Diez años después de la invasión de Irak,
supuestamente llamada a llevar la democracia y la modernidad a Oriente Medio,
vimos en los televisores asombrosas imágenes que parecían la versión moderna de
Lawrence de Arabia; sólo que no era ficción, era la realidad. En vez de
caravanas de camellos y cargas de caballería árabe dirigidas por Omar Shariff,
veíamos largas columnas de vehículos todoterreno serpenteando por el desierto,
a menudo humvees norteamericanos arrebatados al ejército iraquí, cargados de
combatientes fuertemente armados, con ametralladoras kalashnikov y
lanzagranadas, agitando banderas negras caligrafiadas con versículos del Corán
que recordaban las banderas de los bucaneros del siglo XVII.
Viendo la inesperada, veloz y fulminante
marcha de conquista del desierto en humvees, tuve la vaga sensación de un dejà
vu: ¿a qué me recordaba (además de a Lawrence de Arabia)? ¿Cuándo se había
visto algo parecido por última vez? Quizá en los primeros compases de la II
Guerra Mundial, cuando los motorizados ejércitos alemanes conquistaron media
Europa en cuestión de semanas: era la blitzkrieg, que sólo se frenó cuando la
Royal Air Force frustró la invasión de las islas británicas. De parecida
manera, además, el avance irresistible del Estado Islámico (ISIS) se detuvo
cuando el presidente sirio Bashar Asad dejó claro que de ninguna manera se
fugaría, sino que resistiría en el poder, apoyado por Rusia, contra todos los
ejércitos sublevados de la «oposición democrática». Grupos financiados y
armados por Arabia Saudí y los Estados Unidos y que, en su mayoría, fueron
fagocitados por ISIS (según cuenta el prestigioso corresponsal Patrick Cockburn
en el libro ISIS, el retorno de la Yihad). Las primeras noticias y rumores
sobre la crueldad con que los conquistadores imponían la ley islámica en las poblaciones
de las que se adueñaban también recordaban la época del nazismo. Pero es casi
un tópico del pensamiento la identificación de cada mal absoluto con la
Alemania de Hitler. ¿Está justificado en este caso? ¿Puede compararse a ISIS
con el nazismo? ¿El islamismo extremo, o el islamismo a secas -ya que no se
conoce uno moderado- es el nuevo III Reich? La guerra que el Califato ha
declarado a todos los infieles, ateos y «politeístas» del mundo se parecerá
poco a la guerra que enfrentó a un Eje de regímenes totalitarios contra una
coalición de aliados democráticos. El nuevo enfrentamiento entre un
totalitarismo absolutista y las democracias occidentales no durará seis años,
sino que se alargará, según numerosos analistas, décadas, y se librará en
diferentes y sucesivos campos de batalla de todo el mundo, que incluyen las
ciudades europeas. El final es incierto.
Para algunos, especialmente los descendientes
de las víctimas de la Shoah, suena a frivolidad e incluso indecencia la
comparación de cualquier cosa con aquello; no hay crimen político ni régimen
tan abyecto que pueda compararse con la eliminación sistemática y racional de
judíos y gitanos en los campos de exterminio. Sin embargo, organizaciones
judías han sido las primeras en alertar de la semejanza entre ambos
movimientos.
«El islamismo fanático es el nazismo de
nuestro tiempo, comparten el odio a la razón», dice el intelectual francés
Luc Ferry.
Valores típicamente nazis como la
glorificación de la muerte heroica, o como el Führerprincip (principio de la
jefatura), o la Volksgemeinschaft (comunidad del pueblo en una sola alma
mística, por la que merece la pena morir) se encuentran, muy parecidos, en el
islamismo. ¿Es disparatada la comparación con los crímenes sádicos de una
patrulla de matarifes a la orilla del mar, o comparar la Wehrmacht con un
ejército de aluvión de locos de dios? ¿Qué relación tiene, al margen de las
mutuas, interesadas simpatías entre Hitler y algunos líderes musulmanes, el
movimiento nacionalista alemán, nihilista y materialista, con el espiritualismo
internacionalista de los muyahidines que se inmolan causando una matanza
mientras aúllan que Alá es grande?Tanto el proyecto de la Alemania nazi como el
de ISIS se proyectan invasiva, expansivamente. El III Reich, por Europa, en
reclamación de un «espacio vital» para el pueblo alemán, espacio que quiere
encontrar en las tierras del Este, rusas y polacas, cuyas poblaciones,
racialmente inferiores, deben ser primero severamente purgadas y luego
reducidas a mano de obra para las tareas más elementales de la agricultura y la
industria. En su afán de conquista, el islamismo va más lejos, porque aspira al
sometimiento del mundo entero a la ley coránica. «La luna creciente mahometana
responde a una divisa latina: donec impleat orbem, hasta que la luna esté
llena», subraya a PAPEL el filósofo y lingüista francés Philippe-Joseph
Salazar. «Es decir, convertir, destruir y someter hasta que la media luna del
Islam sea la luna llena que cubra la tierra entera».
Ambos totalitarismos se caracterizan por un
asombroso nivel de violencia, tanto en el campo de batalla como en la
retaguardia, aunque en esto ni están solos ni carecen de precedentes
históricos. Ambos atribuyen una importancia grande a la conformación de una
cultura ejemplar y depurada, a la guerra cultural y a la escenificación pública
de sus victorias en este campo; si el Estado hitleriano prohibió diferentes
disciplinas científicas, organizó piras con las obras literarias de autores
judíos o indeseables, definió la correcta línea estética para las artes y
organizó exposiciones para denigrar la pintura decadente, el islamismo prohíbe
la representación plástica de los seres humanos y los animales, porque imitan
la obra del creador -lo que es blasfemo- y pueden inducir a la idolatría; los budas
milenarios de Afganistán, los templos de Palmira, cualquier vestigio de tiempos
infieles, están de más.
Ambos sistemas tienen en cuenta la dimensión
ritual de sus comparecencias públicas, con escenografías cuidadosamente
estetizadas para cada evento público, sean desfiles, asambleas, ejecuciones o
comparecencias del líder: figura expresiva, nerviosa y teatral la del Führer;
solemne, sobria, hierática la del Califa. Ambos disponen de un omnipresente
aparato de agitación y propaganda que a los incrédulos les puede parecer
repugnante pero resulta extremadamente eficaz y seductor para las masas a las
que se dirige. Los dos emplearon la vanguardia audiovisual tecnológica de sus
épocas para propagar sus mensajes -el cine o, ahora, el vídeo en las redes
sociales- y crearon sus propios medios de comunicación, como las revistas
Signal y Dabiq.
Ambos atribuyen a la mujer una función social
subalterna como responsable de la intendencia doméstica y sumisa proveedora de
progenie, aunque el régimen nazi no contemplaba la poligamia ni la lapidación
de la adúltera ni obligaba a las mujeres a ir envueltas de la cabeza a los pies
en sacos negros.
Ambos justifican su belicosidad y su derecho a
una revancha severa en un agravio histórico territorial y moral previo: para el
islamismo, esa afrenta abarca de las Cruzadas medievales y la expulsión de Al
Andalus al colonialismo del siglo XIX, el apoyo de Occidente a las tiranías más
corruptas y decadentes de Oriente Medio y al Estado de Israel, y la miseria irredenta
de sus poblaciones, de la que responsabiliza a la perfidia extranjera. Para el
III Reich, la humillación del tratado de Versalles, la sustracción de Alsacia y
Lorena y otras amputaciones del territorio nacional, las indemnizaciones
multimillonarias exigidas a Alemania por los vencedores y la miseria del pueblo
durante la república de Weimar.Hay también diferencias que saltan a la vista.
Philippe-Joseph Salazar apunta, por ejemplo, que el Califa Abu Bakr al-Bagdadi,
líder de ISIS, no ha suscitado un culto a la personalidad igual al que el
aparato de propaganda nazi orquestó en torno a Hitler. Si Hitler se presentaba
como heredero de guerreros victoriosos como Federico el Grande y Bismarck, «la
influencia de Al-Bagdadi es califal, es decir, habiendo restaurado la justa
sucesión de Mahoma, inspira respeto, es un guía espiritual», declara. Salazar,
autor de Palabras armadas: entender y combatir la propaganda terrorista (ensayo
que analiza la propaganda de ISIS y cuya edición en árabe será lanzada en Beirut
en 2017), también cree que las estructuras de los movimientos militares son
disímiles: «La aristocracia militar del ISIS es de carácter republicano: los
jefes son castigados como los soldados y un tema favorito de los yihadistas es
la ‘igualdad fraterna’ que les une, sin distinción de raza, de color, de origen
social, de lengua, lo cual tiene una enorme importancia en el reclutamiento. La
llamada del Califato a los fieles para que se le unan en el combate es una
llamada igualitaria como respuesta a un mensaje espiritual».
Filósofo, autor de una veintena de ensayos y
ex ministro de Educación del Gobierno francés entre 2002 y 2004, Luc Ferry
sostiene en cambio que «el islamismo fanático es el nazismo de nuestro tiempo».
Sin ambages, señala rasgos coincidentes en una entrevista con Actualité Juive:
«A diferencia de la neutralidad característica del laicismo, islamismo y
nazismo son ideologías desbordantes de sentido y de promesas, lo cual en este
mundo nuestro, que anhela un ideal y una esperanza, proporciona una gran
ventaja». Nazismo e islamismo también comparten el rasgo vertebral del odio a
los valores de la Ilustración: «El romanticismo alemán detestaba el
individualismo y consideraba que el hombre sólo era hombre entre sus
congéneres. Un individuo, un ser humano, es un miembro de una comunidad. En
ISIS encontramos este mismo odio a la Europa de las Luces, y en concreto este
odio a Francia, porque Francia es el Estado laico por excelencia».
Por motivos obvios, es en el espacio
francófono donde más analistas han señalado las similitudes entre el modo de
ser y de operar entre el III Reich e ISIS; por ejemplo Richard Prasquier,
presidente del consejo representativo de las instituciones judías de Francia
(CRIF), que el 7 de octubre pasado advirtió al presidente francés François
Hollande que «ser indulgente con el islamismo radical es ser indulgente con el
nazismo». No se trata, según Prasquier, de comparar la magnitud de los crímenes
cometidos -pues en su opinión «los de los nazis son insuperados en la historia
de la Humanidad»- sino la doctrina que conduce a ellos, la ideología, una
concepción del mundo en la que es preciso culminar la obra exigida por la
divinidad o por la Historia aniquilando a los enemigos. Prasquier señala dos
afinidades sustanciales entre el nazismo y lo que él llama «islamismo radical»
y otros prefieren designar como salafismo yihadista. En primer lugar, el
antisemitismo: «Es un componente esencial de las dos ideologías», aunque en un
caso se trate del antisemitismo histórico europeo -tan alemán como francés,
español, inglés o ruso- que el partido nazi llevó a su apoteosis paroxística, y
en el otro caso tenga su origen discursivo en el Corán, la palabra de Dios.
Es imposible coexistir con estos movimientos:
«No podemos ceder. Son ellos o nosotros. O los barbudos o nosotros».
La otra afinidad, a su entender aún más
significativa, es la deshumanización del otro y su reducción a la condición
animal. Para los nazis, los judíos eran cucarachas, ratas, piojos o «bacilos de
la tuberculosis incrustados en el pulmón alemán» (extracto del Mein Kampf).
Himmler hablaba del difícil trabajo de los SS frente a los judíos, a los que un
ignorante, un desinformado, podía tomar por seres humanos. Para los islamistas
radicales, los judíos y los cristianos son «bastardos de simios», de cerdos, como
aparecen reiteradamente en el libro sagrado, de asnos o de perros.
El mensaje es idéntico: a pesar del aspecto
relativamente humano que tenga el enemigo, de humano sólo tiene la apariencia.
Sus crías tampoco son humanas; y tal como los nazis podían hacer estallar la
cabeza de los bebés contra los árboles para ahorrarse una bala, según el
testimonio de Primo Levi en Si esto es un hombre, un yihadista como Mohamed
Merah, ciudadano francés de origen argelino que en 2012 perpetró los atentados
de Montauban y Toulouse, pudo sin objeciones de conciencia disparar a bocajarro
contra la cabeza de un niño de cuatro años. El narrador argelino en lengua
francesa Boualem Sansal habla de estos paralelismos en libros como La aldea del
alemán y el recientemente publicado en España 2084. El fin del mundo (Seix
Barral). En esta novela, presentada recientemente en el Institut Français de
Barcelona, presagia -con una tonalidad por cierto mucho más sombría que Michel
Houellebecq en Sumisión- el dominio del Islam sobre el mundo y el fin de la
democracia y de los valores que han constituido la Europa desde las Luces. En
conversación con PAPEL, Sansal afirma que la afinidad entre nazismo e islamismo
se le apareció «muy pronto». «En mi adolescencia, en los años 60-70, el
descubrimiento de 1984 de George Orwell me abrió los ojos sobre el
funcionamiento de las ideologías totalitarias. También me parecía extraño y
repulsivo que mi país, que había luchado por su independencia y el progreso
social, profesase tal admiración por la Alemania hitleriana, por el nazismo,
por Hitler. Descubría con disgusto el discurso islámico de la época: estaba tan
lleno de odio contra los judíos, contra los cristianos, contra Occidente,
contra la democracia, la modernidad, etcétera. Cuando a principio de los años
80 descubrí en los altiplanos argelinos aquel pueblecito en que vivía un alemán
que se decía que había sido un SS [tema de su novela El pueblo del alemán], se
produjo en mí una luz: empecé a estudiar seriamente estos temas, el nazismo, el
islamismo, la dictadura, y rápidamente me ganó el pesimismo».Sansal detecta
«demasiadas analogías entre ayer y hoy», y prevé que llegará el día en que se
produzca «la articulación entre todas estas ideologías y entonces, bajo la
dirección del islamismo, experimentaremos algo peor que lo que el mundo ha
conocido con el nazismo y el fascismo, y luego con el estalinismo y el
maoísmo».
Para acabar esta especulación comparativa, le
pedí a Sansal y a Salazar su opinión sobre el viraje reciente de Turquía: los
últimos movimientos de Tayyp Erdogan para liquidar la tradición laicista
instaurada por Kemal Ataturk, desmantelar a la oposición, encarcelar a los
disidentes y convertir Turquía en otro Estado Islámico. A Sansal no le ha
sorprendido:- En absoluto. A lo largo de los siglos el islamismo ha
desarrollado diferentes estrategias para conquistar el poder y retenerlo
definitivamente. En Turquía ha encontrado una vía original y eficaz. Erdogan
aplica un programa con continuidad y mucho éxito, que comprende cuatro etapas:
primero, tranquilizar al ejército turco y a Europa; segundo, ampliar la base
social cultural y política del AKP; tercero, aislar a la élite turca
occidentalizada del pueblo; cuarto, concentrar el poder en las manos de un solo
jefe. Todo se ha cumplido, y la próxima etapa, cuando las condiciones
regionales sean favorables, será decretar el Califato y operar la reunificación
del mundo musulmán sunita.
Salazar subraya, por su parte, que el
presidente turco ha dicho que «el Islam moderado no existe», y concluye: «Con
eso todo está dicho. Que cada uno saque su propia conclusión».
Otro rasgo autodestructivo que comparten el
Califato y el Tercer Reich es la facilidad con que su impetuosa agresividad les
empujó temerariamente a desafiar a demasiados enemigos a la vez; el segundo
frente que Hitler abrió en el verano de 1941, invadiendo la URSS, y que
determinó su derrota, prefigura el anunciado final a medio plazo del ISIS. La
beligerancia exasperada de los islamistas y los brutales atentados terroristas
que patrocinan en todo el mundo han retraído a los países que los amparaban y
unido en contra suya a todos los demás, incluidas las superpotencias
norteamericana y rusa, en una alianza improvisada, recelosa y disfuncional pero
que no cejará hasta aniquilar por completo sus estructuras y poner a toda su
dirección fuera de combate, como se hizo con la corte nazi al final de la
Segunda Guerra Mundial.
Pero, a diferencia de lo sucedido en Europa a
partir de la rendición de Alemania, donde los juicios de Nuremberg, la
desnazificación y la sostenida vigilancia posterior han hecho imposible el
renacimiento de la ideología nazi, la ideología que sostiene ISIS será
imposible de erradicar. Salazar opina que la guerra actual no es sino el
estadio preliminar de un conflicto que encontrará otros teatros de operaciones
por los que ya se va extendiendo: «Cuando Mosul caiga, el centro del Califato
se desplazará. El Califa de hecho ya ha reorganizado su alto mando
introduciendo nuevos jefes procedentes de otras partes del mundo que no son Oriente
Medio ni Francia. Está preparando la continuación. El Califato es una ideología
planetaria: que Mosul caiga poco importa, la ideología seguirá siendo poderosa,
tanto por su redespliegue territorial (África, Asia) como por su permanencia de
propaganda en internet».
¿Es el yihadismo el nuevo nazismo?
02/Nov/2016
El Mundo, España, Por Ignacio Vidal-Folch