El trauma del “por las dudas”

26/Dic/2016

Makevet, por Ale Haber

El trauma del “por las dudas”

Mi abuela, sobreviviente del Campo de
Concentración de Auschwitz (entre otros), no se sentaba a comer. Ella se
encargaba de cocinar en grandes cantidades para luego ver a su familia sentada
en la mesa y traerles comida hasta que no diesen más abasto. Recién ahí, cuando
a mi madre, tío y abuelo no les entraba un bocado más en sus cuerpos y se iban
de la mesa, ella se sentaba a comer.
Museo de Auschwitz: fragmento del libro de
nombres de víctimas judías de la Shoá, incluido lugar de nacimiento y de
muerte. La mayoría, al salir de sus casas por última vez, no sabía lo que le
depararía el destino.
Que la Shoá dejó marcas en el
comportamiento de las personas no es ningún secreto. Pero a mi madre aun hoy le
cuesta cocinar y sentarse relajada a comer, y ella no vivió la Shoá. No por lo
menos en carne propia. Hay traumas que se traspasan, que se heredan. Si una única
persona lo tuvo, lo transmitirá a sus hijos, y ellos a los nietos. Pero si ese
trauma pasa a ser parte de la historia colectiva de un pueblo, este pasará de
generación en generación y se convertirá en parte inseparable del
comportamiento del colectivo.
El pueblo judío (sobre todo la rama
ashkenazí, aunque no únicamente) posee una costumbre especialmente fuerte: el
“por las dudas”. Cualquiera de nosotros que se haya criado en un hogar judío lo
conoce, y su ecuación es muy simple. Haz X cosa, por si acaso Y, por muy
improbable que sea, sucede. Despejemos la X: “lleva un saquito por si
refresca”, le dice la madre al hijo. Es decir, afuera hay 40 grados de calor,
el adolescente sale en remera y pantalón corto (acorde al clima), pero su madre
(con años de historia judía a sus espaldas) teme que por algún milagro de la
naturaleza el clima refresque y su hijo se resfríe. La lista es interminable:
“lleva medias de repuesto por si se te mojan”, “lleva ropa interior limpia por
si tenés un accidente”, “llenate la panza ahora que no sabés cuando vas a
volver a comer” y más.
En agosto de 1941 los 2500 judíos del
shtetl (aldea) polaco de Tiktín fueron reunidos en la plaza central del pueblo,
conducidos a los cercanos bosques de Lupojova y fusilados uno por uno. Agosto:
pleno verano europeo. Según testimonios de las pocas personas que presenciaron
esa noche, los judíos vestían ropas de invierno y llevaban comida para varios
días, “por las dudas, no sabemos cuándo volveremos ni hacia dónde vamos”.
El “por las dudas” es una consecuencia de
las constantes persecuciones sufridas por los judíos, sobre todo la Shoá.
Inquisición, pogroms, Shoá y expulsión de los judíos de países árabes tras la
declaración de independencia de Israel en 1948 marcaron al pueblo judío para
siempre. ¿Cómo saber que ropa llevar, si nunca sabían cuándo podía tocarles no
volver?, ¿o no conocemos acaso las miles de historias de judíos que salieron de
sus casas por algunos minutos y terminaron deportados a cualquier campo de
concentración o exterminio y no pudieron volver a ver a sus familias?
“Todo está clavado en la memoria, espina de
la vida y de la historia”, enseña el cantautor León Gieco. Y esa espina molesta
y pincha más que nunca, aquí, a un judío, y en Polonia.