Simon Gronowski: “Me escapé del tren a Auschwitz”

18/Nov/2016

ABC, España, Por Fátima Uribarri

Simon Gronowski: “Me escapé del tren a Auschwitz”

Tres jóvenes armados con una pistola y un
farol detuvieron en Bélgica el convoy número XX con destino a Auschwitz. Un
total de 233 prisioneros lograron saltar en una fuga masiva única, entre ellos,
Simon Gronowski.
El maquinista frena al ver una luz roja
sobre la vía. Los soldados alemanes que custodian el convoy se bajan para
indagar qué pasa. Mientras tanto, Robert Maistriau -belga de 22 años- corta los
cables de uno de los furgones y abre la puerta corredera. Se encuentra con 50
rostros asustados y deslumbrados por la luz. «Sortez, sortez», grita Robert.
Tras un breve desconcierto escapan 17 ocupantes de ese vagón del convoy número
XX cargado de judíos con destino a Auschwitz-Birkenau.
Aquella operación de la resistencia belga
logró algo insólito: que 233 prisioneros saltaran del tren que los llevaba a la
cámara de gas. Fue una acción muy preparada en la que fue crucial la temeraria acción
de detener el tren. Lo lograron tres jóvenes: los estudiantes Robert Maistriau
y Jean Franklemon y el médico judío Youra Livschitz, y lo hicieron armados solo
con una pistola y un farol.
Era la primera etapa de un plan urdido
hacía semanas. Antes de que ese tren partiera hacia Auschwitz aquel 19 de abril
de 1943, varios judíos que llevaban meses retenidos en el campo de tránsito de
Mechelen, en Bélgica, tramaron la insumisión. Eva Fastag, una de las empleadas
judías del campo, manipuló las listas del convoy para reunir en varios vagones
a activistas judíos provistos de herramientas robadas de los almacenes.
La mayoría de los 1631 pasajeros de aquel
convoy desconocía el plan de evasión. Lo ignoraba Simon Gronowski, de 11 años,
que viajó en aquel tren con su madre, Chana. «El vagón me parecía enorme y
estaba muy oscuro. Yo no sabía que me habían condenado a muerte y que el tren
me llevaba a mi ejecución. La gente creía que íbamos a campos de trabajo»,
cuenta desde su casa en Bruselas, donde lo ha conseguido localizar XLSemanal.
Simon había escuchado los disparos de los
soldados tras el primer parón cuando lograron saltar los 17 liberados por los
resistentes belgas. Luego, el tren reanudó la marcha y se quedó dormido en
brazos de su madre. «Habría pasado como una hora cuando mamá me despertó. Noté
una brisa fría: la puerta corredera estaba abierta», cuenta. La habían abierto
los activistas judíos que viajaban en su vagón. Y ya habían saltado varias
personas.
Disparaban hacia mí. «La primera parada del
tren, los disparos, los gritos de los soldados despertaron en muchos
prisioneros la esperanza de escapar», explica Simon. Cuando vio la puerta
abierta, su madre reaccionó con astucia y valentía. «Metió un billete de 100
francos en mi calcetín y me llevó hacia la puerta. Me sujetó por la ropa cuando
me coloqué en el escalón exterior del vagón. Me dijo en yidis ‘der tsug geyt
tsa shnell’, el tren va demasiado rápido. Son las últimas palabras que escuché
de ella. No las olvido», cuena Simon.
El tren disminuyó de velocidad y el niño
saltó. «No me hice daño. Me quedé de pie junto al tren esperando a mi madre»,
dice. Pero ella no pudo saltar. El tren se detuvo de nuevo. Los soldados
bajaron. «Venían hacia mí disparando y gritando. Mi primera idea fue volver a
subirme al tren para reunirme con mi madre y que no me cogieran», cuenta. Pero
los alemanes se interpusieron entre él y el convoy. Instintivamente echó a
correr hacia el bosque. «Pensaba: ‘saltar del tren es fácil, pero… ¿ahora qué
hago?’ Además, no sabía si estaba en Alemania», recuerda.
Corrió toda la noche. Para ahuyentar el
miedo y acelerar el ritmo iba cantando por dentro In the mood, de Glenn Miller.
Cuando llegó al primer pueblo, sobre las seis de la mañana, decidió pedir
ayuda. Llamó a una casa. A la mujer que abrió la puerta le dijo que estaba
jugando en el bosque con otros niños, se había perdido y necesitaba volver a
Bruselas. Lo llevaron a Borgloon, el pueblo de al lado. Lo dejaron en casa del
gendarme Jan Aerts.
Cuando vio a aquel hombre con uniforme y
pistola, Simon tembló de miedo. «Pensé que me iba a devolver a la Gestapo»,
dice. Repitió que se había perdido, pero el gendarme no le creyó. Sabía que
varios prisioneros habían escapado del convoy XX. Agarró al niño por los
hombros y le dijo. «Estabas en el tren de los judíos, pero no te voy a
denunciar, soy un buen belga».
Simon se echó en sus brazos y rompió a
llorar. La mujer de Jan Aerts lo bañó, tiró su ropa sucia y le puso un traje de
su hijo. Los Aerts le dieron de comer, lo escondieron en su casa todo el día,
luego lo llevaron a la estación de otro pueblo y lo subieron a un tren de
vuelta a Bruselas que Simon pagó con el dinero que le había dado su madre. Los
Aerts se jugaron la vida por él.
Cuando llegó a Bruselas, Simon se fue a
casa de los Rouffart, amigos de su familia. Hizo bien. Los Rouffart habían
escondido a su padre, que se había librado de la detención porque no estaba en
casa cuando la Gestapo fue a por ellos. «Viví durante 17 meses, hasta la
liberación de Bruselas, el 3 de septiembre de 1944, acogido por tres familias
católicas belgas que me trataron como a un hijo», dice Simon. Cada vez que
sonaba un timbre se sobresaltaba, apenas salía a la calle y siempre había
prevista una vía de escape por los tejados. Así se salvaron él y su padre,
ocultos por separado.
Leo Gronowski murió en 1945 poco después de
la liberación, destrozado al confirmar la muerte de su mujer y su hija. La
madre de Simon murió en la cámara de gas al llegar a Auschwitz: como el 70 por
ciento de las mujeres del convoy XX como represalia por las fugas del tren. De
los 233 evadidos solo sobrevivieron 153: a 26 los abatieron enseguida y a 89
los capturaron.
A los héroes que detuvieron el tren los
apresaron. A Youra Livschitz lo ejecutaron, Robert Maistriau y Jean Franklemon
estuvieron en campos de concentración y sobrevivieron. A Ita, la hermana de
Simon, la enviaron a Auschwitz en el convoy 22B el 19 de septiembre de 1943. Ita
estuvo seis meses retenida en el cuartel de Dossin. Desde allí partieron hacia
los campos nazis 28 trenes con 25.496 judíos y 353 gitanos: solo sobrevivieron
1218 judíos y 33 gitanos. ¿Por qué no se atacó a otros trenes?, preguntamos a
Simon. «No tengo respuesta. No tengo palabras», responde abatido.
“Estoy vivo gracias a los héroes”
Simon Gronowski tenía 11 años en abril de
1943, cuando saltó del tren que lo llevaba a la cámara de gas. El convoy lo
detuvieron tres activistas de la resistencia belga (abajo). A Jean Franklemon
lo arrestaron y enviaron al campo de Sachsenhausen, murió en 1977; a Robert
Maistriau lo encerraron en Bergen-Belsen, falleció en 2008; a Youra Livschitz
lo capturaron y ejecutaron en 1943.
Del cuartel de Dossin, en Bélgica, viajaron
a Auschwitz 28 trenes con 24.896 judíos y 353 gitanos. sobrevivieron 1218
judíos y 33 gitanos. «No entiendo por qué no atacaron otros trenes», se lamenta
Simon Gronowski, uno de los que escapó del convoy XX. Apenas hubo fugas de los
transportes. Se dio una rebelión en uno que partió en 1942 también de Dossin,
pero la protagonizaron trabajadores forzados que se resistían a una segunda
deportación. No es equiparable a la fuga del convoy XX, que transportaba
hombres y mujeres de todas las edades, desde Suzanne Kaminski -de cinco
semanas- hasta Jacob Blom -de 90 años-.
La ruta del convoy XX: desde Bélgica hasta
Auschwitz-Birkenau
De los 1631 judíos que el 19 de abril de
1943 subieron al convoy XX en el cuartel de Dossin, en Mechelen (Bélgica), con
destino a Auschwitz-Birkenau, en Polonia, 233 lograron saltar; 17 de ellos lo
hicieron en Boortmeerbeek, donde 3 rebeldes belgas pararon el tren. El resto
saltó durante el trayecto. habían subido herramientas a los vagones para
abrirlos desde dentro. El convoy XX protagonizó una fuga masiva única. A 26 de
los evadidos los abatieron enseguida, a 89 los capturaron de nuevo. De los
fugados, sobrevivieron 153. Al llegar a Auschwitz enviaron directos a la cámara
de gas a los 237 niños del convoy y al 70 por ciento de las mujeres.