en 1931 a imagen
de la Gran Sinagoga de Alepo, una de las más importantes en el judaísmo y que
hoy es un testigo silencioso del sufrimiento de decenas de miles de personas
que han tenido que abandonar sus hogares para escapar de la muerte y de la
guerra en Siria. Amenazada por el olvido y el abandono, el primer centro de
culto jalebi en el país ha recibido una segunda oportunidad y será la sede del
primer archivo conjunto de la comunidad judía en México.
Los primeros judíos de Alepo llegaron al
país en los primeros años del siglo XX, deslumbrados por las aventuras de
viejos conocidos en Nueva York y Buenos Aires, los destinos más populares en el
nuevo continente. México, en cambio, era un territorio inexplorado del que no
se sabía prácticamente nada. El viaje era costoso y duraba casi 40 días. Había
que tomar un tren a Beirut, embarcarse en bodegas hacinadas hacia Marsella y
navegar durante semanas rumbo a las costas americanas.
“Salía primero de Siria el jefe de familia
para encontrar alguna actividad a la cual dedicarse [y después] ahorraba como
‘hormiguita’ el dinero necesario para que viniera el resto de la familia”,
relata Isaac Dabbah, expresidente de la comunidad alepina, en su libro
Esperanza y realidad. Los recién llegados vendían textiles de puerta en puerta
y se asentaron en las vecindades del modesto barrio de La Merced, lejos de la
imagen y el prejuicio de ostentación que rodea a los judíos actualmente.
Los paisanos, como se les apodó en las
calles del centro de la capital, se mudaron en la década de 1920 a la colonia
Roma y se agruparon con los judíos de Damasco y de Beirut. Las tiendas de
productos árabes, las carnicerías kosher, los cafés y las escuelas religiosas
llegaron poco a poco a las calles de Coahuila, Guanajuato, Zacatecas y Álvaro
Obregón. La necesidad de diferenciarse surgió conforme creció la comunidad, que
aglutina a poco menos de 70.000 personas, según datos del último censo
poblacional.
Persisten cuatro grupos mayoritarios de
acuerdo con el origen de los antepasados de sus integrantes: la Comunidad Maguén
David, compuesta por los judíos de Alepo; la Comunidad Monte Sinaí, de Beirut y
Damasco; los ashkenazíes, de Europa Central y del Este, y los sefaradíes que
son descendientes de los antiguos expulsados por los Reyes Católicos de España
(Sefarad, en hebreo) y que se establecieron después en el Sur de Europa. Cada
una de las agrupaciones mantiene lazos a sus lugares de origen y conserva
tradiciones y rituales que trajeron las generaciones fundadoras.
La Sinagoga de la calle de Córdoba era la
pieza faltante y la piedra angular de la vida comunitaria de los judíos
alepinos. «Siempre existió una añoranza de Alepo, ninguno se fue de su
tierra porque quiso y tener un recuerdo de donde venían era muy importante para
ellos», explica la investigadora Mónica Unikel. «En el contexto de la
diáspora, una sinagoga, más que un recinto religioso, es la casa de un
pueblo», agrega.
Unikel, autora de Sinagogas de México,
señala que el knis (como los judíos árabes llaman a sus templos) se construyó
en un espacio de cinco años, con el recuerdo fresco de la Gran Depresión de
1929, y en medio de enormes dificultades económicas gracias a donaciones en
especie, que se pagaban en pequeños abonos. Fue el primero de los 11 templos de
la Comunidad Maguén David, identificada como la más tradicional y observante de
los preceptos religiosos de las cuatro mayoritarias.
El templo se conoce como Rodfe Sédek (los
buscadores de la justicia, en hebreo) y cuenta con el hejal (el cuarto o
armario donde se guardan los pergaminos de la Torá) más grande de México. La
escalinata principal que conduce a la zona de rezo de las mujeres y los
ventanales que vigilan el midrash (el área de estudio y sermones del recinto),
así como las bancas y la cúpula bizantina que la coronan, son una réplica de la
sinagoga original en Siria. El edificio tenía también un velatorio que, a la
usanza de las comunidades sirias, era el último sitio donde las mujeres podían
despedirse de sus difuntos antes de los entierros.
Rodfe Sédek tuvo un lugar preponderante
hasta la década de 1960 y albergó a cerca de 420 asistentes. La mudanza de los
judíos a zonas más acaudaladas en el poniente de la ciudad, como Polanco o
Tecamachalco, hizo que el recinto cayera en desuso. La última ceremonia que se
celebró fue el bar mitzvá (el rito que marca a los 13 años el comienzo de la
vida adulta) del hijo de Unikel hace nueve años. El brillo arquitectónico del
lugar se extinguió poco a poco y era sólo frecuentado por un puñado de miembros
de las primeras generaciones de la comunidad, que se desplazaban a la colonia
Roma para compartir recuerdos y beber café.
Cuando los representantes de cada comunidad
acordaron a mediados de 2015 la creación del Centro de Documentación e
Investigación Judío de México, la sinagoga de Córdoba pareció una elección
natural. La primera piedra del proyecto se colocó en noviembre pasado y
contempla la remodelación de Rodfe Sédek y la construcción de un edificio nuevo
a un costado que estará abierto al público tentativamente a finales del próximo
año. «La historia es la memoria de un pueblo y tenemos que trabajar por
preservarla», zanja Gloria Carreño, encargada del archivo de la Comunidad
Maguén David.
El acervo conjunto, reconocido por la
UNESCO por su valor patrimonial, incluye más de 30.000 volúmenes de libros, un
fondo reservado con documentos que se remontan al siglo XVI, una hemeroteca y
el archivo personal de Dunia Wasserstrom, superviviente de la Segunda Guerra
Mundial y autora de Nunca jamás, la obra escrita en México más conocida sobre
el holocausto. «Queremos afianzar el vínculo entre la comunidad judía y la
sociedad mexicana», afirma el director del Centro, Enrique Chmelnic, sobre
el proyecto que dará una nueva vida a la antigua embajada de Alepo en México.